Frankenstein, la icónica novela de Mary Shelley publicada en 1818, encuentra una nueva vida en la adaptación dirigida por Guillermo del Toro, quien transforma el mito en un relato profundamente humano sobre la creación, el abandono y la paternidad. Lejos del terror clásico, la película —disponible en Netflix— apuesta por una carga emocional intensa que la ha convertido en uno de los títulos más comentados del año y en una fuerte contendiente en la temporada de premios, con múltiples nominaciones al Golden Globe.
Oscar Isaac (Scenes from a Marriage) da vida a un Victor Frankenstein obsesivo y fracturado, mientras que Jacob Elordi (Saltburn) encarna a la criatura desde la inocencia, el asombro y la empatía. En entrevista con Time Out México, ambos actores reflexionan sobre el rechazo, la identidad y la necesidad de seguir existiendo cuando el mundo parece negar cualquier respuesta.
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Tu interpretación muestra a una criatura que vive la rabia y la ternura casi al mismo tiempo. ¿Cómo entendiste ese estado emocional?
Jacob Elordi: Creo que esas emociones están mucho más cerca entre sí de lo que pensamos. La ternura profunda convive con la rabia y la tristeza. En la criatura todo sucede a la vez: el aire, la luz, el contacto humano, los sonidos. Es éxtasis y dolor simultáneos. No tiene referencias previas para reaccionar, así que todo es intenso, nuevo y abrumador al mismo tiempo.
Esta versión de Frankenstein se siente menos como terror y más como una herida emocional abierta. ¿Por qué era importante ese enfoque?
Oscar Isaac: Porque nace desde un lugar autobiográfico, como la novela de Mary Shelley. Guillermo decidió hacer la película desde su propia vida, especialmente desde su relación con su padre. No partimos de “hagamos una película de horror”, sino de preguntas muy íntimas: el trauma, la fe, la paternidad, el peso que los padres siguen teniendo incluso cuando ya no están. Esa fue siempre la raíz emocional.
¿Qué herramientas usaste para transitar físicamente entre estados tan extremos sin perder coherencia?
Jacob Elordi: Trabajé con butoh, una danza japonesa conocida como “la danza de reanimar un cadáver”. No se aprende de forma racional, es muy subconsciente. Te enseña a pasar de una emoción a otra como si fueran elementos: del fuego al agua, por ejemplo. No como opuestos, sino como parte del mismo flujo. Eso me ayudó a unir físicamente emociones que parecen contradictorias.
Victor suele verse como símbolo de la ambición desmedida. ¿Cómo lo abordaste tú?
Oscar Isaac: Guillermo me pidió que no lo pensara solo como científico, sino como artista. Un artista puede volverse completamente miope, convertir su idea en una religión. Está dispuesto a sacrificarlo todo —familia, cuerpo, humanidad— con tal de alcanzar una verdad. Ahí aparece el conflicto: dejamos de preguntarnos “¿debería hacerlo?” y solo pensamos “¿puedo hacerlo?”.
¿Qué te gustaría que la criatura represente para una audiencia joven?
Jacob Elordi: Espero que despierte empatía. Que todos puedan verse reflejados en él, ya sea como alguien que quiere proteger a ese ser inocente o como ese ser inocente en sí mismo. Todos nacemos así, antes de la conciencia. Si miran la película con atención, creo que pueden encontrar una parte de ellos ahí.
La criatura observa el mundo sin juzgarlo; Victor parece todo lo contrario. ¿Cómo construiste ese contraste?
Oscar Isaac: Victor es pura construcción. En cada escena se inventa una identidad distinta. La criatura solo ve, no juzga. Me interesó explorar cómo el deseo de sentir algo termina intensificándose a través del sufrimiento. Victor huye constantemente: de sí mismo, de la muerte, de sus responsabilidades. Esa huida permanente es lo que lo empuja hacia la crueldad para sentirse vivo.
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