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Mujeres feministas
Foto: iStock

¿Quién quisiera ser mujer en este mundo?

Jessica Marjane Durán Franco, defensora de derechos humanos, reflexiona sobre lo que significa ser una mujer trans

Por Time Out México colaboradores
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Escuché esta pregunta a lo largo  de mi transición desde diversas voces con miedos, prejuicios, desconocimiento, burlas y comentarios sobre el “ser mujer”. ¿Transición? bien, no siempre fui Jessica, al nacer socialmente se me asignó el género de un varón, sí, socialmente se asignó, y así fue como se impusieron una serie de expectativas sociales como a culturalmente se ha normalizado y se nos ha impuesto sin mostrarnos un abanico de posibilidades.

Azul para niños, rosa para las niñas, a toda costa frases que dictaban: camina como hombre, habla como hombre, siéntate como hombre sin escuchar mi voz y mi deseo. Las desigualdades se marcaban a cada paso cuando las personas percibían que “era rarito” para una educación que te enseña a obedecer antes que potencializar tu ser.

Ahora siento orgullo de haber sido ese “rarito”, porque es raro que en un mundo profundamente misógino yo veía alrededor de mi vida la fuerza de las mujeres y no “unas simples viejas”. Me manifestaba como ellas, me acompañaba con ellas y percibía mi identidad como una más de ellas. Desde ese entonces yo sí celebraba el nacer y sobre todo el renacer de cada mujer, las veía y me veía desde la infancia en la historia de mujeres fuertes que habían sobrevivido a las violencias, que eran creadoras de espacios donde todas nos sentíamos seguras; aquellas que habían renunciado a lo socialmente asignado, como mi abuela, mujer indígena otomí y luchadora de injusticias, mi madre, una mujer trabajadora y orgullosa de su emancipación, o mi hermana, una mujer deportista y ahora psicóloga y así, cada referente histórico que me hacía saber quién quiero ser en el mundo.

Al llegar a la adolescencia lo revelé, comuniqué y con todos los miedos, pero con la seguridad de ser quien soy externé tras una serie de matices que concluyeron la frase: "Mamá, soy una mujer". Hubo mucho miedo por lo que el mundo nos ha dicho que viven las mujeres como yo, las mujeres trans, lo que se ha construido singularmente hacia ellas. Empezando que los panoramas más brutales se vienen a la mente y no los más poéticos, los más emancipadores. Junto con mi familia, que me aceptó y ha abrazado cada una de mis transiciones, me di cuenta de que no era una cuestión de orientación sexual, se trataba de una cuestión de identidad que atravesaba mi percepción, mis vínculos, mis afectos, mis deseos y sobre todo mi manera de ver la vida. Esto solo fue el principio, aún los retos continuaban en las calles, las instituciones, en la defensa de mi primer territorio: mi cuerpo.

Mi transitar por las calles de la ciudad puede tener diversas experiencias; sin embargo, para una mujer trans el imponerle una expectativa desde los primeros años de vida se manifiesta con dolor, padecer, miedo e incluso tristeza. Hemos heredado un mundo que nos educa para obedecer, guardar silencio, prudencia, moral. Nunca nos dijeron quién puso las reglas, quién se beneficiaba de ellas y a quién olvidaban.

Sé que mi paso por las calles de la ciudad, por las instituciones, por mi propia historia tiene un mensaje de desobediencia: sí soy mujer, pero no la que el mundo desea para satisfacer un sistema condenado a la desigualdad.

Así es como comencé a alzar la voz, rompiendo el silencio ante lo que socialmente me decían “era mi lugar”. Desobedecí como muchas mujeres lo hacen todos los días.

Mi paso por las calles pese a que se vió marcado por el acoso, las miradas lascivas, el que no quisieran tomar en cuenta mi voz, el sometimiento de mi identidad a ser cuestionada no me detuvo para saber que si algo siempre me había inspirado era la desobediencia transformadora, crítica y tejedora de otros mundos posibles.

