La gráfica uruguaya y mexicana tendrá un diálogo en la próxima edición de Gran Salón México. Y es que el ilustrador, diseñador y docente uruguayo Francisco Cunha llega por primera vez a nuestra ciudad para participar en la duodécima edición de Gran Salón México, feria de ilustración contemporánea que se celebrará del 7 al 9 de noviembre en LAGUNA.
Gracias a la Embajada de Uruguay en México, Cunha presentará su obra más reciente e impartirá el taller Deriva dibujada, una experiencia que invita a caminar y dibujar simultáneamente para reconectar con la observación, el error y la espontaneidad como motores creativos. El fundador del archivo Gráfica Ilustrada del Uruguay y del Club de Dibujo de Montevideo reflexiona con nosotros sobre los puentes culturales entre Uruguay y México, el papel del dibujo en la era digital y la importancia de rescatar la gráfica latinoamericana.
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¿Qué significa para ti participar por primera vez de manera presencial en Gran Salón México, un evento con el que ya has colaborado durante algunos años?
La verdad es una gran alegría, pero además le da bastante sentido a mi carrera y al momento en el que estoy, justamente apostando por la creación y mi obra. Gran Salón tiene esta particularidad de situarse en esa zona difusa entre el arte, la ilustración y el dibujo, y eso es algo que atraviesa mucho mi trabajo. Me parece muy interesante poder llegar a Gran Salón desde ese lugar; siento que es una buena señal para todos los años que vengo trabajando y apostando a mi obra.
Además, es una oportunidad muy interesante para generar un diálogo cultural entre la ilustración mexicana y la uruguaya.
¿Cómo ves ese diálogo? ¿Cómo crees que se complementan ambas escenas?
Pienso, por ejemplo, en Carlos Pacheiro, quien se exilió en Uruguay. Cuando ves su obra, podés notar ese cruce: la línea, el color, esa potencia que uno siente como parte de la cultura mexicana. Entonces, no solo me entusiasma participar en Gran Salón, sino también conocer México por primera vez. Siento que será un encuentro con esa energía, con ese color y ese despliegue visual que aparece en la biografía de muchos artistas. Viajar a un lugar puede cambiarte la manera de percibir el mundo, así que tengo mucho entusiasmo por experimentarlo.
También impartirás el taller “Deriva dibujada”. ¿Podrías contarnos un poco más sobre él?
Sí, claro. Es una práctica que vengo trabajando desde hace varios años. Se trata, literalmente, de caminar y dibujar al mismo tiempo, sin detenerse. No es caminar y luego parar a dibujar algo, sino mantenerse en movimiento mientras dibujas.
Es algo fundamental en mi trabajo porque saca al dibujo del lugar en el que solemos ponerlo. Muchas personas dicen que les gusta dibujar, pero que necesitan tiempo, silencio o un espacio específico. Hay una mirada muy académica sobre el dibujo, y esta práctica la rompe un poco. Al caminar y dibujar al mismo tiempo, el cuerpo afecta el trazo; eso elimina la noción del error y libera la evaluación del resultado.
Cuando Maru me invitó a Gran Salón, enseguida le propuse hacer por primera vez esta deriva de manera colectiva. Será como un batallón de dibujantes capturando visualmente todo lo que se cruza en el camino.
Eres ilustrador, diseñador y docente. ¿Cómo dialogan todas esas facetas dentro de tu práctica artística?
En Montevideo, si uno quiere dedicarse al arte, generalmente también tiene que hacer proyectos más comerciales, como nos pasa a casi todos en Latinoamérica. Es un mercado pequeño, pero siento que esas disciplinas se nutren entre sí.
Mientras trabajo en diseño, constantemente estoy dibujando en mi libreta y pensando ideas que después se transforman en otras cosas. Las derivas que hago muchas veces alimentan mi manera de pensar otros lenguajes visuales. Durante un tiempo me preocupaba por hacer una sola cosa, pero después entendí que esos caminos paralelos son parte de una misma unidad: son lo que me construye como persona creativa y como artista.
Has dicho que el dibujo es tu lenguaje principal. En tiempos en que muchos artistas trabajan directamente en lo digital, ¿por qué sigue siendo tan importante dibujar a mano?
Para mí, el dibujo es como la escritura. Nadie reniega de la escritura: todos entendemos que escribir nos permite encontrarnos con nosotros mismos, comunicarnos, reflexionar. Pero con el dibujo pasa algo distinto: con los años empezamos a exigirle demasiado, lo volvemos académico, y ahí se pierde ese lenguaje natural que todos tuvimos de niños.
El dibujo acompaña a la humanidad desde el principio; está antes que la escritura, la arquitectura o cualquier otra forma de arte. En la ilustración o el diseño, yo lo entiendo como una forma de pensamiento visual. Aun en proyectos donde no hay dibujo final, el proceso de pensar parte siempre del dibujo.
Además, es una herramienta muy rápida y accesible: no necesitás una suscripción ni una interfaz compleja. Solo un lápiz y una hoja. Es inmediato, popular y te permite descubrir cosas nuevas con mucha libertad.
Tus ilustraciones combinan humor, ternura y reflexión social. ¿Qué temas o emociones te interesa explorar hoy desde tu trazo?
Me interesa conectar con las personas a través de un trazo simple, accesible, que acerque el dibujo a la gente. Trabajo con elementos del imaginario cotidiano, con cosas que todos reconocemos al mirar la ciudad. Busco generar una sensación de comunidad.
Últimamente también estoy explorando mucho el papel como material. Me di cuenta de que las personas reaccionan distinto frente al papel: tiene una fragilidad que no tienen otros soportes como el lienzo o la escultura. Esa vulnerabilidad genera otra forma de acercarse a la obra, y eso me interesa mucho.
Fundaste Gráfica Ilustrada del Uruguay, un archivo que rescata la historia visual del país. ¿Cómo nació ese proyecto y qué has aprendido de mirar hacia atrás?
El proyecto lo inicié junto a mi socio y cofundador de Estudio Mundial, Martín Azambuja. Desde hace más de una década nos interesa marcar una línea entre el diseño y la ilustración. En ese proceso encontramos un estudio muy importante que existió entre finales de los sesenta y los setenta, una imprenta por la que pasaron muchos artistas. Nos impactó lo contemporáneo que era su trabajo y el hecho de que todo se hiciera sin computadoras.
Por eso el archivo llega hasta los años ochenta: queríamos rescatar el diseño físico, analógico, artesanal. Es importante recordarlo ahora que estamos en una era donde la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías muchas veces se promocionan desde la idea de que todo lo anterior “muere”. Creo que mirar hacia atrás nos ayuda a entender que el diseño y la ilustración tienen raíces materiales muy valiosas, y que ese oficio sigue teniendo vigencia hoy.
Este año, Gran Salón también recibe a Fábrica de Estampas, un colectivo argentino. ¿Cómo ves la construcción de una identidad gráfica latinoamericana desde la ilustración?
Conozco su trabajo desde hace tiempo; incluso han participado en una feria en Montevideo que se llama Microtopías. Me parece increíble lo que hacen, sobre todo por cómo rescatan lo tradicional y el diseño analógico.
Creo que la gráfica y la ilustración latinoamericana se construyen precisamente desde ahí: desde el entendimiento de nuestras tradiciones y oficios. Ese diálogo con las técnicas del pasado nos permite reinterpretar las tecnologías actuales desde una mirada regional y única.
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