Cinema 35

Teatro
4 de 5 estrellas
Cinema 35
Foto: Cortesía de la producción

Desde que existe, el cine ha sido una de las principal forma de entretenimiento en el mundo. Y también, por sus características, ha sido uno de los más grandes forjadores de sueños y deseos para los espectadores y, por supuesto, para aquellos que están inmersos en la industria cinematográfica. En el caso de los tres protagonistas de Cinema 35, el cine les da de comer al tiempo que fomenta sus fantasías y acompaña sus soledades y desilusiones.

Ganadora del Premio Pulitzer de Drama en 2014, éste texto de la estadounidense Annie Baker es uno de los más celebrados de la dramaturgia del nuevo milenio. Desde el teatro, Baker mira al mundo del cine y, con él, a aquellos seres que están al servicio del público en las salas. Baker saca a tres de ellos del anonimato y los expone en la sala vacía y a medio iluminar para proyectarnos sus historias, sus ideales y frustraciones. A través de varias escenas breves, conocemos la relación del novato Avery con el experimentado Sam y la avasallante Rose, los tres empleados en un viejo y decadente cine de arte que está a punto de mudar del proyector de 35mm al proyector digital.

Como en el mejor Chéjov, hay silencios, miradas y contenciones que buscan estallar desde cualquiera de las butacas, no para cambiar algo, sino simplemente para dar cabida a nuevos sueños rotos, a nuevos sentimientos atorados. Más que un conflicto, lo que sucede en escena es el cotidiano de una mujer y dos hombres que afrontan de manera muy distinta el estar todo el día limpiando los pisos y las butacas de las salas de cine y proyectando filmes de culto.

Joe Rendón enfrenta su ópera prima como traductor y director teatral y sale avante. Al contrario de Baker, Rendón mira al teatro desde el cine y eso, en el caso de esta obra, la complementa y enriquece. Cuenta con el notado trabajo de Edyta Rzewuska y Félix Arroyo, diseñadores de escenografía e iluminación, respectivamente, que construyen una evocadora sala de cine en pleno Foro Lucerna. El diseño de vestuario de Estela Fagoaga y la música original de Franco Medina-Mora redondean esta agridulce carta de amor al celuloide.

Rendón, quien ha trabajado como guionista y director en series como Tenemos que hablar, Dogma y Descontrol, aprovecha con solvencia todas las áreas del escenario, pero sobre todo aprovecha a los actores: Martín Altomaro construye a un hombre envejecido y derrotado antes de tiempo; su mirada es desoladora. Damayanti Quintanar es toda fiereza y encanto como la ácida Rose. Y en el exquisito personaje de Avery, Pierre Louis es toda una revelación: no hay gesto, palabra o silencio del enigmático Avery que escape del control y sensibilidad, ojalá sea una presencia constante de nuestro teatro.

Si algo hay que agradecerle a Tercera Llamada, la productora de ésta obra, es que haya apostado por una obra importante y premiada del teatro internacional. En México se producen muy buenas obras extranjeras, pero no siempre se atreven a traernos las puestas que han sido reconocidas o nominadas en premios como el Tony, el Obie o el Pulitzer.

Por Enrique Saavedra

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