Todo está bien
Foto: Cortesía Hector Órtega

Todo está bien

Angélica Bauter vuelve a interpretar a Larrañaga en una obra que mezcla humor negro y crítica laboral
  • Teatro
  • Centro Nacional de las Artes, Churubusco Country Club
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Time Out dice

Todo está bien regresa a los escenarios con más filo, más risa incómoda y una lectura todavía más incisiva del mundo laboral mexicano. La obra es una farsa que desarma el bullying cotidiano, la violencia disfrazada de “ambiente de oficina” y la deshumanización que normalizamos sin parpadear.  Con humor negro y honestidad brutal, Angélica Bauter retoma a Larrañaga, un personaje que ella interpreta desde un lugar mucho más complejo: el de una mujer que mira hacia afuera para no mirar lo que duele adentro.

Bauter nos platica sobre la evolución del montaje y las nuevas capas emocionales y críticas que descubrió en el proceso.

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¿Qué significa para ti volver a Todo está bien después de la temporada en el Helénico? ¿Qué nuevas capas le has encontrado al personaje con el paso del tiempo?

La verdad es que para mí es un regalo enorme volver, porque el equipo es increíble. No solo son buenas personas fuera del escenario, sino que en el escenario estamos dándolo todo. Disfrutamos muchísimo la función.

La obra es una farsa que señala el bullying y lo abusivos que podemos llegar a ser como personas y compañeros de trabajo. Pero yo he estado pensando mucho en que mi personaje, Larrañaga, es madre soltera y tiene una hija. No quiero justificarla, pero me gusta pensar que la gente a veces tiene momentos de “maldad” porque también la está pasando muy mal.

Si vieras a Larrañaga de lejos, pensarías que es la chismosa de la oficina, la que lleva y trae y la que siempre quiere vender sus papitas. Pero yo siento que es una mujer incapaz de mirar hacia adentro, incapaz de hacer introspección. Por eso está enfocada todo el tiempo en lo externo, en el chisme, en saber de todos menos de ella. Y creo que eso tiene que ver con escapar de una realidad donde ella es la única que carga con el peso de su hija, su casa, todo. Como muchas madres solteras y muchas mujeres mexicanas. Ese es su día a día.

En estos primeros ensayos de la nueva temporada, ¿sentiste algo diferente? 

Tenemos a Angélica Rogel, que es una de las grandes directoras de México. Desde el primer ensayo nos dijo: “Vamos a apretar para mejorar partes que pueden crecer. A ver qué han pensado”. Antes de correr la obra, lo primero fue señalar lo que se podía afinar.

Empezamos a correr el ensayo muy detenidamente. Angélica nos detenía: “¿Por qué estás diciendo eso? ¿Qué está pensando tu personaje?”. Estamos encontrando nuevos lugares y nuevos estímulos. Y eso como actores es muy desafiante y muy gratificante para volver a la obra.

La obra ya tiene más camino y retroalimentación del público. ¿Cómo les ha afectado esto en la interpretación y en la propuesta general?

De todo tipo. Por ejemplo, vinieron unos amigos que trabajan en recursos humanos y nos decían: “Sí, eso pasa todo el tiempo. Aquí le podrían agregar esto, acá tal cosa”.

Ayer que estábamos montando en el teatro, alguien dijo: “Hay que ponerle un arbolito navideño a la oficina”. Hay un momento donde yo saco unas papas para vendérselas a mi compañero, y unas amigas me dijeron: “En tu cajón guárdate un exprimidor y córtale el limón”. Otras me dijeron: “Prepárale unos doritos”, “Hazle una mezcla de cacahuate japonés”. Eso pasa mucho en las oficinas: guardan de todo.

Y es increíble, porque la reacción del público en ese momento es un momentazo. La gente se ríe muchísimo porque sienten que es un reflejo de su día a día en la oficina. Hemos tenido desde comentarios técnicos sobre cómo funciona una oficina, hasta cosas chuscas.

La obra combina humor negro con estrés laboral, salud mental y deshumanización en el trabajo. ¿Cómo han cuidado emocionalmente ese tránsito entre hacer reír y tocar fibras sensibles?

El montaje está diseñado para que la primera parte sea una farsa muy tronada. Los cuatro personajes satélites alrededor de Hernández —que es quien está viviendo la depresión— se van volviendo monstruos conforme avanza la obra. Eso genera una separación para recalcar que, aunque es chistoso, es monstruoso. No está bien. Eso no es humano, eso nos deshumaniza.

Conforme avanza la obra, los personajes pierden cualquier sentido de humanidad. Y al final, que tiene un acento más realista, es donde al público le cae el veinte. Me han dicho que ese final —que de hecho cambiaron en el Helénico— les pega muchísimo: se ríen toda la obra y luego entienden que lo que pasó no está bien.

Dialoga con el mito de Sísifo. ¿Dónde encuentras la “piedra” que cargan tu personaje y los demás?

Hay un momento en el montaje en el que quieren convencer a Hernández de escribir una carta. Ahí cada personaje deja ver qué carga: cuál es la culpa que traen encima. Todos se quiebran. Es una confesión que nadie sabía y que se atreven a contar.

Es un momento donde tocan una fibra y luego regresan como si nada, como: “Ay no, bueno, pero no tanto”. Porque vivir en la rutina de hacer lo mismo todos los días, el mismo camino, te va cerrando emocionalmente. En la obra comparten algo profundo y luego lo esconden otra vez. Está diseñado justo para vulnerarlos y luego devolverlos a lo que son.

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Detalles

Dirección
Centro Nacional de las Artes
Tlalpan 79
Country Club
México, DF
04020
Esquina con
Río Churubusco
Transporte
Metro General Anaya
Precio
$250
Horas de apertura
Jue y Vie 7:30pm, sáb 7pm y dom 6pm

Fechas y horas

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