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Joaquín del Paso y su Maquinaria Panamericana

Con dos nominaciones al Ariel, charlamos con el cineasta sobre su ópera prima Maquinaria Panamericana

Foto: Cortesía de la producción

Todo empezó en una oficina frente al aeropuerto de la Ciudad de México. El director Joaquín del Paso tenía poco de haber regresado al país después de vivir ocho años en Polonia. Aunque el plan original era buscar locaciones para un guión distinto, el lugar inspiró una nueva idea para su primer largometraje. “Era una oficina que aún estaba funcionando pero era bastante arcaica y me recordaba mucho a la empresa que fue el negocio familiar y se llamaba Maquinaria Panamericana”, asegura el nominado al Ariel a Mejor ópera prima y Mejor guión original por esta cinta.

La compañía real quedó en bancarrota durante la crisis de 1995 y el realizador la usó como punto de referencia para construir su ficción: un viernes por la mañana, los empleados de una empresa veterana de equipos de construcción siguen su rutina, con todos sus pequeños rituales y costumbres, preparándose para el fin de semana. Pero todo cambia cuando descubren el cuerpo de don Alejandro, el presidente del negocio. Con su muerte, los trabajadores se enteran de que la empresa en realidad está en quiebra y que sus salarios han salido del bolsillo del difunto durante los últimos dos años. En medio del caos, sin el consuelo de las liquidaciones o los fondos de retiro, ni la esperanza de nuevas oportunidades en el mundo exterior, deciden encerrarse en el edificio. 

Mientras la compañía parece estar estancada en los años ochenta, la cinta logra capturar el estilo visual de décadas pasadas. Esto se debe principalmente a que fue grabada en formato de 35 milímetros, con fotografía de Fredrik Olsson y sonido de Santiago Arroyo y Santiago de la Paz; además de un diseño de producción diestramente ejecutado que parecen congelar el tiempo.

No hay un personaje principal, las actuaciones funcionan como una narración colectiva del caos en el que se sume la empresa. Sin embargo, la virtud principal de la película es la reflexión que propone: “Al escribir el libreto, mi coguionista Lucy Pawlak y yo nos dimos cuenta de que iba a leerse como una metáfora sobre México, de un país que vive en la incertidumbre total, de cierta manera atontado o emborrachado, que no quiere despertar y prefiere vivir en esa burbuja de aparente felicidad”, finaliza el realizador. 

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