Tinta Bruta
Foto: Cortesía de la producción

Tinta bruta: la persiana americana de la generación queer

Reseña de la película LGBT+ brasileña ganadora del Premio Maguey a Mejor Película en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara

Por Wenceslao Bruciaga
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“Yo te prefiero, fuera de foco, inalcanzable. Yo te prefiero, irreversible, casi intocable...” En “Persiana Americana”, Soda Stereo describía una relación erótica a distancia, cuya comunicación se reduce a las provocativas señales corporales que se envía una pareja buga, a través de sus respectivas ventanas en las alturas de un clasemediero edificio del Buenos Aires ochentero. En este caso, la excitación se mide y se responde conforme a la graduación de luz de las persianas que cubren las ventanas. Cerati da a entender que nunca han cruzado palabra, solo permutas de instantes soft porn citadino.

Hay ciertas semejanzas en los trazos en los planos urbanos de las ciudades densamente pobladas de Argentina y Brasil. Barrios con edificios húmedos y disfuncionales que albergan las paradojas e inseguridades de habitantes de una clase media atrancada en medio de la espada de la sobrevivencia y el espejismo.

Es ese complejo punto medio en el que se encuentra la vida del brasileño Pedro (Shico Menegat), protagonista de Tinta bruta (2018), un joven gay cuyo contexto social lo obliga a ganarse billetes en medio de matones vinculados al crimen de las favelas. No tiene madre ni padre. Sus únicos vínculos familiares se reducen a su abuela y su hermana a punto de abandonarlo para solucionar sus propias trampas. Para escapar de su ermitaña realidad, Pedro ofrece espectáculos de erotismo en un canal de chat gay donde en la oscuridad se unta de pintura fosforescente. Como una forma de armarse mundos alternos en el que los colores sirvan de filtros a la libertad entorpecida por el smog.

La poca estabilidad que había conseguido Pedro con sus brillantes noches de neón, se ve alterada cuando un usuario del chat le roba su idea de performances bañados en tinta de pop estridente. Con tal de defender la autoría de su identidad virtual, Pedro se verá obligado a regresar a la inevitable opresión del mundo real para enfrentar a su rival con quien genera una contradictoria atracción.

El magnetismo de Tina bruta, filme de los directores brasileños Marcio Reolon y Filipe Matzembacher, radica en la síntesis de su guion: la tensión homoerótica que puede existir en una suerte de rivales surgida desde la pasión de los avatares en departamentos sin horizontes claros.

Por desgracia, esa historia se diluye cuando las escenas de Pedro en plenitud llenándose de erotismo fosforescente cobran un protagonismo fetichista. Los performances son potentes sin duda. Llegan a los sentidos con cierta facilidad. Pero hace peligrosos guiños a la idea muy constante en estos días de que lo queer es solo un asunto de inercia por colores estridentes.  

Y es un detalle algo frustrante cuando la película cuenta con muchos anzuelos por demás interesantes: la homofobia en un país como Brasil, las relaciones personales en la era de la conectividad, el robo de ideas en un mundo sin reglas claras como el internet, la condición de estatus económico como variable para sentirse orgulloso de ser gay. Pareciera que estamos ante video clips conceptuales unidos por una historia a la que falta atreverse. Pero es una cinta disfrutable y que vale cada minuto de su metraje. Incluso para detonar los sentidos.

Fascinante es descubrir que Pedro actualiza el voyerismo de Soda Stereo. La sentencia del “es difícil de creer, creo que nunca lo podré saber, solo así, yo te veré…”, en lugar de la “Persiana Americana”, utiliza la graduación de luz de la habitación a través de la webcam. Para que el fosforescente tenga efecto, debe haber oscuridad y luz negra. Pero las soledades de los departamentos de clase media siguen intactas.

Tinta Bruta. Dir. Filipe Matzembacher y Marcio Reolon. Con Shico Menegat. Estreno: viernes 25 de junio.

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