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Reseña
Se va. Su recuerdo se desvanece entre el baile, los cuerpos y el techno, se apaga y se une a las luces del club. Él, como varios más, ha sido consumido por la pandemia del VIH en el Soho de los 80. Alejandro Speitzer logra interpretar a una drama queen, a un dj, a un leather fan, madame y hasta dos twinks por casi dos horas cuando nos hace llegar a ese punto. Derecho y a lo que va, como el cruising, la premisa de la que parte la obra Cruise, Mi último día en la tierra.
Speitzer se vale sólo de su rango, la iluminación y un escenario para transportarnos al Soho, Londres, de los 80, barrio que funcionó como epicentro de la vida nocturna y la comunidad LGBTQ+. Conocemos en la historia a un tímido telefonista que responde la llamada de un hombre de edad avanzada que comienza a relatar cómo el SIDA le quitó a su compañero de vida. Entre los recuerdos, aparece una gama de variados personajes que complementan la imagen visual de aquellos días, y sí, sí, todos esos personajes son llevados a la escena por Alejandro.
La obra Cruise retoma un texto escrito por Jack Holden en el 2022 basado en sus propias vivencias cuando era voluntario en una línea de apoyo para personas LGBT+. Mismo unipersonal que le valió las palmas en el West End y que ahora con la adaptación de Alonso Íñiguez llega a toda una nueva generación en el Teatro Milán.
Conmovedora y cruda, busca retratar la realidad de las personas que vivieron los primeros estragos del VIH al inicio de esta pandemia. Lo interesante del montaje es que Alejandro Speitzer se deja llevar por los personajes que encarna en cada gesto, mirada o pose.
El actor se nota comprometido no solo con las tablas, sino con el poderoso mensaje detrás del texto y la dramaturgia. Son dos horas de risas, llanto y crudeza que transmite sin perder el aliento. Ese logra robarlo a los asistentes en las líneas finales y el sentimiento es compartido: el rayo de luz brilla más fuerte y grande que nunca.
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