El Día de Muertos se celebra en todo el país de maneras distintas; cada entidad conserva rituales, sabores y costumbres únicas. En Yucatán, esta adquiere un carácter espiritual gracias al Janal Pixán, expresión maya que significa “comida de las ánimas”. Durante las fechas, las familias preparan altares, cocinan platillos típicos y abren las puertas de sus hogares (literalmente) para que las almas de los seres queridos regresen a compartir los alimentos, el aroma de las velas y ese cariño que no se apaga.
Cuando llueve, los yucatecos dicen que los muertos se están bañando: una forma poética de creer que las ánimas se purifican antes de visitar a los vivos. En cada altar, la cruz verde —símbolo del ya’axché, el árbol de la vida— recuerda el equilibrio entre el cielo, la tierra y el inframundo.
Un poco de contexto sobre el Día de Muertos en Yucatán
En esta entidad las celebraciones reciben distintos nombres. A nivel local se le llama Días de Finados, aunque desde 1995 se oficializó el uso del término maya Janal Pixán, para reforzar su identidad cultural y atraer visitantes interesados en conocer esta tradición.
A diferencia de las ofrendas del centro del país, que suelen incluir calaveras, catrinas y pan de muerto, los altares yucatecos están dedicados a compartir los alimentos preferidos de los difuntos, con guisos, frutas, panes y dulces elaborados con recetas heredadas por generaciones. En los patios, las velas guían el camino de regreso y los rezos llenan el aire de gratitud y memoria.
Durante finales de octubre y noviembre Mérida se transforma en un gran altar viviente: los barrios coloniales se llenan de flores, el aroma del mukbilpollo (tamales horneados bajo tierra) impregna el ambiente y el Festival de las Ánimas, instaurado en 2008, ofrece desfiles, conciertos, muestras gastronómicas y tours nocturnos que mezclan arte, tradición y respeto por los antepasados.
¿Qué se come el Día de Muertos en Yucatán?
Entre los alimentos que los yucatecos suelen incluir en los altares destacan los dulces de papaya y de camote, el manjar blanco (a base de ralladura de coco), los dulces de nanche y, por supuesto, el pan de finados.
Este es un pan dulce con aroma a anís o ralladura de limón que simboliza la unión entre los vivos y los muertos. En los pueblos del interior, como Hocabá o Yaxcabá, aún se elabora de forma artesanal y se cuelga en las casas o altares para alimentar a las ánimas olvidadas. Se acompaña con tán chukuá, un espeso chocolate casero con especias preparado especialmente para recibir a los fieles difuntos.
La estrella es el mukbilpollo o pib, un tamal gigante de masa con carne de cerdo o pollo y especias, envuelto en hojas de plátano y cocido bajo tierra. Su preparación reúne a las familias desde la víspera del Día de Muertos, cuando entre risas y recuerdos hornean este platillo sagrado que simboliza el renacer de la vida a través del fuego y la memoria. Puedes aprender a prepararlo y degustarlo en lugares como la Hacienda Teya.
Mérida: la capital del Hanal Pixán
Durante los últimos días de octubre, Mérida se convierte en el epicentro de las celebraciones del Janal Pixán. La ciudad, fundada en 1542 sobre los restos de la antigua T’ho, se llena de luz, flores y aromas con el Festival de las Ánimas. En el corazón del centro histórico, la Plaza Grande suele albergar el imponente Altar Monumental, una obra de más de quince metros de ancho y altura que combina velas, frutas, flores y platillos regionales. Es un homenaje visual y espiritual a los difuntos.
Otros eventos para agendar son el Desfile de Catrinas, lleno de color y música, y la Rodada de las Ánimas, un recorrido nocturno en bicicleta que rinde homenaje a quienes perdieron la vida en accidentes.
El 31 de octubre llega el momento más esperado: el Paseo de las Ánimas, una procesión que representa el regreso de los espíritus al mundo de los vivos. Cientos de personas vestidas de blanco, con velas y flores, recorren desde el Cementerio General hasta el barrio de San Juan, acompañadas por rezos, altares y música tradicional.
Durante el día, vale la pena recorrer el Paseo de Montejo, disfrutar un helado en Dulcería y Sorbetería Colón o probar los platillos típicos en La Chaya Maya o en Casa Yucatán.
Maní: tradición viva y sabor ancestral
Designado Pueblo Mágico en 2020, Maní se ubica a unos 90 kilómetros al sureste de Mérida. Su nombre viene del maya “manik” (moverse o transitar), evoca su pasado como punto de encuentro entre comunidades mayas. Aquí hay que visitar el imponente Ex Convento de San Miguel Arcángel, construido en 1567 sobre un antiguo templo prehispánico y cuyos muros guardan frescos del siglo XVII.
Además de su belleza arquitectónica, Maní es conocido por su poc chuc, platillo típico de la gastronomía yucateca elaborado con carne de cerdo marinada en jugo de naranja agria y asada al carbón. Su nombre proviene de las palabras mayas pook (“tostar” o “asar”) y chuuk (“carbón”).
Maní también destaca por su papel en la preservación de la meliponicultura, la crianza de abejas sin aguijón que producen mieles finas y medicinales. Varias familias locales abren sus meliponarios al público y ofrecen talleres donde se puede aprender sobre esta tradición ancestral.
Izamal: la ciudad amarilla y espiritual
Izamal, que significa “el rocío del cielo”, es otro de los Pueblos Mágicos que resume el alma yucateca. Su singular color amarillo —que cubre todas las fachadas— simboliza la luz del sol y la bienvenida a los visitantes. Conocida también como la Ciudad de las Tres Culturas, fusiona herencia maya, colonial y contemporánea.
El majestuoso Convento de San Antonio de Padua, fundado en 1549 por Fray Diego de Landa, se erige sobre los restos de una antigua pirámide maya y presume uno de los atrios más grandes del mundo. Desde allí, se puede ver la Pirámide de Kinich Kakmó, dedicada al dios del sol, y participar en ceremonias mayas o temazcales guiados. También te recomendamos un tour en cuatrimoto.
Imperdibles de Yucatán
Empieza el día desayunando en la Taquería Lupita, en el mercado principal de Mérida, donde los salbutes, panuchos y guisados de relleno negro, lechón y cochinita son un verdadero deleite.
Después, explora alguno de los muchos cenotes de la región, como las Grutas de Chocantes, en Tekax, famosas por sus formaciones minerales y sus cascadas subterráneas. Este conjunto natural combina la belleza de las grutas con el encanto de los cenotes, ideales para nadar o simplemente contemplar el agua que fluye entre la roca milenaria.
No olvides también visitar una hacienda tradicional, como Hacienda Teya, cuyo nombre significa “tierra de zapotes”. Fundada en el siglo XVII y restaurada con esmero, hoy ofrece recorridos, platillos típicos y una vista al pasado henequenero que marcó la historia de Yucatán.
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