Akira Yamaoka ha pasado las últimas décadas de su vida construyendo universos para que otros los habiten; sabe bien el impacto que ha tenido su trabajo componiendo la música para Silent Hill. Su sonido, que es como una semilla -dice-, ha germinado en el imaginario colectivo de un mundo que aún encuentra en él una fuente inagotable de inspiración, pero una vida dedicada a crear también puede conducir de regreso hacia uno mismo. Después de cuarenta años, una pregunta comienza a pesar sobre el andar: ¿quién soy?
Y es que, esta búsqueda se ha convertido en un cuestionamiento constante para el compositor japonés que, si bien se reconoce a sí mismo en su música, desde atrás, sigue empujando por conocer los límites de su creatividad y hasta dónde, el nombre de Akira Yamaoka le pertenece.
“Cuando trabajé en el Silent Hill original, mi intención era desmantelar por completo las convenciones de la música de videojuegos tal como existían en aquel momento. Quería ignorar todas las fórmulas establecidas y proponer algo que realmente nunca hubiera existido antes en los videojuegos.
[Pero] en lugar de limitarme a expresar lo que genuinamente amaba o aquello que personalmente sentía que era correcto, también existía un elemento de hacer deliberadamente lo contrario de lo que ya se había hecho. En ese sentido, quizá no se trataba enteramente de expresar mi propia identidad artística, sino también de desafiar las convenciones existentes por el simple hecho de hacer algo diferente”, explica Yamaoka en entrevista.
Cuarenta años después, el impulso por hacer algo distinto permanece, aunque el territorio por explorar ha cambiado. La ruptura ya no ocurre frente a las convenciones, sino frente a sí mismo. En ese desplazamiento, Yamaoka ha comenzado a mirar su obra desde otro lugar: no para reconocer aquello que lo hizo identificable, sino para descubrir qué puede surgir cuando la música deja de responder a una historia, un personaje o un videojuego.
Es desde ahí que su próxima el 1 de noviembre en el Teatro Metropólitan adquiere un significado inusual pues, este concierto será, en esencia, el primer concierto en la vida de Akira Yamaoka; uno que es completamente suyo.
Por supuesto, ya me he presentado varias veces en México, repone Yamaoka. Pero esta vez quiero presentar música que provenga directamente de esa exploración personal: música que represente quién soy, sin estar definida por el mundo de un videojuego o una película en particular. En otras palabras, música que sea, en cierto sentido, 100% yo mismo. Por eso considero que este será mi primer concierto, desde una perspectiva completamente distinta. De hecho, la mayoría de las piezas que interpretaré son piezas que nunca he tocado en vivo.
“Por supuesto, yo seré quien esté sobre el escenario, pero, de alguna manera, siento que experimentaré el concierto desde una perspectiva muy similar a la de todos los que estén entre el público. En lugar de simplemente presentarles música, espero que podamos descubrir juntos algo nuevo en ese momento”, concluye.
Como un circuito que vuelve inevitablemente al punto de partida, la búsqueda de Yamaoka encuentra una nueva contradicción: ¿qué sucede con una música profundamente propia cuando abandona las manos de quien la creó? Para el compositor, una pieza no carga consigo un significado definitivo. Puede ser melancolía para alguien y consuelo para otro; incluso aquello que hoy nos atraviesa de una forma podría revelarse distinto diez años después. La música germina, pero lo hace en terrenos que su autor ya no controla: se mezcla con recuerdos, emociones y experiencias hasta adquirir una vida íntima en quien la escucha. Quizá por eso, justo cuando Yamaoka parece haber encontrado una música que puede llamar “completamente suya”, comienza también el inevitable proceso de dejarla ir… “y ese es uno de los aspectos más hermosos de la música”, asiente.
La curiosidad y la creatividad como un motor humano de la vida
Paulo Freire, pensador y humanista brasileño pensaba en la curiosidad como una inquietud esencial de la experiencia vital: aquello que nos mantiene preguntando, buscando, atentos a lo que todavía permanece oculto es lo que nos empuja a seguir viviendo. A sus 58 años, Akira Yamaoka mantiene la mirada firme en esta idea; si quiere continuar creando, entonces, nunca debe perder su capacidad de asombro.
El compositor escucha música nueva y se pregunta cómo fue hecha, observa el movimiento de las generaciones, experimenta con las tecnologías que aparecen y reconoce en casi todo lo que lo rodea una posibilidad creativa.
“Casi todo lo que me rodea se convierte en una fuente de energía creativa y mientras esté aquí, en este universo, no creo que alguna vez se me acaben las cosas por las que sentir curiosidad. Y supongo que esa curiosidad interminable es lo que me mantiene creando”, explica Yamaoka.
La curiosidad implica también resistirse a la repetición. Eso permite regresar a Silent Hill 2 desde otro lugar: después de romper con las convenciones de la música de videojuegos, la segunda entrega enfrentó a Yamaoka con un desafío distinto: no convertir su propio sonido en una fórmula. La búsqueda se desplazó entonces hacia un equilibrio entre lo poco convencional y lo familiar, entre la experimentación y un lenguaje musical más accesible; no como una concesión, aclara, sino como otra posibilidad creativa.
Veinticinco años después de esa segunda entrega, algo de aquella búsqueda permanece sin resolver. Yamaoka todavía no encuentra una explicación definitiva para entender por qué esas composiciones continúan acompañando a generaciones distintas. Quizá tampoco le corresponda encontrarla: una obra puede comenzar en las manos de quien la escribe, pero su significado continúa construyéndose mucho después de abandonarlas.
“No sé por qué esa música ha seguido resonando con las personas a lo largo de distintas generaciones durante 25 años [desde Silent Hill 2], sigo sin creer que tenga una respuesta definitiva. Y quizá ésa sea precisamente la razón por la que quiero seguir creando música”, reconoce.
La incertidumbre devuelve a Yamaoka al mismo lugar desde el que comenzó esta conversación. Después de cuarenta años creando música, todavía se pregunta quién es y después de veinticinco años de Silent Hill 2, aún desconoce los significados que rodean su obra. Dos preguntas separadas por décadas terminan tejiéndose en un mismo impulso: seguir buscando.
Y, tal vez ahí se encuentre la paradoja que atraviesa toda su obra. Yamaoka ha pasado buena parte de su vida construyendo universos sonoros para que otros puedan habitarlos y, cuarenta años después, continúa recorriéndolos en busca de algo todavía más difícil de encontrar: a sí mismo.
“Tal vez la búsqueda de una respuesta a esa pregunta se convierta en una de las fuerzas que impulsen mi trabajo creativo de aquí en adelante” (Akira Yamaoka).
