Siete semanas después de su estreno, la cinta En el camino sigue en cartelera, ya superó los 50 mil espectadores y acaba de convertirse en una de las grandes favoritas de la 68ª edición de los Premios Ariel con 13 nominaciones. Entre ellas destacan: Mejor Película, Mejor Dirección para David Pablos, Mejor Guion Original, Mejor Actor para Osvaldo Sánchez y Mejor Revelación para Víctor Prieto, además de múltiples reconocimientos en categorías técnicas como fotografía, vestuario, maquillaje y diseño de producción. Se trata de un recorrido poco común para una producción independiente que encontró en el boca a boca a su mejor aliado.
David construyó un thriller romántico ambientado en las carreteras del norte del país. Ahí conocemos a Veneno, un joven que sobrevive intercambiando favores sexuales con camioneros, quien encuentra en Muñeco, un transportista reservado, la posibilidad de un amor inesperado mientras ambos son perseguidos por un pasado violento. Es un relato profundamente queer, íntimo y universal que primero conquistó el Festival de Venecia —al ganar el Premio Orizzonti a Mejor Película y el Queer Lion— y después conectó de lleno con el público mexicano.
Ese mismo reconocimiento hoy devuelve al realizador al Lido, pero desde otra trinchera: será jurado de Orizzonti, la sección dedicada a descubrir las nuevas voces del cine mundial. Compartirá esta labor junto a la cineasta francesa Valérie Donzelli (presidenta del jurado), la directora Elizabeth Lo, Peter Becker y la actriz italiana Barbara Ronchi.
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De ganador de la sección a uno de los responsables de elegir a la próxima gran película de Orizzonti. Time Out México conversó con Pablos sobre el excelente 2026 que está viviendo.
Hemos hablado de En el camino desde Venecia, Morelia y ahora que la película ya recorrió festivales y salas. ¿Hubo alguna interpretación del público que te hiciera entender mejor tu propia película?
David Pablos: Más que una interpretación específica, lo que me sorprendió fue descubrir que la historia conecta con muchísima gente. No necesariamente porque hayan vivido exactamente lo mismo, sino porque reconocen esos encuentros, esas relaciones y esos vínculos que aparecen en la película. Me hizo entender que esa experiencia es mucho más común de lo que imaginaba. La verdad es que todavía sigo entendiendo la película; necesito que pase más tiempo para poder verla con distancia y descubrir cosas que hoy todavía no alcanzo a notar.
Este año regresas a Venecia, pero ya no como director en competencia, sino como jurado. ¿Qué da más miedo: exponer tu propia película o decidir el destino de la obra de alguien más?
David Pablos: Definitivamente da más miedo exhibir tu propia película. Cuando vas a un festival presentando un largometraje casi no tienes tiempo de ver cine porque estás haciendo prensa y muchas actividades alrededor del proyecto. Como jurado será una experiencia completamente distinta: voy únicamente a ver películas, con la esperanza de sorprenderme y descubrir nuevas miradas. Claro que existe una responsabilidad, pero también entiendo que el arte siempre tiene un componente de subjetividad. Cada integrante del jurado llega con una experiencia de vida, un bagaje y un gusto distintos, y eso enriquece la conversación. Lo que más me entusiasma es escuchar cómo los demás leen cada película y construir, entre todos, un diálogo antes de tomar una decisión.
En el camino consiguió 13 nominaciones al Ariel. ¿Hubo alguna que te sorprendiera especialmente?
David Pablos: Hubo una que absolutamente nadie veía venir: la nominación de Mariano López Sosa como coactor. Me dio muchísimo gusto por él. También me emocionó bastante ver reconocidos a departamentos como vestuario, maquillaje y diseño de producción, además de las actuaciones. Uno nunca sabe qué puede pasar cuando anuncian las nominaciones, así que cada categoría en la que aparecíamos era motivo de celebración para todo el equipo. El cine es un trabajo colectivo y, cuando ves que tantas áreas reciben ese reconocimiento, solo puedes sentir una enorme gratitud.
Si hoy tuvieras que resumir en una sola pregunta todo tu cine, ¿cuál dirías que has intentado responder desde tu primera película?
David Pablos: Creo que la pregunta que permanece en todas mis películas es si realmente podemos trascender el lugar y la familia en la que nacemos. Me interesa mucho pensar en las herencias que recibimos. No solo las biológicas o físicas, sino también las emocionales y, de alguna manera, las espirituales. La familia deja marcas muy profundas y constantemente me pregunto hasta qué punto determinan nuestra vida y si realmente es posible romper con ellas. Incluso El baile de los 41, que es la única película que no escribí, termina hablando de eso; ahí la familia aparece desde otro lugar: la familia que uno elige.
Muchos cineastas pasan años intentando ser vistos o reconocidos. ¿Qué cambia cuando finalmente te conviertes en alguien a quien todos están mirando?
David Pablos: La esencia no cambia. Uno no hace cine esperando la aprobación de los festivales. Evidentemente todos queremos estar ahí porque son plataformas importantes, pero cuando estás creando una película no puedes pensar en eso porque sería completamente paralizante. Lo que sí permanece es el rigor. Cada vez intento ser más preciso, más exigente conmigo mismo. Siempre reviso mi trabajo para entender qué funcionó, qué no, cómo puedo mejorar y cómo contar una historia de la manera más visceral posible para afectar profundamente al espectador. Hay cosas que ya no volvería a hacer, otras que quiero seguir explorando, pero esa búsqueda creativa nunca termina.

