Los héroes del chaleco fosforescente: crónica del sismo del 19 de septiembre en la CDMX

Esto es lo que vivimos el pasado martes 19 de septiembre, cuando un sismo probó la fuerza y unión de todos los habitantes de la Ciudad de México
Foto: Rodrigo Rodríguez
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La Ciudad de México ha mostrado el músculo escondido. La fatídica tarde del martes todo cambió para muchos. Cuando parecía que con los pedazos de concreto también se venía abajo la sociedad, fue ahí que el espíritu de una urbe inquebrantable surgió como la vida de entre los escombros.

Habían pasado 32 años del terremoto devastador de 1985. Las alarmas para iniciar el simulacro en honor a los caídos sonaron a las 11am. Todo transcurría con normalidad. Hacía 12 días un sismo había hecho daño en Oaxaca y Chiapas; sacudió también la ciudad, pero no hubo daños, a pesar de ser el más grande de la historia con 8.2 en la escala de Richter, según el Servicio Sismológico Nacional.

La idea de un nuevo seísmo en el aniversario del desastre natural más grande de la historia de nuestro país parecía una muy mala broma. Pero sucedió, tembló a la 1:14pm. “Esto parece de risa”, nos dice una vecina afectada que veía en la TV una entrevista a una sobreviviente del 85 al tiempo que se cimbró su casa. Y no sólo eso, sino que el terremoto trajo consigo estragos de tal magnitud para declarar zona de desastre varias colonias de la CDMX, aunque no lo suficiente para doblegar el espíritu de una de las ciudades más grandes del mundo. 

Antes de que la información fluyera con claridad, los vecinos de las 16 delegaciones acudieron a las zonas afectadas. Fueron los primeros en llegar e informar por las redes sociales. Los protagonistas que reaccionaron en minutos por todos lados: ayudaron a mover los escombros en Tlalpan. Ofrecían techo a los damnificados en la Portales. Montaron una mesa para recolectar víveres en Lindavista. Buscaron con olfato perruno a los sobrevivientes en todos los derrumbes. Batallaron contra la guadaña que ya nos arrebató a casi dos centenares de citadinos durante el sacudimiento de 7.1 grados. 

Foto: Alejandra Carbajal.

Las redes sociales resultaron el mejor aliado para propagar los puntos de emergencia, la ayuda precisa y las necesidades que se presentaban con el pasar de las horas. Gracias a los mensajes que se viralizaban en segundos, pudimos saber que eran necesarias las manos para acomodar medicamentos en la Roma o que en la Del Valle había que llegar con casco, botas, guantes y pala. Cada post, tuit, foto o video bienintencionado ayudó a conocer a esos héroes que daban todo de sí para no dejar caer la ciudad.

En la acera del Parque España, por ejemplo, había un grupo de jóvenes reunidos, pero no era para ver un concierto en el Plaza Condesa. Las aglomeraciones masivas se repetían en Jardín Pushkin, pero no era para ir al Alicia. En la Glorieta de Cibeles también había personas reunidas, pero no buscaban un bar donde beber. La consigna del día era salir a las calles y averiguar de qué forma se podía ser útil.

La tragedia superó aficiones, oficios, opiniones y cualquier diferencia que pudiera existir entre los habitantes. Con el pasar de los minutos, los ciudadanos ya estaban presentes incluso a través de iniciativas que reaccionaron a las necesidades que surgían en el momento, sin importar que la falta de energía eléctrica en algunas colonias los hiciera movilizarse a oscuras. 

Cada uno ponía a disponibilidad la habilidad y el conocimiento que tuviera. Algunas organizaciones se dedicaron a confirmar información y echar abajo rumores del momento, otras evaluaban grietas en inmuebles afectados. Mientras que otras buscaban ayuda para conseguir hogar temporal a quienes lo perdieron. Sincronizada, autómata y desinteresada, de ese nivel fue la ayuda de toda la sociedad civil. Un reflejo del amor al prójimo, aunque este anduviera en cuatro patas o en silla de ruedas. 

Los mexicanos siguen rescatando personas en donde sea posible. Continúan removiendo escombros. Los centros de acopio mantienen la recolección de víveres para distribuirlos por todas las zonas afectadas. La ayuda es tanta que la comida, el agua y el material médico ya se está enviando a Morelos, Puebla, el Estado de México, Oaxaca y Chiapas, donde también hubo daños impactantes.

Como nunca, las lecciones son claras. La tragedia nos ha dado enseñanzas de todo tipo, sobre cómo hacer las cosas y, en especial, lo que podemos lograr si trabajamos unidos. Estamos ante un momento histórico que depende de nosotros para quedar como una simple llamada de atención o una sacudida para trabajar en conjunto, sociedad y gobierno, y construir un legado en la ciudad que heredamos con orgullo. Y, así, transcurren los días. Miramos a héroes anónimos cuyo uniforme nunca olvidaremos: chalecos fosforescentes, cascos y palas en mano.

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