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Nuestros favoritos de los Oscar 2014

Las películas que más nos gustan de la 86 edición de los premios de la Academia

Corteía Time Out Londres

Por lo general, las secciones que más captan la atención de la gente son las destinadas al Mejor Director, Mejor Película o Mejor Actor y Actriz. Como siempre, en esta entrega de los Oscar las expectativas son muy altas, por eso, acá te presentamos nuestras favoritas.

Si tuviéramos que depositar nuestra confianza en lo que dicen las quinielas, el premio a Mejor Película sería para 12 años esclavo. Y es que existen varios factores, uno de ellos es que la cinta trata un tema (la esclavitud) que le es muy familiar al pueblo estadounidense y, en este sentido, el director Steve McQueen tiene una gran ventaja: el distanciamiento que le proporciona ser inglés.

Al seguir elucubrando, se puede decir que Nebraska es muy pequeña para Hollywood, demasiado íntima para una sensibilidad basada en otro tipo de presupuestos. A Scorsese ya le dieron su Oscar, aunque tuvieron que pasar muchos años para eso. Gravedad, a pesar de todo, es una película de efectos especiales y recreaciones digitales. A Ella y a Philomena les falta sensacionalismo para pensar en que puedan ser ganadoras, y tanto Escándalo americano como Capitán Phillips se sienten fuera de la ecuación. La única que parece hacerle sombra a la película de McQueen es Dallas Buyers Club.

En la categoría de Mejor Director, por supuesto, le apostamos al trabajo de Alfonso Cuarón, que está muy ad hoc con las exigencias de la Academia, aunque, claro, la duda surge al ver los nombres de David O. Russell y Steve McQueen.

Mejor película

12 años esclavo

¿Qué pensaría de 12 años esclavo el Jacques Rivette crítico, que condenó como abyecto el movimiento de cámara hacia el cuerpo electrocutado de Emmanuelle Riva en el Kapò de Gillo Pontecorvo? Seguro que pondría mala cara con el catálogo de atrocidades que recoge esta crónica en primera persona del particular Holocausto norteamericano. Pero es precisamente este Yo, esta subjetividad en carne viva, la que justifica que el relato del vía crucis de Solomon Northrup, devoto y culto padre de familia secuestrado y vendido como esclavo, vomite toda su crudeza sobre el espectador. Es de agradecer que sea un cineasta negro quien lo haga: que Steve McQueen venga del campo del videoarte y que, además, sea británico, le permite mantener una distancia ética y estética con este material inflamable que no tendría, por ejemplo, un rabioso Spike Lee. La dignidad humanista de su héroe se contagia en la forma, elegante y explícita a la vez, de una película que cristaliza la obsesión de McQueen por el cuerpo, que tan buenos resultados le dio en Hunger y Shame, en un ejercicio de revisionismo histórico que nunca vulgarizó su discurso, ni lo vuelve carne de "exploitation" (como la extrema y delirante Mandingo), ni de cómico justiciero (como Django sin cadenas), ni tampoco de miniserie concienciada (estilo Roots). Quizá a veces el filme es tan riguroso, tan calvinista con sus propios métodos, que da la impresión de ser demasiado consciente de dar la última palabra sobre el tema de la esclavitud, p

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Nebraska

Podría ser una respuesta a aquella fantástica epopeya que vivió Richard Farnsworth montado sobre una máquina de segar en The Straight Story de David Lynch. Ablandada, eso sí, en la tibia condescendencia que para mi discrepante gusto siempre ha hecho que a Alexander Payne le flaquearan las rodillas.Trató con paternalismo a aquel George Clooney de The Descendants que corría por Hawai con sandalias, bañador y una descomunal cornamenta de marido engañado que soportaba con cristiana paciencia sobre la cabeza. Fue compasivo hasta el extremo con el Jack Nicholson de About Schmidt.Y ahora es el turno de este Bruce Dern senil y fantasmal, con la cabeza quemada por la edad y la cerveza, que quiere llegar a Nebraska y cobrar un premio millonario del que se cree ganador. Un Quijote con abrigo de plumas, un tierno lunático que habita en un mundo de ilusiones caballerescas, un reptil de barra de bar que vive sobornado por el exceso de avena. En una mano, el albarán que debe hacerle rico. En la otra, la dentadura postiza. Y al lado un Sancho, su hijo: un buenazo sin oficio ni beneficio que le sigue el juego hasta el final del trayecto, perpetuando el discurso agridulce sobre la estirpe familiar y derivados que Payne ha convertido en espada de lucha desde los tiempos de Citizen Ruth.Ahora, en una norteamérica rural que en otras épocas fue tierra de granjeros y camionetas de granja, y que ahora es un cultivo de animales de taberna con camisa de cuadros y gorra, mal nacidos y aprovechados que

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Dallas Buyers Club

Es difícil (gozosamente difícil) seguir la pista a la multitud de sombras que Matthew McConaughey explora últimamente. Conveniente –y calculadamente– están todas presentes en la emocionante Dallas Buyers Club, una veta sin fondo de la recién encontrada fluidez del actor.McConaughey es un oportunista texano llamado Ron Woodroof; aficionado a la bebida y a las drogas, participa en rodeos para escapar de las deudas. Nos encontramos en un desolado y caluroso 1985, y Woodroof está a punto de escuchar su sentencia de muerte después de unos análisis positivos de VIH. Cuando la cinta lleva 20 minutos, no puedes pensar en otro actor para el personaje principal, travieso y furioso. La historia es real: Woodroof impresionó a los doctores, no sólo por que logró vivir muchos años más, también por convertirse en un rayo de esperanza para muchos otros enfermos. El filme nos muestra un héroe complicado, cuyo código personal asume una intrigante coherencia. Traducción: Alexis Castro

