La divina ilusión

Teatro, Drama
 (Foto: Alejandra Carbajal)
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El dramaturgo canadiense Michel Marc Bouchard estaba en el país hace tres años para la última función de Tom en la granja en el Foro Lucerna. Hospedado en casa de su amigo, el director Boris Schoemann, compartió con él las dos primeras escenas de La divina ilusión, una suerte de comedia negra con tintes dramáticos inspirada en la visita de la actriz francesa Sarah Bernhardt a Canadá en 1905. El relato histórico cuenta que a principios del siglo pasado, la célebre y polémica actriz francesa visitó Quebec en una gira mundial con su compañía de teatro. No todos en la ciudad canadiense recibieron con buenos ojos la noticia. La iglesia no estaba contenta y se lo confirmó enviando a dos jóvenes seminaristas. La discordia entre ambas partes —artista y clérigo— será el detonante en la última pieza teatral del dramaturgo.

No estamos frente a una obra biográfica de Bernhardt. Su figura es sólo el pretexto para hablar de doble moral, de hipocresía, de las diferencias sociales marcadas por las clases económicas y el abuso del poder eclesial. Hablar de la sociedad quebécois de principios del siglo pasado con un paralelismo de la vida contemporánea. Es 1905, pero también 2017.

Sobre este planteamiento, los personajes de los jóvenes discípulos cobran protagonismo en el montaje. Interpretados por los noveles actores Dalí González y Eugenio Rubio ponen relieve a los conflictos de los que escribe Bouchard: la contraposición de las clases sociales, el poder de la iglesia católica y los dilemas personales ante el deber ser.

“Es una obra compleja, bellísima, dramática, con un humor característico de Michel. Promete mucho para mí”, anticipa el director. Si alguien conoce la obra de Marc Bushard, ese es Boris Schoemann. Desde Los endebles, la primera obra que montó de este autor y a la que debe el nombre de su compañía —se filtró en los universos creados por el dramaturgo canadiense—, hasta al grado de ser su traductor al español. Empresa para la cual cuenta con el consejo y la orientación desde Quebec o cualquier parte del mundo en la que se encuentre. El caso de La divina ilusión no fue distinto.

Según cuenta, primero tradujo todo lo más fiel al texto original, después lo puso “en boca de los actores” para que a través de ellos fuera tomando forma y sufriera las adecuaciones necesarias para cobrar vida. A la distancia, el autor del texto original hizo algunas recomendaciones para la versión mexicana.   

“Creo que cada vez escribe mejor”, confiesa Boris al referirse a la dramaturgia y agrega que es al mismo tiempo de un lenguaje simple pero profundo. En esta ocasión, medita sobre acontecimientos oscuros que se develan poco a poco. Abusos y encubrimientos. Pero, por otro lado, reflexiona también sobre el papel del arte en general y particularmente del teatro en la sociedad. Aquí la importancia de recurrir a la figura de la gran diva de principios de siglo Sarah Bernhardt.

Pilar Boliver será la encargada de darle vida a la creadora. Es la primera ocasión que director y actriz colaboran bajo estos roles, anteriormente habían trabajado en otras áreas de la producción teatral. Pero en voz del propio director, la intérprete realiza un excelente trabajo al dar vida a “la mujer que puede decir todo lo que no se dice”.

Según Schoemann, la apuesta se encuentra en un detallado vestuario de época en manos de María Estela Fagoaga, mientras el reto se traduce en una puesta escénica compleja que requiere de la presencia de 11 actores sobre el escenario del Teatro Helénico. Para ello, una escenografía sintética ideada por Fernando Flores que coloca con agilidad al espectador lo mismo tras bambalinas, los dormitorios del seminario o una fábrica de zapatos en el naciente siglo XX. Mientras tanto, la sorpresa la pone la musicalización en vivo con los recursos del elenco sobre la propuesta de Joaquín López Chas.

Por Time Out México colaboradores

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