-Pero Jessica, es que los niños, las familias, los gobiernos, la iglesia, la ciudad, el mundo, el país, el universo… ¡No estamos preparados!

No vamos a esperar a que el mundo esté preparado, es nuestra única vida y no estamos dispuestas a ser arrojadas a un lugar de clandestinidad, miedo o condenadas a ser la siguiente asesinada. Desde las infancias resistimos, desde nuestras familias diversas que nos apoyan, desde los espacios seguros que también existen en esta sociedad, nos expresamos con palabras. Hay una cifra que marca que la expectativa de vida de una mujer trans en América Latina es de 30 a 35 años. Es el primer paso a erradicar.

¿Qué falta por aprender? Antes que aprender pensemos en la necesidad de desaprender. Ir desde lo estructural hasta lo tangible en los espacios, no sirve decir todas y todos, o incluir el todes, si en los espacios de tomas de decisiones son los mismos los que las toman, los que tienen los recursos, los que ponen las reglas. Hay mucho que desaprender para dar paso a construir.

Porque en este mundo no basta con decir: "yo tengo una amiga como tú", "yo no discrimino", "no todos somos así"… No, es hora de voltear a nuestra historia, a la advertencia de papá, al regaño de mamá, al prejuicio de la vecina donde nos decían desde la infancia "que eso estaba mal", la complicidad de violentar mujeres y guardar silencio. Es hora de reparar, generar consciencia, acercarse desde nuestra historia a otras historias con empatía, ética y colaborar desde el cuerpo, el contexto que vivimos a sumarse. Ser desobedientes del mundo que heredamos.

Este mundo pregunta quién quiere ser mujer: Yo, como muchas otras desobedientes, no es que lo queramos, lo somos. Es hora que nadie tenga que preguntarse quién quisiera ser mujer, sino quien lo sea tenga las condiciones justas de vida para serlo. Y eso nos corresponde a todo el mundo.

Y sí, aquí estamos las desobedientes, las que rompieron el silencio cuando les llamaron joto, putx y salieron con plumas y lentejuelas a celebrar la vida, las que se negaron a ser despojadas de su identidad y lucharon por cambiar el mundo de la mano de otras mujeres, las que cuando las ignoraron alzaron la voz y pidieron voz y voto. Las que ante la violencia se negaron a ser arrojadas a un destino de tragedia y muerte. Las que construyen redes con otras mujeres y rompen el mito de que “la peor enemiga de una mujer es otra mujer”. Aquí estamos las desobedientes de las cuales no nos pueden despojar de nuestros cielos, nuestros atardeceres sentadas en la calle, de nuestros pasos de , las risas y la memoria de quienes ya no están. Estas somos las que miras en la calle y ponen una ruptura en los espacios. Aquí estamos, mujeres diversas, mujeres trans.

En un mundo que oferta odio, incertidumbre, miedo, desconocimiento y desigualdad. Sostengamos la radicalidad de construir un mundo más habitable para las mujeres trans, para la diversidad de mujeres que somos y  las personas históricamente vulneradas.

Esa es la desobediencia que el mundo necesita, que la ciudad merece, que la rabia exige, que las consignas abrazan, que las marchas tienen, que las mujeres tejemos.

Y tú, ¿te sumas a desobedecer?

**Dedicado a todas las desobedientes, las que he podido coincidir, mamá, hermana, tía abuela, Lía, Ericka, Rebeca, Chave, Kuru, Yenny, Margarita, Cinthya, Selma, Fátima, Artemisa, Ana, Estef, Sio, Leah, Sofía, Marian, Luisa, Mónica, Alessa, Kenya, Paola, y todas que hasta el último momento de su vida desobedecieron, se atrevieron a ser esa mujer que nos advirtieron que no fuéramos y nos atrevimos a ser.

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