El mercader de Venecia

Teatro, Shakespeare
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El trato es simple: si no paga a tiempo la deuda que ha contraído para ayudar a su amigo Bassanio, Antonio, el mercader, está obligado a cederle a Shylock, el usurero, una libra de su propia carne.

Mientras descubrimos si Antonio saldará su deuda antes de ser mutilado por su enemigo, entraremos en un universo en el que reina la intolerancia del ser humano hacia otros seres humanos: el racismo, la xenofobia y el clasismo están presentes en la Venecia de Shakespeare, pero más en la Venecia que propone David Olguín.

Un búnker casi vacío es el escenario en el que se desarrollan las historias que involucran lo mismo un casamiento por conveniencia, la lucha de una mujer por derrotar al patriarcado, el amor entre dos seres de distintas clases sociales, hasta la doble moral de quien señala y acusa al mismo tiempo que es consumido por una pasión homosexual que oculta.

Al centro, la avaricia y el deseo de venganza de un hombre hacia otro hombre. No se trata ni de buenos ni de malos, sino de seres humanos actuando de acuerdo a su tiempo, a sus principios sociales y a sus convicciones morales. Shakespeare, una vez más, explicando el siglo XXI.

Tras el éxito de su anterior montaje del clásico Tío Vaniade Chéjov, Olguín busca en lo más recóndito del ser humano para extraerlo hacia una particular luminosidad. A ello ayuda el estupendo equipo que ha conformado, Esmirna Barrios y Fernando Álvarez Rebeil son los jóvenes casaderos mientras que el mercader es interpretado por David Hevia, quien suma a su lista un nuevo gran personaje.

La idea de este montaje parte en gran medida de rendir un homenaje a un actor imprescindible del teatro, Mauricio Davison, quien pone su leyenda al servicio de la complejidad de Shylock, personaje que sobre sus hombros cansados y su voz en pie de guerra, cobra dimensiones que rebasan lo patético y lo hermoso. Son simplemente demasiado humanas.

Por Enrique Saavedra

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