Inventario

Una reflexión sobre el sismo del pasado 19 de septiembre en la Ciudad de México
Foto: Alejandra Carbajal
Tonatiuh Olvera |
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La pareja que vuelve a vivir junta porque ahora él es damnificado.
Libros cayendo de su lugar, acomodándose en nuevos estantes.
Convoys de motociclistas formados espontáneamente por la emergencia.
Filas de gente con poco en común, salvo amar esta ciudad y querer remover el escombro de mano en mano.
Amistades rotas unidas de nuevo por un mensaje de texto certificando que el otro esté bien.
Mentes que toman conciencia de los olvidados y que hoy miran más allá de la ciudad.
La moral restaurada de 23 millones de personas por una labrador de seis años
homónima de la niña que nunca existió pero se volvió ícono por 15 minutos.
La forma en que nos vemos a nosotros mismos, como cohabitantes, vecinos y mexicanos.
Mirar nuestras manos y ver la herramienta para seguir removiendo prejuicios.
Entender que la alerta sísmica de un sábado por la mañana significa nunca bajar la guardia.
El “millenial” que se desprende de una vez por todas de las chingadas etiquetas.
La señora que sale a servir vasos de agua a los ríos de personas que buscan llegar a su hogar.
Los oficios que encuentran su lugar en el caudal de ayuda.
Los ojos que nos advierten de mirar más allá del próximo minuto.
Las bocas que a cada segundo piden, ofrecen y verifican.
La sociedad que se abraza a sí misma.
Todos los héroes de los que nunca sabremos porque su historia no sobrevivió al derrumbe.
El “Cielito lindo” a cientos de voces que creíamos sólo se podía escuchar en las gradas con un balón de por medio.
Los anaqueles de medicinas que dejaron de serlo porque alguien los vació.
Aquella ferretería que regaló todo lo que tenía sin pedir nada a cambio.
La niña que obsequió su mundo en forma de muñeca.
La provincia que promulgó que la quesadilla lleva lo que nosotros queramos.
Al final, la nación que se volcó sobre su propio corazón.

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