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Philomena

Dirigida por el británico Stephen Frears (The Queen) y coescrita por el comediante Steve Coogan, quien actúa junto con su siempre amada Judi Dench. Coogan es Martin Sixsmith, un experiodista de la BBC que intenta adaptarse a la vida cotidiana, después de un infeliz periodo en las sombras de la política. Dench es Philomena, y es totalmente lo opuesto. Es una mujer londinense de clase media, quien creció en Irlanda y cuya última voluntad –encontrar al hijo que le quitaron en un convento cuando era joven– los lleva a viajar juntos por Irlanda y Estados Unidos.Martin decide escribir la historia para un periódico sensacionalista, con la intención de que despierte el interés de muchos lectores. Philomena, a quien Dench le dio un toque de vulnerabilidad, fortaleza y humor, no está segura de sus razones para despertar a esos fantasmas del pasado.Los espectadores podemos ver escenas de su juventud en flashbacks desgarradores, en los cuales somos transportados a lugares llenos de dolor. A pesar de esto, Frears evita que su película se convierta en un simple drama dándole un ligero toque de comedia, en gran medida basado en las notorias diferencias entre los protagonistas.La película se vuelve aún más interesante ante los descubrimientos y decepciones de la investigación, tanto individuales como compartidas.Nos encontraremos ante una historia absolutamente conmovedora, que nos invita a darnos cuenta, con un poco de enojo, de las injusticias que viven los más indefensos, ya sea por la ig

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El lobo de Wall Street

Martin Scorsese está más vigente y palpitante que nunca. Hace un par de años, con Hugo, entregó un homenaje al arte de la cinamtografía y la mejor película en 3D hasta el momento. Ahora, en El lobo de Wall Street combina la rabia de Goodfellas y Mean Streets, con un antihéroe encarnado por Leonardo DiCaprio que no le pide nada a Gordon Gekko ni a Bill “the Butcher”. Este personaje es Jordan Belfort, un corredor bolsa que a finales de los ochenta se convirtió en unos de los hombres más ricos de Estados Unidos, y también en un (mal) ejemplo de excesos, drogas y sexo. La cinta explora su odisea millonaria, que incluye una red de corrupción y una cacería por parte del FBI. Quizás bajo la mano de otro director, esta biopic hubiera surcado por terrenos voyeuristas y libidinosos; sin embargo, Scorsese y DiCaprio se encargan de que, a pesar del bacanal visual de mujeres desnudas y cocaína, la película sea un sátira concisa y emblemática de la codicia moderna. Scorsese, quien se ha caracterizado por retratar la bestialidad de diferentes estratos sociales, encuentra la belleza en los lugares más turbios y retrata la decadencia de los personajes de manera interesante: la cámara está en frenesí, siempre en movimiento, a través de fiestas, licor y viajes transatlánticos, pero destaca la forma en que el director nos hace partícipes de este universo, gracias a la trascendencia que tienen la violencia y el dinero. Ambos elementos dejan de ser vistos como un pecado, evolucionan a un lujo no s

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Ella

Siri, tienes compañía. Conoce a Samantha, la novedad en sistemas operativos inteligentes y fáciles de usar. Theodore (Joaquin Phoenix) la instaló en su computadora y está satisfecho gracias a su sentido del humor y su voz sensual (cortesía de Scarlett Johansson). Por su parte, ella parece apreciar la sensibilidad y la inteligencia de Theodore. El amor entre ellos, naturalmente, florece. Es una historia de almas solitarias y de, literalmente, citas online donde inesperadamente Samantha domina la historia gracias, en gran medida, a la actuación matizada y natural de Phoenix. El acto central de la película puede parecer flojo bajo el peso de demasiados montajes cursis del romance. Todos aquellos que tienen una baja tolerancia a las utopías del futuro pueden preparar sus chistes sobre si Her es una cinta para hipsters. Pero los aciertos de la película –acerca de la inteligencia artificial y la emoción genuina, la humanidad y la intimidad, son más que sus fallas. Es triste, conmovedora e imperdible.

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Escándalo americano

En su ausencia de seis años después de la delirante I Heart Huckabees, David O. Russell aparentemente adquirió el gusto por el estudio de cine. The Fighter y Silver Linings Playbook presentaron experimentos interesantes que demostraban las habilidades y la sensibilidad creativa del director para sobrevivir a las caóticas fórmulas de Hollywood. Ahora, Escándalo americano es un torbellino con gran parte de su sensacional elenco, elaborado a partir de sus dos películas anteriores."Parte de esta historia es verídica", bromea una tarjeta de título de introducción, ya que la película se basa en un relato de ficción, sobre la operación Abscam del FBI de finales de la década de los setenta. La trama, en la que un trabajador de una tintorería clandestina, Irving Rosenfeld (Christian Bale), se convierte en un falsificador de arte que trabaja para el agente federal Richie DiMaso (Bradley Cooper) en un complot para derribar varios políticos de alto rango es, sin duda, bastante nudosa. Es también una historia de amor, que afecta singularmente a su frialdad, entre dos embaucadores: Rosenfeld se alterna entre la resbaladiza Sydney (una feroz Amy Adams) y su esposa Rosalyn (Jennifer Lawrence). Herida pero poderosamente desquiciada, cantando a todo pulmón "Vive y deja morir" en su jaula dorada suburbana, Lawrence ofrece una actuación totalmente extraordinaria en Escándalo americano, mejorando la el papel que le valió un Oscar en la última película de Russell. Que esta colaboración continúe po

