De mi corazón a mi diario y de mi diario al mundo. La frase podría resumir no solo la manera en la que Ana Sofi W entiende la música, sino también el recorrido que la llevó hasta uno de los escenarios más importantes de su carrera. Lo que comenzó como una forma íntima de escribir sobre aquello que sentía terminó convirtiéndose en canciones, después en una comunidad y ahora en un show en el Lunario del Auditorio Nacional.
La historia de Ana Sofi W comenzó lejos de los grandes escenarios. Sus primeras canciones nacieron prácticamente como una extensión de su diario, un espacio donde podía poner en palabras lo que estaba viviendo sin pensar necesariamente en quién lo escucharía después. Fue al comenzar a compartir esas historias cuando descubrió que aquello que para ella era personal también podía convertirse en el reflejo de alguien más.
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“Al principio ni siquiera estaba pensando en que alguien más las escuchara. Escribía porque necesitaba sacar lo que estaba sintiendo”, cuenta. La respuesta de quienes comenzaron a encontrar sus canciones en internet le hizo entender que una historia puede cambiar de dueño cuando se convierte en música. “Yo puedo escribir pensando en una persona o en una situación específica, pero alguien más puede escucharla y relacionarla con su ex, con una amistad o incluso con algo que nunca me imaginé”.
Esa conexión con quienes la escuchan se convirtió en una parte fundamental de su proyecto. También fue a través de redes sociales que comenzó a construir una comunidad que hoy trasciende las pantallas y llega a sus presentaciones en vivo. Para Ana Sofi, las cifras detrás de una canción son mucho más que números, son personas que decidieron acompañarla en algún momento de su propia historia.
“Las redes me enseñaron que detrás de cada número hay una persona”, explica. Esa idea también cambió su manera de enfrentarse a un escenario. Después de compartir shows con artistas como Sebastián Yatra y Motel, aprendió que detrás de los grandes conciertos existe una enorme cantidad de trabajo y preparación, pero también que cada presentación puede convertirse en un paso para perderle el miedo a escenarios cada vez más grandes.
En ese camino llegó ¿dónde quedé yo?, su primer álbum, un proyecto marcado por la búsqueda de identidad dentro de las relaciones y por la necesidad de preguntarse qué ocurre cuando dejamos partes de nosotros mismos en el camino. Con narcisista, sin embargo, la conversación cambió.
“¿dónde quedé yo? viene de una etapa en la que estaba tratando de entender quién era yo dentro de mis relaciones”, explica. “En narcisista ya hay una conversación diferente. No necesariamente tengo todas las respuestas, pero sí me hago preguntas desde otro lugar”.
El nuevo álbum se mueve precisamente en ese territorio, en el amor propio, la autoimagen, las inseguridades y las contradicciones de observarnos demasiado de cerca.
Hacer narcisista también significó descubrir que conocerse a uno mismo no necesariamente implica tener todas las respuestas. “Muchas veces creemos que nos conocemos muchísimo y en realidad seguimos descubriéndonos”, dice. El proceso de crear el disco la llevó a observarse con mayor honestidad y a convertir incluso aquellas partes de sí misma que antes le incomodaban en material creativo.
Las relaciones también ocupan un lugar importante dentro del álbum. Canciones como “lovebombing?”, “vicio” y “el ilusionista” exploran distintas maneras de vincularse, desde la ilusión hasta aquellos patrones que pueden resultar difíciles de reconocer cuando estamos dentro de ellos. Su manera de entender el amor, cuenta, también ha cambiado con el tiempo.
“Antes creo que confundía algunas cosas con amor simplemente porque eran intensas. Ahora entiendo que la intensidad no necesariamente significa que algo sea sano o que vaya a durar”, explica.
Esa mirada más consciente hacia las relaciones también parece extenderse a las personas que la rodean. Dentro de su círculo de comunicación y aprendizaje se encuentra Jay de la Cueva, con quien mantiene contacto frecuente y con quien ha podido intercambiar ideas alrededor de la música y de lo que implica construir una carrera artística.
Y mientras su universo creativo continúa creciendo, también lo hace la distancia que recorren sus canciones. Su música ha comenzado a encontrar público en países como Estados Unidos, Colombia, Ecuador, Perú y Argentina, algo que todavía le resulta sorprendente si se piensa en el origen de sus canciones.
“Cuando escribes una canción estás pensando en tu vida, en tu experiencia y en lo que te pasó a ti, y de repente alguien que vive en otro país te dice que esa canción le ayudó a superar algo”, cuenta. Para ella, esa es precisamente una de las razones por las que la música puede viajar tan lejos: las emociones no necesitan compartir una ciudad, un idioma o una historia exacta para ser reconocidas.
Ahora, todas esas historias llegan al Lunario del Auditorio Nacional. El escenario representa una especie de punto de encuentro entre la Ana Sofi W que escribía en privado y la artista que hoy puede cantar esas mismas emociones frente a cientos de personas.
“Si me hubieras dicho cuando empecé a escribir en mi diario que algún día iba a estar presentando esas historias frente a cientos de personas en el Lunario, probablemente no te habría creído”, reconoce.
Quizá por eso, si pudiera regresar a aquella primera versión de sí misma que comenzaba a subir canciones a internet, no le hablaría de números, reproducciones o escenarios. Le diría que siguiera escribiendo.
“Le diría que no se preocupe tanto por tener todo resuelto, porque muchas de las cosas que hoy le dan miedo van a terminar convirtiéndose en canciones”.
De un diario a un álbum y de un álbum a un escenario. Con narcisista, Ana Sofi W parece cerrar una etapa solo para abrir otra: una en la que sus historias ya no son únicamente suyas, sino también de todas aquellas personas que encontraron en ellas una forma de nombrar lo que sentían.

