La captura se ha convertido en un fenómeno global en Netflix. Es la película número uno de la plataforma entre las producciones de habla no inglesa, con 18 millones de vistas en su primera semana. Alcanzó el Top 10 en 90 países y el primer lugar en 24 territorios, incluyendo Argentina, Portugal y Suiza. Detrás de estas cifras hay una historia profundamente mexicana: la captura de Joaquín “El Chapo” Guzmán en 2016, narrada no desde la perspectiva del capo, sino desde la de dos policías que lo encontraron casi por accidente y tuvieron que decidir entre cumplir con su deber o aceptar una fortuna que cambiaría sus vidas.
La cinta de Chava Cartas (Contraataque) toma como base las crónicas de Héctor de Mauleón y se permite imaginar lo que ocurrió detrás de este episodio real. En el centro de la trama está Alfonso Herrera (El baile de los 41), quien interpreta a Arturo, uno de los oficiales enfrentados al hombre más buscado del mundo. Time Out México conversó con el actor sobre lo que significa encarnar el miedo y sobre la química y los códigos que construyó en el set junto a Noé Hernández y el director Chava Cartas.
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Arturo es un hombre muy mexicano, inmerso en una situación y unos códigos muy locales. Sin embargo, La captura es hoy la película más vista a nivel global. ¿Qué crees que conecta con los espectadores internacionales que no conocen el contexto mexicano?
Alfonso Herrera: Creo que, al menos en México, lo que más está dando de qué hablar es que los buenos ganan; que finalmente son ellos quienes se llevan la victoria. Eso llama muchísimo la atención. Por otro lado, hay factores que hacen muy atractiva esta historia. Todos los mexicanos recordamos dónde estábamos a principios de 2016, cuando la noticia de la recaptura de Joaquín Guzmán sacudió al país. La visión del productor Francisco González Compeán fue muy acertada al adaptar las crónicas de Héctor de Mauleón para la pantalla. También fue un gran acierto elegir a Chava Cartas como director, pues es un apasionado del género. No es fácil imprimirle ritmo y dominar la acción en una historia de estas características, y él lo hace con maestría. Además, trabajar con actores que admiro profundamente, como Noé Hernández y Héctor Kotsifakis —dos de los talentos más grandes del país—, ayudó a que la película tuviera repercusión no solo en la región, sino en el mundo entero.
Hay un instante fascinante: cuando le ofrecen 14 millones de pesos y Arturo fantasea por unos segundos con aceptar. Como espectador sientes ese peso. ¿Cómo se construye actoralmente ese micro momento de duda?
A. H.: No siento que estuviera fantaseando solo con acceder a ese dinero, sino con la posibilidad de perder la vida. Era saber que su familia y sus seres queridos estaban en riesgo. Como plantea la película: si los llevaban, habría consecuencias; si los dejaban ir, también. Lo platiqué con Chava: “¿No será que estos tipos están muertos de miedo y actúan en piloto automático, caminando sin saber realmente lo que hacen?”. Tras recorrer el arco del personaje, llegué a una conclusión que compartí con Noé y Chava: creo que, en la vida real, estos hombres tomaron decisiones muy específicas primero para mantenerse a salvo a sí mismos y a quienes los acompañaban, para guarecerse y finalmente entregarlos a las autoridades. Esa es mi interpretación del deber que cumplieron.
Gran parte de la tensión entre Arturo y su compañero ocurre dentro de la patrulla, donde no pueden hablar porque los escuchan. Todo sucede a través de miradas y gestos. ¿Cómo creaste esa dinámica silenciosa con Noé Hernández?
A. H.: Con trabajo en equipo, mucha conversación con Chava, trabajo de mesa y probando sin parar. A Chava le gustaba dejar la cámara corriendo para que experimentáramos. Noé y yo desarrollamos un código no verbal: “Lo que tú me lances, yo te lo respondo”. A veces hacíamos una toma apegada al guion y, en la siguiente, sin cortar y sin claqueta, cambiábamos el ritmo y probábamos algo distinto. Chava nos daba total libertad: “Denme lo que quieran, la sala de edición decidirá qué vive y qué muere”. Lo mismo ocurrió con Héctor Kotsifakis; su presencia en la patrulla detonaba la acción de la película y él también aportó muchísimas ideas.
¿Cuál es la diferencia entre actuar el miedo y sentirlo realmente? Esa tensión física domina gran parte de la película. ¿Cómo se mantiene durante todo el rodaje?
A. H.: Hay catalizadores que te ayudan a accionar. Por ejemplo, la duda sobre tu propio compañero: no sabes qué va a hacer, si piensa igual que tú o si te va a traicionar. En la historia, ellos dudan de sí mismos, de sus corporaciones y de otras instituciones como la Marina o el Ejército. Nuestro trabajo es ponernos en sus zapatos y hacer presentes esos factores de riesgo. Cuando gritaban “acción”, nos trasladábamos mentalmente a principios de 2016. Y al escuchar “corte”, yo volteaba a ver a Noé y le decía: “Estos tipos no la tuvieron nada fácil. Estuvo muy cabrón lo que atravesaron”.
Sorprende la versatilidad de Chava Cartas para saltar de la comedia (Mirreyes contra Godínez) a la acción pura (La captura). ¿Qué tiene como director que le permite dominar géneros tan distintos?
A. H.: Te cuento una anécdota. Ya habíamos terminado el rodaje y estábamos en un bar tomando una cerveza. De pronto, viendo la televisión, me dice: “Qué afortunados somos, Poncho. Qué afortunados somos de contar historias”. Me lo repitió muchas veces durante la filmación. Llega al set feliz: feliz de ver a los actores, de desglosar escenas, de acomodar la cámara. Eso te da kilometraje. Chava tiene un “callo” brutal; de hecho, él fue el director de fotografía en la primera película que hice en mi vida, Amar te duele. Su conciencia es luminosa: está agradecido de vivir su sueño y no quiere que se lo quiten. Por eso le apasiona igual hacer comedia que acción.