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Capitán Phillips

Paul Greengrass se ha convertido en uno de los pocos directores –junto con, por ejemplo, Kathryn Bigelow– capaces de partir de la realidad, de hechos casi inmediatos, de nuestro tiempo, para extraer todo su poder significativo y dotarlos de una dimensión social y humana de enorme relevancia. Toda su filmografía ha ido de alguna manera enfocada a hurgar en la trastienda de situaciones y conflictos delicados desde el punto de vista geopolítico para ofrecer una perspectiva incisiva y llegar a descubrir qué se esconde detrás. En su último trabajo, Capitán Phillips, el director se centra en el secuestro de un capitán de barco estadounidense en las manos de unos piratas somalíes. Dos perspectivas contrapuestas, dos bandos, como si en realidad se tratara de una minúscula contienda bélica en alta mar en la que cada uno lucha por su propia supervivencia. El director nos va introduciendo poco a poco en el relato de una manera muy precisa, casi siempre pegando la cámara al gesto de su personaje principal, captando primero su poder resolutivo durante la travesía, mostrando su inquietud durante el asalto y aumentando las dosis de tensión de manera gradual hasta introducirlo en una verdadera pesadilla en la que late el miedo, la indefensión, y en la que la violencia está presente hasta un límite asfixiante. Greengrass vuelve a demostrar que es un virtuoso a la hora de filmar acción, utilizando el montaje para plasmar las sensaciones de locura de una situación que se va adentrando en los lí

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Gravedad

A diferencia del hype derrochado durante todo el año por su colega y amigo Guillermo del Toro, el regreso de Alfonso Cuarón se ha caracterizado por ese halo de misterio, generando expectativa desbordada. Y ha hecho bien en guardar mesura, porque llegado el momento de colocarse los lentes de 3D, uno entiende que la expectación que que ha creado es fascinante pero demasiado frágil. Se aplaude la destreza con la que asume un reto que podría convertirse en una verdadera pesadilla para alguien menos experimentado: ¿cómo mantener una película casi los noventa minutos de su duración, con sólo un escenario, un intérprete, y una anécdota aparentemente sencilla? Del mismo modo que ejemplos contemporáneos como la japonesa Symbol o las más populares Buried y 127 Hours, Cuarón inserta a un personaje en una situación extrema de sobrevivencia. El planteamiento es que hay pocos elementos para que pueda salir adelante, lo que provoca angustia y ansiedad. Cuarón juega perfectamente, y como nunca antes, con nuestros estados de ánimo. Hablemos sobre la parafernalia digital: no, no revolucionará la industria como aseguró hace un par de meses James Cameron, pero jamás se le podrá reprochar de ser efectista, es el complemento ideal para potencializar este drama. Sin embargo, queda esa molesta impresión que el desarrollo de la historia de una ingeniera y un astronauta (Sandra Bullock, aquí en su primera película digna de mencionarse en años, y George Clooney), quienes quedan varados en el espacio tr

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Mejor director

Gravedad (Alfonso Cuarón)

A diferencia del hype derrochado durante todo el año por su colega y amigo Guillermo del Toro, el regreso de Alfonso Cuarón se ha caracterizado por ese halo de misterio, generando expectativa desbordada. Y ha hecho bien en guardar mesura, porque llegado el momento de colocarse los lentes de 3D, uno entiende que la expectación que que ha creado es fascinante pero demasiado frágil. Se aplaude la destreza con la que asume un reto que podría convertirse en una verdadera pesadilla para alguien menos experimentado: ¿cómo mantener una película casi los noventa minutos de su duración, con sólo un escenario, un intérprete, y una anécdota aparentemente sencilla? Del mismo modo que ejemplos contemporáneos como la japonesa Symbol o las más populares Buried y 127 Hours, Cuarón inserta a un personaje en una situación extrema de sobrevivencia. El planteamiento es que hay pocos elementos para que pueda salir adelante, lo que provoca angustia y ansiedad. Cuarón juega perfectamente, y como nunca antes, con nuestros estados de ánimo. Hablemos sobre la parafernalia digital: no, no revolucionará la industria como aseguró hace un par de meses James Cameron, pero jamás se le podrá reprochar de ser efectista, es el complemento ideal para potencializar este drama. Sin embargo, queda esa molesta impresión que el desarrollo de la historia de una ingeniera y un astronauta (Sandra Bullock, aquí en su primera película digna de mencionarse en años, y George Clooney), quienes quedan varados en el espacio tr

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Escándalo americano (David O. Russell)

