Amor de oficina, la serie de Netflix que se ha colocado entre lo más visto de la plataforma, retoma una premisa clásica de la comedia romántica: dos personas que no deberían enamorarse. Ambientada en una empresa donde el romance puede convertirse en un riesgo profesional, la historia enfrenta a Graciela y Mateo no solo desde el deseo, sino desde el choque de clases, privilegios y formas de entender el éxito: el mérito frente a la herencia, la disciplina frente a la comodidad.
Esa tensión también atraviesa a quienes les dan vida. Ana González Bello y Diego Klein provienen de trayectorias y procesos muy distintos dentro de la actuación, algo que inevitablemente se refleja en su dinámica en pantalla. Sobre esto, el humor y la química que sostiene la serie, platicaron con Time Out México.
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Algo que me llamó mucho la atención es que sus personajes vienen de mundos distintos, de privilegios distintos, y todo gira alrededor de ese choque. Eso me hizo pensar que ustedes como actores vienen de formaciones, métodos y procesos diferentes. ¿Cómo es encontrarse con otro actor y decir: “ok, tú trabajas así, yo trabajo de esta otra manera”?
Ana González Bello: No es fácil. No es algo sencillo y es un ejercicio que tenemos que hacer constantemente en todos los proyectos. Cada quien tiene su manera de interpretar y de entender la actuación.
Diego Klein: Hay actores más clavados, como yo, que necesitan construir vínculo, profundizar. Y de pronto el otro es más de: “di el texto y ya”. Y las dos formas están bien.
El humor hoy en día se siente como una mina: hay cosas que no sabes si puedes pisar porque pueden ser sensibles o “cancelables”. En esta serie hay chistes muy directos, muy irreverentes. ¿Cómo viven ustedes el hacer humor en este contexto?
Diego Klein: A mí me encanta el humor. Entiendo que hay muchas luchas importantes que dar para hacer un mundo mejor, pero el humor tiene que seguir siendo una puerta abierta. A veces burlarte de algo también es una forma de criticarlo y señalarlo. Cuando todo se empieza a tachar por lo políticamente correcto, algo se pierde. Si eres genuino con lo que quieres contar y con lo que a ti te parece chistoso, eso se siente. Luego ya verás si te funan, pero la honestidad es clave.
Ana González Bello: También creo que sí tenemos una responsabilidad como artistas y como personas visibles: hay que ser cuidadosos. No todo vale. Pero algo que me gustó mucho de este proyecto es que la producción y los escritores siempre estuvieron abiertos al diálogo. Hubo momentos en los que dije: “esto se puede ir a un lugar que no necesitamos”. Con lo bien que escriben y con las ideas tan inteligentes que tienen, no hacía falta irse a lugares feos. El humor puede ser inteligente, divertido y aportar algo. Mientras aporte, tiene sentido.
En una comedia romántica la química lo es todo. Si no hay química, no funciona. Viéndolos ahora, se nota que hay química. ¿En qué momento supieron que esto iba a funcionar?
Ana González Bello: Nunca lo dijimos explícitamente. Creo que se sintió desde el casting.
Diego Klein: Para mí fue la combinación de un guion muy bien escrito, con diálogos inteligentes y divertidos, y una compañera que entendió perfectamente lo que estaba en la página y supo llevarlo a su personalidad. Eso se sintió desde el principio.
Antes de llegar a este punto de sus carreras, ¿cuál fue el trabajo de oficina más rutinario que tuvieron y que ahora les ayudó a entender esa dinámica?
Ana González Bello: Yo tuve dos. Fui maestra de primaria de inglés, era Miss Annie. Y luego fui asistente de un productor. Le hacía facturas, le compraba café… y nunca se aprendió mi nombre. Me decía Bárbara. Un día le dije: “Me llamo Ana”, y se sorprendió de verdad. Después nos hicimos muy amigos, pero ese fue mi trabajo más godín.
Diego Klein: Yo fui profesor de tenis. La verdad es que no he tenido un trabajo de oficina como tal. Pero Mateo tampoco, así que entramos parejos.
Algo que destaca mucho son los diálogos: todos dicen y contestan al mismo tiempo. Es una comedia coral con muchos personajes. ¿Cómo se logró ese ritmo?
Ana González Bello: Creo que tiene que ver con que hay muy buenos actores. Muchos venimos del teatro y tenemos esa noción del ritmo, de escuchar al otro, de que incluso el caos tiene que estar controlado para que se entienda. Además, hubo un gran casting. Cuando eliges bien a los actores, todo fluye.
Diego Klein: Nuestros compañeros estaban increíbles. Mientras leíamos el guion era: “wow, este personaje le queda perfecto”. Es horrible cuando llegas al set y piensas: “qué lástima, este personaje estaba bien bonito”. Aquí no pasó eso.
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