La fama suele venderse como la meta definitiva para alcanzar reconocimiento, éxito y acaparar reflectores. Sin embargo, El precio de la fama parte de una premisa mucho más incómoda: ¿qué pasa cuando aquello que siempre anhelaste termina controlando tu vida? La nueva serie de ViX nos lleva detrás de cámaras de la industria del entretenimiento a través de Mía Moreno, una actriz de telenovelas que ha pasado toda su vida frente al público y que, tras perder un protagónico ante una estrella más joven, ve cómo su mundo empieza a derrumbarse. Lo que parece una historia sobre rivalidad, se convierte rápidamente en un thriller de manipulación, chantaje y poder; un sistema capaz de construir figuras públicas y destruirlas con la misma facilidad.
Es una serie sobre la fama, sí, pero sobre todo del costo de vivir dentro de una maquinaria donde la imagen vale más que las personas. Eréndira Ibarra ha forjado una carrera distinta a la convencional, apostando por personajes femeninos complejos en proyectos como Infames, Sense8, Ingobernable y Matrix Resurrections. Por su parte, Andrés Palacios ha sido testigo de varias generaciones en la televisión mexicana, transitando con naturalidad entre melodramas, series, cine y plataformas, consolidándose como uno de los actores más sólidos y versátiles.
En Time Out México conversamos con ambos sobre El precio de la fama, pero también sobre identidad y poder en la industria.
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Empezaste en Casi Divas, una película que justamente se burlaba de cómo la industria fabricaba actrices para telenovelas. Ahora, casi 20 años después, estás en un proyecto que vuelve a tocar ese tema, aunque desde un lugar mucho más oscuro. ¿Qué sientes al ver cómo la industria maneja a sus actrices hoy, después de todo este tiempo?
Eréndira Ibarra: Hasta hoy no había hecho el paralelismo entre Casi Divas y El precio de la fama, y me parece impresionante que, 20 años después, sigamos bastante igual. Seguimos navegando en una industria donde las carreras de las personas, particularmente de las mujeres, son manipuladas por el sistema, el rating, el algoritmo, los estándares de belleza y por muchas cosas que realmente están fuera de nuestro control. Lo que me gusta de esta serie es que lleva esa conversación todavía más lejos y expone la mercantilización de los cuerpos femeninos dentro de la televisión. También plantea una pregunta incómoda: cuando una mujer llega a su supuesta fecha de caducidad, ¿qué tan fácil es para el sistema deshacerse de ella? Me parece que todavía estamos en pañales en la construcción de carreras longevas para mujeres extraordinarias que siguen teniendo mucho que aportar, independientemente de su edad.
Has construido tu carrera a partir de personajes incómodos: mujeres que opinan, piensan y toman decisiones. ¿En qué momento decidiste que esos eran los papeles que querías representar?
Eréndira Ibarra: Vivimos en Latinoamérica, donde el 90% de los proyectos han estado protagonizados por mujeres; sin embargo, durante mucho tiempo, las que veíamos en pantalla carecían de autonomía. Eran personajes a quienes simplemente les pasaban cosas y que solo podían salir adelante si un hombre rico se enamoraba de ellas o las elegía. Ver la transformación de los contenidos y descubrir cada vez más personajes femeninos con agencia, que luchan, incomodan e incluso pueden caer mal, me parece maravilloso. Estamos viviendo la utopía con la que soñaron muchas mujeres antes de mi generación. Creo que tiene que ver con todas las que no hemos dejado de luchar por espacios más dignos y una representación compleja, además de una profunda empatía hacia quienes nos ven y se reflejan en estas historias.
¿Cómo llegó esta historia a tus manos?
Eréndira Ibarra: Este proyecto nace de una idea de Michelle Renaud y de mi hermana, Natasha Ibarra. Ellas lo desarrollaron y después el personaje me escogió a mí. Tuve la bendición de poder contarlo gracias a ellas. Si no he claudicado en mi congruencia, en mi forma de ver el mundo o en cómo utilizo mi voz, es porque los personajes me han dado el vehículo correcto para seguir hablando de las cosas que me importan. Por eso siento que estos papeles también me eligen a mí.
Andrés, has tenido la fortuna de forjar una carrera que comenzó en la época del melodrama clásico y atravesó la llegada de las plataformas y las redes sociales. Desde adentro, ¿qué sientes que cambió realmente y qué sigue siendo igual?
Andrés Palacios: Cuando estudiaba actuación existía una discriminación muy marcada: si hacías televisión, no podías hacer cine, y viceversa. Había una lógica de bandos. Lo curioso es que muchos de los maestros que nos decían eso aparecían por la noche en las telenovelas; había una contradicción evidente. A mí siempre me interesó romper con esa idea y entender que, al final, nos formamos como actores. Llegamos a una audición y alguien decidirá si somos adecuados para un personaje, estilo o narrativa. Por eso traté de moverme entre todos los espacios posibles. Hoy existen herramientas tecnológicas nuevas, procesos de escritura más elaborados y recursos que antes no estaban tan presentes, pero el núcleo de la creación en televisión continúa funcionando bajo dinámicas muy similares. Lo que sí me llama la atención es que ahora hay personas encargadas exclusivamente de generar contenido para redes sociales. De pronto ves a alguien grabando con un celular durante el rodaje y te preguntas: "¿Y ellos quiénes son? ¿Qué hacen aquí?". Esa es probablemente una de las transformaciones más visibles.
Mientras veía la serie no podía sacar de mi cabeza la palabra "reemplazable". Trabajan en una industria que constantemente les recuerda que siempre llegará alguien más joven. ¿Cómo protegen su identidad frente a esa presión?
Eréndira Ibarra: Creo que la clave está en romper con la narrativa de la competencia, porque en realidad no existe. Yo soy única e irrepetible. Puede ocurrir que alguien decida cambiarme de un proyecto o prefiera trabajar con otra actriz. Me pueden reemplazar en un personaje, pero no en el valor que tengo como persona. También llevo años trabajando para desmitificar la idea de que mis amigas son mi competencia. Ha sido un proceso personal y terapéutico entender que cuando a otra mujer le va bien, no significa que a mí me vaya mal. Mi trabajo consiste en mantener la puerta abierta para que quienes vienen detrás puedan entrar más fácilmente de lo que me tocó a mí. Ahí es donde rompo con la competencia y la idea del reemplazo.