En su ausencia de seis años después de la delirante I Heart Huckabees, David O. Russell aparentemente adquirió el gusto por el estudio de cine. The Fighter y Silver Linings Playbook presentaron experimentos interesantes que demostraban las habilidades y la sensibilidad creativa del director para sobrevivir a las caóticas fórmulas de Hollywood. Ahora, Escándalo americano es un torbellino con gran parte de su sensacional elenco, elaborado a partir de sus dos películas anteriores."Parte de esta historia es verídica", bromea una tarjeta de título de introducción, ya que la película se basa en un relato de ficción, sobre la operación Abscam del FBI de finales de la década de los setenta. La trama, en la que un trabajador de una tintorería clandestina, Irving Rosenfeld (Christian Bale), se convierte en un falsificador de arte que trabaja para el agente federal Richie DiMaso (Bradley Cooper) en un complot para derribar varios políticos de alto rango es, sin duda, bastante nudosa. Es también una historia de amor, que afecta singularmente a su frialdad, entre dos embaucadores: Rosenfeld se alterna entre la resbaladiza Sydney (una feroz Amy Adams) y su esposa Rosalyn (Jennifer Lawrence). Herida pero poderosamente desquiciada, cantando a todo pulmón "Vive y deja morir" en su jaula dorada suburbana, Lawrence ofrece una actuación totalmente extraordinaria en Escándalo americano, mejorando la el papel que le valió un Oscar en la última película de Russell. Que esta colaboración continúe po

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Nebraska (Alexander Payne)

Podría ser una respuesta a aquella fantástica epopeya que vivió Richard Farnsworth montado sobre una máquina de segar en The Straight Story de David Lynch. Ablandada, eso sí, en la tibia condescendencia que para mi discrepante gusto siempre ha hecho que a Alexander Payne le flaquearan las rodillas.Trató con paternalismo a aquel George Clooney de The Descendants que corría por Hawai con sandalias, bañador y una descomunal cornamenta de marido engañado que soportaba con cristiana paciencia sobre la cabeza. Fue compasivo hasta el extremo con el Jack Nicholson de About Schmidt.Y ahora es el turno de este Bruce Dern senil y fantasmal, con la cabeza quemada por la edad y la cerveza, que quiere llegar a Nebraska y cobrar un premio millonario del que se cree ganador. Un Quijote con abrigo de plumas, un tierno lunático que habita en un mundo de ilusiones caballerescas, un reptil de barra de bar que vive sobornado por el exceso de avena. En una mano, el albarán que debe hacerle rico. En la otra, la dentadura postiza. Y al lado un Sancho, su hijo: un buenazo sin oficio ni beneficio que le sigue el juego hasta el final del trayecto, perpetuando el discurso agridulce sobre la estirpe familiar y derivados que Payne ha convertido en espada de lucha desde los tiempos de Citizen Ruth.Ahora, en una norteamérica rural que en otras épocas fue tierra de granjeros y camionetas de granja, y que ahora es un cultivo de animales de taberna con camisa de cuadros y gorra, mal nacidos y aprovechados que

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12 años esclavo (Steve McQueen)

¿Qué pensaría de 12 años esclavo el Jacques Rivette crítico, que condenó como abyecto el movimiento de cámara hacia el cuerpo electrocutado de Emmanuelle Riva en el Kapò de Gillo Pontecorvo? Seguro que pondría mala cara con el catálogo de atrocidades que recoge esta crónica en primera persona del particular Holocausto norteamericano. Pero es precisamente este Yo, esta subjetividad en carne viva, la que justifica que el relato del vía crucis de Solomon Northrup, devoto y culto padre de familia secuestrado y vendido como esclavo, vomite toda su crudeza sobre el espectador. Es de agradecer que sea un cineasta negro quien lo haga: que Steve McQueen venga del campo del videoarte y que, además, sea británico, le permite mantener una distancia ética y estética con este material inflamable que no tendría, por ejemplo, un rabioso Spike Lee. La dignidad humanista de su héroe se contagia en la forma, elegante y explícita a la vez, de una película que cristaliza la obsesión de McQueen por el cuerpo, que tan buenos resultados le dio en Hunger y Shame, en un ejercicio de revisionismo histórico que nunca vulgarizó su discurso, ni lo vuelve carne de "exploitation" (como la extrema y delirante Mandingo), ni de cómico justiciero (como Django sin cadenas), ni tampoco de miniserie concienciada (estilo Roots). Quizá a veces el filme es tan riguroso, tan calvinista con sus propios métodos, que da la impresión de ser demasiado consciente de dar la última palabra sobre el tema de la esclavitud, p

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El lobo de Wall Street (Martin Scorsese)

Martin Scorsese está más vigente y palpitante que nunca. Hace un par de años, con Hugo, entregó un homenaje al arte de la cinamtografía y la mejor película en 3D hasta el momento. Ahora, en El lobo de Wall Street combina la rabia de Goodfellas y Mean Streets, con un antihéroe encarnado por Leonardo DiCaprio que no le pide nada a Gordon Gekko ni a Bill “the Butcher”. Este personaje es Jordan Belfort, un corredor bolsa que a finales de los ochenta se convirtió en unos de los hombres más ricos de Estados Unidos, y también en un (mal) ejemplo de excesos, drogas y sexo. La cinta explora su odisea millonaria, que incluye una red de corrupción y una cacería por parte del FBI. Quizás bajo la mano de otro director, esta biopic hubiera surcado por terrenos voyeuristas y libidinosos; sin embargo, Scorsese y DiCaprio se encargan de que, a pesar del bacanal visual de mujeres desnudas y cocaína, la película sea un sátira concisa y emblemática de la codicia moderna. Scorsese, quien se ha caracterizado por retratar la bestialidad de diferentes estratos sociales, encuentra la belleza en los lugares más turbios y retrata la decadencia de los personajes de manera interesante: la cámara está en frenesí, siempre en movimiento, a través de fiestas, licor y viajes transatlánticos, pero destaca la forma en que el director nos hace partícipes de este universo, gracias a la trascendencia que tienen la violencia y el dinero. Ambos elementos dejan de ser vistos como un pecado, evolucionan a un lujo no s

