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Reseña: 'Honor is All We Know', Rancid

La legendaria banda punk regresó al estudio

Foto: Cortesía Epitaph

Desde el 2009 Rancid se mantuvo alejado del estudio de grabación y quizás -sólo quizás- sería mejor que hubiera permanecido así.

Rancid es una de las bandas más emblemáticas del punk rock proveniente de California. Durante la década de los noventa alcanzaron el éxito comercial sin la necesidad de comprometer su sonido ni firmar contrato con una disquera transnacional, a diferencia de sus contemporáneos The Offspring y Green Day.

Sus ocho discos de estudio fueron lanzados a través de la disquera independiente –y pilar del género– Epitaph Records. Podríamos decir que, hasta la fecha, Rancid, NOFX y Bad Religion integran "la tercia" de bandas de punk rock "real" más reconocidas en el globo. Esto se ve traducido en que, a 13 años de su creación, siguen de gira por todo el mundo y constantemente cuelgan el letrero de "Sold Out" en la puerta de sus recitales.

Para su octava placa, Honor is All We Know, el cuarteto originario de Berkeley, California, recurrió nuevamente a la producción de Brett Gurewitz -dueño de Epitaph y guitarrista de Bad Religion-. Sin embargo, con todo y la intervención del aclamado productor, el resultado final no es el que esperaríamos de una de las bandas que más relevantes de su género.

En resumen, Honor is All We Know es un disco carente de alma. Parece más un conjunto de canciones centradas en temas de violencia y peleas de bar ("Face Up" y "Malfunction"), o argumentos dignos de un texto de superación personal ("A Power Inside", "Honor is All We Know"), que un álbum.

Para colmo, estas historias son contadas de manera genérica y carecen de los elementos que nos enamoraron de Rancid: ¿dónde están esas letras que dibujaban imágenes tan vívidas de la calle?, ¿dónde están esos coros pegajosos que destilaban unidad? Lo más importante: ¿dónde diablos están las frenéticas e incontenibles líneas de bajo de Matt Freeman? Lo único claro es que no están en este disco.

"Back Where I Belong" es el primer tema del disco. Reconocemos que hace una excelente labor de apertura con su dinámico y energético ritmo sobre el que Tim Armstrong y Lars Frederiksen declaran que finalmente "están de vuelta en el lugar al que pertenecen". Aunque la energía que crea se pierde de manera (casi) instantánea con "Raise Your Fist", el segundo track del álbum, que relata -de manera muy general y carente de creatividad- los abusos de los políticos y la opresión.

Luego nos encontramos con el combo de canciones que sirvieron como previo a este trabajo discográfico. Se trata de tres temas divididos en seis minutos. El primero es "Collision Course" -quizá una de las tres canciones más rescatables del disco- que habla sobre el gusto de sus integrantes por escuchar sencillos de reggae y oi! Por otro lado, "Evil is My Friend", junto a "Everybody's Suffering" nos entregan un ska con tintes de un sonido nostálgico que han dominado con los años. Si bien no dicen nada digno de recordar, el ritmo es suficiente para disfrutar este par de temas.

El resto del disco, a excepción de "In The Streets", que es el tema en el que Matt Freeman luce más dentro de su instrumento, no posee ninguna joya digna de remarcar. Lo que resta es un disco predecible y genérico. Con todo y que es el LP de menor duración en todo el catálogo de la banda, pareciera que tarda demasiado en acabar.

Rancid cayó en una zona de confort y esto les está haciendo un daño atroz. Quizá la razón sea que sus integrantes dedican demasiado tiempo a componer temas para otros proyectos como The Transplants, la leyenda del ska, Jimmy Cliff, Old Firm Casuals, Tim Timebomb and Friends y, cómo olvidar, la canción "Different" de Ximena Sariñana.

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