Edipo: nadie es ateo

Teatro, Experimental
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La fe y la verdad son dos conceptos que han intentado regir la vida del hombre desde que es hombre, aunque sea desde sus polos opuestos: la duda y la mentira. En la más reciente obra de David Gaitán, dichos conceptos son puestos sobre la mesa a fin de actualizar el clásico griego de Sófocles, Edipo Rey, un texto que gracias a la lectura que hizo de él Sigmund Freud a principios del siglo XX, se convirtió en un referente de la cultura universal más allá del teatro.

Una larga mesa y varias sillas son dispuestas en el escenario por Alejandro Luna —el mayor escenógrafo mexicano —, también responsable de la iluminación. Alrededor o encima de ella desfilan los tres personajes centrales de esta tragedia revitalizada que está ubicada en la atemporalidad, pero con claros guiños a situaciones políticas y sociales actuales.

A partir del mito de los reyes a los que les fue anunciado que su propio hijo mataría a su padre y desposaría a su madre, Gaitán propone un discurso filosófico y político que no es digerible a simple escucha, pero que se va construyendo a través de una actualización ácida y divertida de los personajes y su situación de monarcas atemorizados por una peste que azota a su pueblo, sin saber que el mal proviene de su propio palacio. No importa que sigan estando en Tebas: la peste es reconocible en cualquier país, en cualquier tiempo.

La ambición por el poder como estatus social, el sexo como eterno extinguidor de epidemias íntimas, la retórica como perenne controladora de masas y el juego de apariencias como ejercicio de sobrevivencia; son asuntos que Gaitán explora en un montaje atractivo que lo mismo divierte que perturba. La mayor valía de Edipo: nadie es ateo descansa en el estupendo cuadro de actores que David dirige con la dosis suficiente de malicia, ridículo y repulsión.

Edipo es interpretado en todos sus matices por Raúl Briones: desde el gesto más banal de quien se sabe rey hasta el incendio de quien entiende que ha sido abandonado. Junto a él, Carolina Politti despliega su amplio registro para ofrecer una Yocasta que se sabe habitada por fantasmas (el trabajo de ambos es espléndido). A su lado, Diana Sedano es una Tiresias perturbadora y tanto la actriz como el personaje son claramente el eje rector de la dramaturgia. Como Creonte, Ramón Morales, quien sustituye a Adrián Ladrón de la primera temporada.

Por Enrique Saavedra

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