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Reseña
A la señora de las plantitas que llevas dentro le va a gustar mucho Urso, porque aquí la experiencia empieza desde que entras al lugar: a donde veas, verde. Además, el piso de grava y los tonos madera y beige de la decoración interior te harán sentir en algún restaurante fancy de tu playa favorita. (Tip: aprovecha la cúpula abierta que deja pasar la luz natural para tomar fotos increíbles).
En Urso tienen opciones para todos los gustos, desde productos del mar como kampachi o atún hasta cortes de carne e incluso algunos platos vegetales. Nosotros comenzamos con los ostiones con ceviche de kumquat (una naranja cherry chiquita que se come con todo y cáscara) y el callo de hacha, que venía cubierto con una espuma ligera y calientita de papa.
Seguimos con un carpaccio de wagyu, que viene súper delgadito y suave, y se sirve con unas muy generosas láminas de foie gras (ñam) y una reducción de zapote negro que aporta dulzor y acidez para convertir este plato en algo complejo y divertido.
Para los fuertes nos decidimos por probar una de las técnicas por las que apuestan en Urso: las brasas. Pedimos un tremendo chuletón de vaca que llega a la mesa en el término de tu preferencia (te pueden llevar una plancha caliente por si quieres darle otra pasadita), acompañado de salsa macha y una mantequilla cítrica que complementa la intensidad del corte.
El menú se acompaña de una carta de cocteles y mocktails. Tienen algunas opciones de la casa, como el Urso Spritz, que lleva vermouth, licor de sauco, prosecco, fresa y espuma de arándano; o el Mar Rojo, elaborado con ginebra, Campari, vermouth, prosecco y cordial de fresa. Si prefieres, también tienen vinos por copa y botella.
La cocina de Urso es difícil de definir; se siente viajera, como si trajera consigo un algo de todos lados. Pero, al final, todos somos eso: un poquito de todos los lugares que hemos visitado, lejanos o no.
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