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Mejor fotografía

Intriga (Roger Deakins)

En medio de un bosque, Keller Dover reza un Padre Nuestro mientras su hijo apunta un arma de fuego. Se escucha un disparo y un ciervo cae al suelo semicongelado. Horas después, alguien realizará este mismo ritual de caza acechando entre los suburbios de Pennsylvania; sin embargo, la victima no será un animal, sino la hija de Keller. En su debut hollywoodense, el director canadiense Denis Villeneuve (Departures) retoma un tópico doloroso como el secuestro infantil para poner sobre la mesa la delgada línea que divide la venganza de la justicia, la libertad del libre albedrio y las últimas consecuencias que como, padres, se pueden tomar para salvaguardar la tranquilidad de nuestra familia. Villeneuve toma como piedra angular a Hugh Jackman –quizás en la actuación de su carrera– para narrar la historia de dos familias que después de una apacible e idílica cena de Thanksgiving se dan cuenta que sus respectivas hijas han desaparecido. La única pista: una camioneta estacionada a unos metros fuera de su casa y en la que estuvieron jugando momentos previos a su desaparición. Cuando le dan aviso a las autoridades, el oficial Loki –Jake Gyllenhaal, demostrando que actualmente nadie puede interpretar a un policía como él como en End of Watcht y en cierta manera en Source Code– intercepta al auto y arresta al conductor. Desafortunadamente, el sospechoso es un joven con deficiencias intelectuales. Este problema, aunado que no había evidencia física en su automóvil, provoca su liberación. K

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El gran maestro (Philippe Le Sourd)

Recomendado

Las múltiples versiones de El gran maestro (una para Asia, una para Europa y una para Estados Unidos, a instancias de los productores) la han convertido en un extraño artefacto. Las diferencias entre las tres versiones van más allá de la duración, como si el director hubiera planteado así un juego de variaciones. Eso sí, la insistencia de los productores estadounidenses por conseguir una versión más explicativa y clara de El gran maestro revela un cierto desconocimiento de la obra de su autor, siempre proclive a trabajar sobre las posibilidades plásticas del cine más que sobre la claridad expositiva.Las películas de Wong Kar-Wai son a menudo opacas en su relato, que se desprende de las sensaciones y de la plasticidad, de lo que emanan sus imágenes. El gran maestro va más allá del simple relato de los hechos: trabaja sobre la nostalgia, sobre el peso del tiempo y de la historia, sobre las posibilidades artísticas de las artes marciales. Su protagonista, Ip Man, maestro de Bruce Lee, es un héroe trágico. Los personajes del filme han visto sus vidas destruidas por la guerra. De hecho, la película se centra a menudo en la evocación y en lo que podría haber sido (un estado de ánimo muy propio del cine del hongkonés).“El kung fu es precisión”, dice uno de los personajes de la película. El gusto por el detalle y por la precisión de la última película de Wong Kar-Wai recuerda por momentos el doloroso trabajo sobre la mirada y la gestualidad de In the Mood for Love. Una pelea bajo la

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Gravedad (Emmanuel Lubezki)

A diferencia del hype derrochado durante todo el año por su colega y amigo Guillermo del Toro, el regreso de Alfonso Cuarón se ha caracterizado por ese halo de misterio, generando expectativa desbordada. Y ha hecho bien en guardar mesura, porque llegado el momento de colocarse los lentes de 3D, uno entiende que la expectación que que ha creado es fascinante pero demasiado frágil. Se aplaude la destreza con la que asume un reto que podría convertirse en una verdadera pesadilla para alguien menos experimentado: ¿cómo mantener una película casi los noventa minutos de su duración, con sólo un escenario, un intérprete, y una anécdota aparentemente sencilla? Del mismo modo que ejemplos contemporáneos como la japonesa Symbol o las más populares Buried y 127 Hours, Cuarón inserta a un personaje en una situación extrema de sobrevivencia. El planteamiento es que hay pocos elementos para que pueda salir adelante, lo que provoca angustia y ansiedad. Cuarón juega perfectamente, y como nunca antes, con nuestros estados de ánimo. Hablemos sobre la parafernalia digital: no, no revolucionará la industria como aseguró hace un par de meses James Cameron, pero jamás se le podrá reprochar de ser efectista, es el complemento ideal para potencializar este drama. Sin embargo, queda esa molesta impresión que el desarrollo de la historia de una ingeniera y un astronauta (Sandra Bullock, aquí en su primera película digna de mencionarse en años, y George Clooney), quienes quedan varados en el espacio tr

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Balada de un hombre común (Bruno DelBonell)

El hígado de Prometeo siempre vuelve a crecer para que un águila lo devore, Sísifo vuelve a subir la roca que caerá cada vez que llegue a la cima y Llewyn Davis siempre pisará un charco helado de agua, siempre recibirá una paliza a un callejón sin salida. Conocemos el lado más implacable de los Coen –el que piensa que el hombre se merece tropezar mil veces con la misma piedra–, pero su característico cinismo se matiza en el retrato conmovedor de un artista del hambre, egoísta y pesimista, el genio que acaba llegando demasiado tarde o demasiado pronto a todas partes. Como el gato escurridizo que se convierte en el eslabón perdido que une anécdotas hilarantes (la grabación de la canción con Justin Timberlake) con episodios devastadores (el encuentro con el manager), Davis es un enigma. Es imposible que apartemos los ojos de la pantalla, seducidos por una memorable interpretación de Oscar Isaac, por un blanco y negro del color de los pulmones de un fumador pasivo, por una determinación existencial que nos clava en la butaca hasta el final.

