Un hombre despierta solo en una nave, sin memoria y sin contexto; apenas cuenta con su cuerpo mientras intenta recordar cómo ser humano. Poco a poco entendemos que es Ryland Grace, un profesor de ciencias convertido en la última esperanza de la Tierra frente a una amenaza cósmica que apaga las estrellas. Pero la película no trata solo de salvar al mundo, sino de reconstruir quién eres cuando no tienes pasado y descubrir que, incluso en la soledad más absoluta, la conexión (aunque venga de otro planeta) puede ser lo único que te sostenga.
Esta es la trama de Proyecto Fin del Mundo, adaptación de la novela de Andy Weir que, bajo la mirada de los directores Phil Lord y Christopher Miller (La gran aventura LEGO), construye una experiencia física y tangible, evitando depender del típico exceso digital. Apostaron por sets reales, efectos prácticos y un trabajo de cámara muy controlado para que el espacio se sienta habitable y no artificial.
En el centro de la historia se encuentra Ryan Gosling, asumiendo uno de los retos más arriesgados de su carrera. Lejos del arquetipo del héroe de acción, aquí encarna a un hombre común obligado a pensar, adaptarse y sobrevivir.
Time Out México conversó con el actor nominado al Oscar sobre la ciencia, la familia y el desafío de sostener una historia completamente solo.
Tu personaje despierta sin memoria en el espacio. ¿Cómo construyes a alguien que no sabe quién es?
Ryan Gosling: Más que interpretarlo, tuve que experimentarlo. Rodamos casi todo en orden cronológico, así que mi primer día fue, literalmente, despertar de ese coma. No tenía lenguaje, ni coordinación, ni referencias… fue como empezar desde cero, como si el cuerpo y la mente tuvieran que aprender a ser humanos otra vez. Eso convirtió al personaje en algo muy primario, casi un "ser en evolución", alguien que va armándose a partir de estímulos muy básicos.
Como pasaba tanto tiempo solo en pantalla, el proceso se volvió inevitablemente introspectivo. Empiezas a preguntarte qué define realmente a una persona cuando le quitas la memoria. Incluso, cuando mi personaje revisa las pertenencias de los astronautas que murieron, no estaba viendo utilería; eran cosas reales que los otros actores eligieron: fotos, cartas, recuerdos. Entonces no estaba actuando la emoción, estaba reaccionando a vidas reales. Para cuando aparece Rocky, ya no es solo curiosidad… es necesidad. Necesitaba a alguien. Y por eso esa relación se siente tan honesta.
Ryland Grace no responde al molde clásico del héroe. ¿Qué te atrajo de contar la historia desde la perspectiva de la ciencia?
RG: Leí el proyecto en un momento donde todo estaba detenido, donde ni siquiera podíamos vernos cara a cara. En medio de eso, esta historia proponía algo muy simple pero poderoso: que el futuro no necesariamente es una amenaza, sino un problema que podemos resolver juntos. Además, todo está construido con una lógica científica muy rigurosa. Incluso lo alienígena no está romantizado, sino pensado desde lo que necesitaría para existir realmente. Eso hace que lo fantástico no se sienta escapista, sino tangible. No estás viendo superhéroes, estás viendo a personas usando lo que saben para sobrevivir… y para salvar algo más grande que ellos.
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Tu familia estuvo presente en este proyecto. ¿Cómo cambió eso la experiencia?
RG: La cambió por completo. Esta no era solo una película que quería hacer, era una que quería compartir con mis hijas. No desde el miedo al futuro, sino desde la posibilidad. Desde el inicio las involucré: les conté la historia, escuché cómo reaccionaban, qué les emocionaba. Después eso se volvió parte real del proceso. Opinaron sobre el personaje, sobre decisiones visuales e incluso sobre detalles tan simples como los lentes. Había días en los que estaban en el set y, de pronto, eran ellas quienes me daban la voz de Rocky. Entonces, lo que estás viendo en pantalla no es solo una construcción actoral, es una dinámica familiar filtrándose en la historia.
La película está atravesada por la soledad. ¿Qué descubriste al vivirla desde dentro?
RG: Que la soledad deja de ser interesante muy rápido. Al principio tiene algo casi filosófico, pero con el tiempo se vuelve física, pesada. Después de tantos días sin interactuar con nadie, el silencio empieza a sentirse como una presión. Hubo un momento en que necesitaba romper eso de cualquier forma y terminé pidiendo que me inventaran compañía. Literalmente construyeron un personaje con un trapeador, le pusieron ropa, lentes… y yo interactuaba con eso como si fuera alguien. Suena absurdo, pero también es muy revelador. Porque no se trata de quién es el otro, sino de la necesidad de compartir, de reflejarte en algo más. Y eso es lo que la película entiende muy bien: que incluso en el lugar más lejano del universo, lo que realmente te sostiene es la conexión.

