Lo siento cariño es una película que aborda con sensibilidad el proceso de reconstruirse después de una experiencia que marca la vida. Agnes, su protagonista, avanza como puede: entre silencios, torpeza y humor inesperado, intentando volver a sentirse entera.
Esa mirada íntima nace de Eva Victor, artista que ha explorado por años la relación entre vulnerabilidad, identidad y comedia. Aunque muchxs la conocen por su trabajo humorístico y en redes, con Lo siento cariño revela una faceta distinta: una que narra el dolor sin explotarlo y usa la risa sin esconderlo. Este es su primer largometraje, que dirige, escribe y protagoniza. Tras su estreno en Sundance 2025, donde ganó el Waldo Salt Screenwriting Award, el filme llega a México con fuertes rumores rumbo a la temporada de premios.
Platicamos con Eva Victor sobre este proyecto que habla de sanar acompañadx.
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En la película eliges muy bien las palabras que vas a usar y evitas las que siempre aparecen en filmes sobre este tema. ¿Cómo llegaste a eso?
Mi decisión de usar cierto lenguaje alrededor del tema fue completamente consciente. Y creo que la razón por la que los personajes no usan esa palabra es porque están cuidándose entre ellos: se protegen y tratan de crear un lenguaje seguro alrededor de algo muy difícil. Para mí no se trata de evitar el término, sino de construir un mundo que se sienta más seguro para ellos. La única persona en la película que utiliza el lenguaje más duro es el doctor, que claramente no tiene el tacto adecuado y siente, de alguna forma, el derecho de usar esa palabra.
Además, en un sentido muy meta, también quería proteger a mi audiencia de cosas que se sienten innecesariamente duras. El concepto de la película era no mostrar ciertos elementos para que el público se sintiera a salvo. En lugar de sacudirlos, prefería que permanecieran presentes y conectados con la historia, porque la película intenta cuidarlos a través de momentos difíciles.
¿Qué significa la casa de Agnes para ti?
La toma inicial es absolutamente intencional: permanecemos con la casa durante bastante tiempo. Para mí, la casa es un reflejo de Agnes. Ella está sola en esa colina, dentro de esta pequeña caja, y Lydia es la única que puede llegar a cuidarla y llevar luz a ese lugar oscuro. Ese lenguaje visual de sostener la imagen de la casa vuelve más adelante; por eso, cuando llegamos a la casa del profesor, espero que ya se sienta como parte del vocabulario de la película: casas observadas en quietud.
Hablando del lenguaje visual, también cuidas mucho lo que pones y no pones. Evitas escenas incómodas. ¿Va por la misma línea?
Esa elección también responde a no querer exponer al público a ciertas cosas, pero además siento que quedarnos afuera de la casa es más fiel a la experiencia de Agnes. Su cuerpo entra, pero no sé si su espíritu lo hace. La imagen de la casa podría funcionar en su mente como el recuerdo de ese trauma.
El regreso a casa está construido de manera muy deliberada para proteger a Agnes. No quería que nosotros supiéramos lo que había pasado antes de que ella misma lo supiera. Por eso mantenemos su rostro oculto: un plano abierto, luego la seguimos hasta el auto, y dentro del coche su cara queda en sombras, salvo un destello de luz en el ojo que basta para intuir que algo ocurrió.
Pero no es hasta que está en la seguridad de la bañera con Lydia que puede decir lo que vivió. Y cuando lo dice, tanto la audiencia como la película tienen que creerle plenamente. En la vida real tampoco vemos lo que ocurre a puerta cerrada: escuchamos las historias de las personas y debemos tomarlas como reales. Quería que la película replicara esa experiencia.
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