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Nebraska (Phedon Papamichel)

Podría ser una respuesta a aquella fantástica epopeya que vivió Richard Farnsworth montado sobre una máquina de segar en The Straight Story de David Lynch. Ablandada, eso sí, en la tibia condescendencia que para mi discrepante gusto siempre ha hecho que a Alexander Payne le flaquearan las rodillas.Trató con paternalismo a aquel George Clooney de The Descendants que corría por Hawai con sandalias, bañador y una descomunal cornamenta de marido engañado que soportaba con cristiana paciencia sobre la cabeza. Fue compasivo hasta el extremo con el Jack Nicholson de About Schmidt.Y ahora es el turno de este Bruce Dern senil y fantasmal, con la cabeza quemada por la edad y la cerveza, que quiere llegar a Nebraska y cobrar un premio millonario del que se cree ganador. Un Quijote con abrigo de plumas, un tierno lunático que habita en un mundo de ilusiones caballerescas, un reptil de barra de bar que vive sobornado por el exceso de avena. En una mano, el albarán que debe hacerle rico. En la otra, la dentadura postiza. Y al lado un Sancho, su hijo: un buenazo sin oficio ni beneficio que le sigue el juego hasta el final del trayecto, perpetuando el discurso agridulce sobre la estirpe familiar y derivados que Payne ha convertido en espada de lucha desde los tiempos de Citizen Ruth.Ahora, en una norteamérica rural que en otras épocas fue tierra de granjeros y camionetas de granja, y que ahora es un cultivo de animales de taberna con camisa de cuadros y gorra, mal nacidos y aprovechados que

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Mejor actriz

Jazmín azul (Cate Blanchett)

A Woody Allen le encantan los personajes mentirosos. Todos esos urbanitas con demasiado amor propio que, incluso cuando se enfrentan a la cruda realidad, se las ingenian para salir adelante. En esta ocasión, el director hizo una excepción, pues no se había visto antes a algún personaje caer en la ruina de manera más dramática como en el caso del representado por Cate Blanchett. Desde que la vemos por primera vez, notamos una presencia inquieta durante un vuelo de costa a costa en Estados Unidos, platicando sobre sexo y las cosas buenas de la vida con su compañero de asiento. Su voz revela a una mujer que busca a un confidente. Casi de inmediato notamos que no se trata de una comedia. Jazmín está escapando de un divorcio devastador al lado de Hal (Alec Baldwin), un estafador de grandes fortunas. Después del proceso se instala con desconfianza en el departamento de su hermana Ginger (Sally Hawkins), con ciertas reservas para hablar de asuntos del pasado. Todo sale a la luz por medio de un flashback novedoso en el estilo de Allen. ¿Puede esta mujer acostumbrada a los lujos y a las joyas comprometerse de pronto a tomar clases de computación? Resulta doloroso verla intentándolo. Incluso un trabajo sencillo en la oficina de un dentista (Michael Stuhlbarg) tiene malos resultados. El guión agudo de Allen, quizás el más relacionado con dinero y finanzas, coloca a una serie de pesimistas alrededor de la vida de Jazmín: no sólo el exmarido de Ginger (Andrew Dice Clay), sino su nuevo nov

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Escándalo americano (Amy Adams)

En su ausencia de seis años después de la delirante I Heart Huckabees, David O. Russell aparentemente adquirió el gusto por el estudio de cine. The Fighter y Silver Linings Playbook presentaron experimentos interesantes que demostraban las habilidades y la sensibilidad creativa del director para sobrevivir a las caóticas fórmulas de Hollywood. Ahora, Escándalo americano es un torbellino con gran parte de su sensacional elenco, elaborado a partir de sus dos películas anteriores."Parte de esta historia es verídica", bromea una tarjeta de título de introducción, ya que la película se basa en un relato de ficción, sobre la operación Abscam del FBI de finales de la década de los setenta. La trama, en la que un trabajador de una tintorería clandestina, Irving Rosenfeld (Christian Bale), se convierte en un falsificador de arte que trabaja para el agente federal Richie DiMaso (Bradley Cooper) en un complot para derribar varios políticos de alto rango es, sin duda, bastante nudosa. Es también una historia de amor, que afecta singularmente a su frialdad, entre dos embaucadores: Rosenfeld se alterna entre la resbaladiza Sydney (una feroz Amy Adams) y su esposa Rosalyn (Jennifer Lawrence). Herida pero poderosamente desquiciada, cantando a todo pulmón "Vive y deja morir" en su jaula dorada suburbana, Lawrence ofrece una actuación totalmente extraordinaria en Escándalo americano, mejorando la el papel que le valió un Oscar en la última película de Russell. Que esta colaboración continúe po

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Gravedad (Sandra Bullock)

