Flamingos: la vida después del meteorito es un documental que no intenta explicarte a los flamencos, sino acercarte tanto a ellos que terminas entendiendo cómo funciona la vida cuando nadie la controla. El cineasta Lorenzo Hagerman se internó durante 700 días en el norte de la Península de Yucatán para observar el ciclo completo de estas aves: su migración, apareamiento, nacimiento y supervivencia. Lo que encontró no es solo naturaleza, sino una historia de resistencia colectiva. A esto se suma la voz de Julieta Venegas —quien no narra, sino que acompaña— y la música envolvente de Bryce Dessner.
Hagerman no viene del cine de naturaleza; su mirada se ha centrado en lo humano dentro de contextos complejos (como en H2Omx, Aquí sigo o Fifaliana), y como fotógrafo ha participado en proyectos tan crudos como Heli. En esta nueva entrega no cambia su forma de hacer cine, pero sí el universo que observa. No estamos ante un simple documental de animales, sino frente a una película que reflexiona sobre el tiempo, la paciencia y lo poco que realmente controlamos.
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Time Out México conversó con Hagerman sobre el arte de soltar el control, aprender a esperar y cómo, al final, las historias no las eliges tú; ellas te encuentran.
En tus trabajos anteriores has filmado conflictos, ciudades y lo humano. Aquí, en cambio, te enfrentas a algo que ya existe sin tu intervención. ¿Cómo es entrar a un universo donde no puedes hacer la película como normalmente la haces?
No es tan distinto como parece. Aunque no soy documentalista de naturaleza y era la primera vez que me enfrentaba a algo así, las herramientas, el lenguaje y mi forma de trabajar fueron los mismos. Al inicio sí había nervio, incluso en cómo dirigir a otros camarógrafos. Teníamos que escondernos en refugios camuflados antes del amanecer y quedarnos ahí hasta 14 horas, sin vernos hasta la noche. El título parte de una idea: el meteorito es algo que no vimos, pero que lo cambió todo. Y mis películas funcionan un poco así. Cada una me cambia el rumbo, me lleva a universos que quizá sabía que existían, pero que, al habitarlos, transforman mi mirada y mi carrera.
Me decías que fueron jornadas de 14 horas durante cerca de 700 días de rodaje. ¿Qué cambió en tu forma de mirar, tanto como cineasta como persona?
Es una fortuna poder hacer lo que a uno le gusta, así que esas horas se pasaban volando. Fue casi como un retiro de meditación; observar a través de un "microscopio", un lente que te acerca muchísimo a la vida. Fue también una lección de mi propia profesión, como si hubiera tenido que aprender a hacer cine otra vez.
Hablemos del trabajo de Julieta Venegas, quien no narra de forma tradicional, sino que ofrece un acompañamiento emocional. ¿Qué estabas buscando en su voz?
Buscaba una narradora humana, con sensibilidad. Julieta tiene una calidez muy especial. Más que un experto que lo sabe todo, quería a alguien que tradujera la experiencia de descubrir algo desconocido, justo como me pasó a mí con los flamencos. También quería que fuera una mujer, ya que pocas veces escuchamos voces femeninas en documentales de naturaleza. Además, trabajamos con Ajo, la micropoetisa, quien tiene una capacidad muy particular para sintetizar la vida cotidiana con humor y profundidad. Junto con la música de Bryce, se forma una especie de orquesta que acompaña toda la película.
Mencionas que entraste a este universo creyendo que lo entendías, pero no tenías idea. ¿En qué momento decidiste que querías contar esta historia?
Todo fue accidental. Me llamaron para filmar algunas imágenes para el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell. Desde el primer día que me senté a observar, me atraparon. Con muy poca información ya tenía el contexto suficiente para que la observación tuviera sentido. Regresé a Cornell y les dije: "Aquí hay una película". Había que hacer el esfuerzo de contar una historia junto a los flamencos.
¿Y de quién te rodeaste para lograrlo?
De un equipo de primer nivel. Contamos especialmente con expertos en filmación de aves de la Universidad de Cornell. Seguíamos protocolos muy rigurosos para no interferir en su comportamiento natural. Eso implicaba un esfuerzo enorme: caminar hasta 500 metros durante hora y media, en la oscuridad y empujando el equipo, solo para no molestar a la colonia. Fue un equipo internacional muy sólido: mexicanos, especialistas en naturaleza, diseñadores de sonido… Cada área estaba en manos de gente muy preparada, y eso se nota en la película.
Hay una constante en tu trabajo: la resistencia, la vida que insiste en seguir. ¿Es algo que buscas o que te encuentra?
Yo no escojo los temas, los temas me escogen a mí. Seguramente hay una obsesión personal de fondo, pero me cuesta ver mi filmografía como un todo. He pasado de políticos a migrantes, del agua a otros temas… Me gusta moverme. Creo que lo que más he hecho en mi carrera es esperar. El documental trata de eso: saber esperar. Siempre llega un punto en el que tienes que dejar que las cosas sucedan sin intervenir.
Para cerrar, en la película está muy presente la idea de que la vida sigue con o sin nosotros. ¿Te parece un pensamiento liberador?
Es inevitable. La película es una celebración de la vida. Durante este proceso perdí a personas muy cercanas, y me di cuenta de que no queda otra cosa más que celebrarla. Aceptar la ausencia también es parte de ello. La película te acerca como nunca al mundo de los flamencos, pero, al mismo tiempo, te hace reflexionar profundamente sobre tu propia vida.