A diferencia del hype derrochado durante todo el año por su colega y amigo Guillermo del Toro, el regreso de Alfonso Cuarón se ha caracterizado por ese halo de misterio, generando expectativa desbordada. Y ha hecho bien en guardar mesura, porque llegado el momento de colocarse los lentes de 3D, uno entiende que la expectación que que ha creado es fascinante pero demasiado frágil. Se aplaude la destreza con la que asume un reto que podría convertirse en una verdadera pesadilla para alguien menos experimentado: ¿cómo mantener una película casi los noventa minutos de su duración, con sólo un escenario, un intérprete, y una anécdota aparentemente sencilla? Del mismo modo que ejemplos contemporáneos como la japonesa Symbol o las más populares Buried y 127 Hours, Cuarón inserta a un personaje en una situación extrema de sobrevivencia. El planteamiento es que hay pocos elementos para que pueda salir adelante, lo que provoca angustia y ansiedad. Cuarón juega perfectamente, y como nunca antes, con nuestros estados de ánimo. Hablemos sobre la parafernalia digital: no, no revolucionará la industria como aseguró hace un par de meses James Cameron, pero jamás se le podrá reprochar de ser efectista, es el complemento ideal para potencializar este drama. Sin embargo, queda esa molesta impresión que el desarrollo de la historia de una ingeniera y un astronauta (Sandra Bullock, aquí en su primera película digna de mencionarse en años, y George Clooney), quienes quedan varados en el espacio tr

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Advertising

Philomena (Judi Dench)

Dirigida por el británico Stephen Frears (The Queen) y coescrita por el comediante Steve Coogan, quien actúa junto con su siempre amada Judi Dench. Coogan es Martin Sixsmith, un experiodista de la BBC que intenta adaptarse a la vida cotidiana, después de un infeliz periodo en las sombras de la política. Dench es Philomena, y es totalmente lo opuesto. Es una mujer londinense de clase media, quien creció en Irlanda y cuya última voluntad –encontrar al hijo que le quitaron en un convento cuando era joven– los lleva a viajar juntos por Irlanda y Estados Unidos.Martin decide escribir la historia para un periódico sensacionalista, con la intención de que despierte el interés de muchos lectores. Philomena, a quien Dench le dio un toque de vulnerabilidad, fortaleza y humor, no está segura de sus razones para despertar a esos fantasmas del pasado.Los espectadores podemos ver escenas de su juventud en flashbacks desgarradores, en los cuales somos transportados a lugares llenos de dolor. A pesar de esto, Frears evita que su película se convierta en un simple drama dándole un ligero toque de comedia, en gran medida basado en las notorias diferencias entre los protagonistas.La película se vuelve aún más interesante ante los descubrimientos y decepciones de la investigación, tanto individuales como compartidas.Nos encontraremos ante una historia absolutamente conmovedora, que nos invita a darnos cuenta, con un poco de enojo, de las injusticias que viven los más indefensos, ya sea por la ig

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Las vueltas del destino (Meryl Streep)

Sería injusto culpar a Meryl Streep de todos los defectos de Agosto, acostumbrados como estamos a su forma de interpretar, que Manny Farber no dudaría en calificar de festival de “momentos elefante blanco”. Es decir, cualquier gesto o inflexión de voz reclama por sí mismo una atención obscena, malignamente pedante. Pero, seamos sinceros, esta es una característica de su personaje, Violet, un alacrán con cáncer de boca (¡ay!, la sutileza no es amiga del texto de Tracy Letts) que se dedica a morder a sus tres hijas para envenenarlas de por vida cuando vuelven a casa para enterrar a su padre. Streep no está menos excesiva que Anna Lizaran, que contaba, eso sí, con dos horas más para matizar su rabia. Quizá los grandes problemas de la película son la condensación del texto, que no deja respirar ni los conflictos ni el trabajo (en ocasiones admirable: Chris Cooper y Margo Martindale) del resto del reparto, y una puesta en escena poco atenta a las tensiones del cuerpo del actor.

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Mejor actor

El lobo de Wall Street (Leonardo DiCaprio)

Martin Scorsese está más vigente y palpitante que nunca. Hace un par de años, con Hugo, entregó un homenaje al arte de la cinamtografía y la mejor película en 3D hasta el momento. Ahora, en El lobo de Wall Street combina la rabia de Goodfellas y Mean Streets, con un antihéroe encarnado por Leonardo DiCaprio que no le pide nada a Gordon Gekko ni a Bill “the Butcher”. Este personaje es Jordan Belfort, un corredor bolsa que a finales de los ochenta se convirtió en unos de los hombres más ricos de Estados Unidos, y también en un (mal) ejemplo de excesos, drogas y sexo. La cinta explora su odisea millonaria, que incluye una red de corrupción y una cacería por parte del FBI. Quizás bajo la mano de otro director, esta biopic hubiera surcado por terrenos voyeuristas y libidinosos; sin embargo, Scorsese y DiCaprio se encargan de que, a pesar del bacanal visual de mujeres desnudas y cocaína, la película sea un sátira concisa y emblemática de la codicia moderna. Scorsese, quien se ha caracterizado por retratar la bestialidad de diferentes estratos sociales, encuentra la belleza en los lugares más turbios y retrata la decadencia de los personajes de manera interesante: la cámara está en frenesí, siempre en movimiento, a través de fiestas, licor y viajes transatlánticos, pero destaca la forma en que el director nos hace partícipes de este universo, gracias a la trascendencia que tienen la violencia y el dinero. Ambos elementos dejan de ser vistos como un pecado, evolucionan a un lujo no s

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Dallas Buyers Club (Matthew McConaughey)

Es difícil (gozosamente difícil) seguir la pista a la multitud de sombras que Matthew McConaughey explora últimamente. Conveniente –y calculadamente– están todas presentes en la emocionante Dallas Buyers Club, una veta sin fondo de la recién encontrada fluidez del actor.McConaughey es un oportunista texano llamado Ron Woodroof; aficionado a la bebida y a las drogas, participa en rodeos para escapar de las deudas. Nos encontramos en un desolado y caluroso 1985, y Woodroof está a punto de escuchar su sentencia de muerte después de unos análisis positivos de VIH. Cuando la cinta lleva 20 minutos, no puedes pensar en otro actor para el personaje principal, travieso y furioso. La historia es real: Woodroof impresionó a los doctores, no sólo por que logró vivir muchos años más, también por convertirse en un rayo de esperanza para muchos otros enfermos. El filme nos muestra un héroe complicado, cuyo código personal asume una intrigante coherencia. Traducción: Alexis Castro

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Escándalo americano (Christian Bale)

En su ausencia de seis años después de la delirante I Heart Huckabees, David O. Russell aparentemente adquirió el gusto por el estudio de cine. The Fighter y Silver Linings Playbook presentaron experimentos interesantes que demostraban las habilidades y la sensibilidad creativa del director para sobrevivir a las caóticas fórmulas de Hollywood. Ahora, Escándalo americano es un torbellino con gran parte de su sensacional elenco, elaborado a partir de sus dos películas anteriores."Parte de esta historia es verídica", bromea una tarjeta de título de introducción, ya que la película se basa en un relato de ficción, sobre la operación Abscam del FBI de finales de la década de los setenta. La trama, en la que un trabajador de una tintorería clandestina, Irving Rosenfeld (Christian Bale), se convierte en un falsificador de arte que trabaja para el agente federal Richie DiMaso (Bradley Cooper) en un complot para derribar varios políticos de alto rango es, sin duda, bastante nudosa. Es también una historia de amor, que afecta singularmente a su frialdad, entre dos embaucadores: Rosenfeld se alterna entre la resbaladiza Sydney (una feroz Amy Adams) y su esposa Rosalyn (Jennifer Lawrence). Herida pero poderosamente desquiciada, cantando a todo pulmón "Vive y deja morir" en su jaula dorada suburbana, Lawrence ofrece una actuación totalmente extraordinaria en Escándalo americano, mejorando la el papel que le valió un Oscar en la última película de Russell. Que esta colaboración continúe po

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12 años esclavo (Chiwetel Ejiofor)

¿Qué pensaría de 12 años esclavo el Jacques Rivette crítico, que condenó como abyecto el movimiento de cámara hacia el cuerpo electrocutado de Emmanuelle Riva en el Kapò de Gillo Pontecorvo? Seguro que pondría mala cara con el catálogo de atrocidades que recoge esta crónica en primera persona del particular Holocausto norteamericano. Pero es precisamente este Yo, esta subjetividad en carne viva, la que justifica que el relato del vía crucis de Solomon Northrup, devoto y culto padre de familia secuestrado y vendido como esclavo, vomite toda su crudeza sobre el espectador. Es de agradecer que sea un cineasta negro quien lo haga: que Steve McQueen venga del campo del videoarte y que, además, sea británico, le permite mantener una distancia ética y estética con este material inflamable que no tendría, por ejemplo, un rabioso Spike Lee. La dignidad humanista de su héroe se contagia en la forma, elegante y explícita a la vez, de una película que cristaliza la obsesión de McQueen por el cuerpo, que tan buenos resultados le dio en Hunger y Shame, en un ejercicio de revisionismo histórico que nunca vulgarizó su discurso, ni lo vuelve carne de "exploitation" (como la extrema y delirante Mandingo), ni de cómico justiciero (como Django sin cadenas), ni tampoco de miniserie concienciada (estilo Roots). Quizá a veces el filme es tan riguroso, tan calvinista con sus propios métodos, que da la impresión de ser demasiado consciente de dar la última palabra sobre el tema de la esclavitud, p

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Nebraska (Bruce Dern)

Podría ser una respuesta a aquella fantástica epopeya que vivió Richard Farnsworth montado sobre una máquina de segar en The Straight Story de David Lynch. Ablandada, eso sí, en la tibia condescendencia que para mi discrepante gusto siempre ha hecho que a Alexander Payne le flaquearan las rodillas.Trató con paternalismo a aquel George Clooney de The Descendants que corría por Hawai con sandalias, bañador y una descomunal cornamenta de marido engañado que soportaba con cristiana paciencia sobre la cabeza. Fue compasivo hasta el extremo con el Jack Nicholson de About Schmidt.Y ahora es el turno de este Bruce Dern senil y fantasmal, con la cabeza quemada por la edad y la cerveza, que quiere llegar a Nebraska y cobrar un premio millonario del que se cree ganador. Un Quijote con abrigo de plumas, un tierno lunático que habita en un mundo de ilusiones caballerescas, un reptil de barra de bar que vive sobornado por el exceso de avena. En una mano, el albarán que debe hacerle rico. En la otra, la dentadura postiza. Y al lado un Sancho, su hijo: un buenazo sin oficio ni beneficio que le sigue el juego hasta el final del trayecto, perpetuando el discurso agridulce sobre la estirpe familiar y derivados que Payne ha convertido en espada de lucha desde los tiempos de Citizen Ruth.Ahora, en una norteamérica rural que en otras épocas fue tierra de granjeros y camionetas de granja, y que ahora es un cultivo de animales de taberna con camisa de cuadros y gorra, mal nacidos y aprovechados que

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