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Reseña
El cambio climático es inminente y nuestro cuerpo —sabio, dramático y siempre hambriento— pide restaurantes fáciles, ricos y con un copeo que permita lo mismo hacer visita de doctor que quedarse más tiempo. En ese mood aparece Viamonte, un rincón que se suma con naturalidad a la conversación gastronómica.
Su propuesta parte de la tradición argentina y la traduce a una cocina cotidiana, pensada para honrar la sobremesa: ese momento elástico que puede durar diez minutos o toda la tarde, dependiendo del ambiente, la compañía y el ritmo.
Buenas noticias, las porciones son generosas. Aquí no se juega a la miniatura conceptual ni al plato tímido. Se viene a comer bien, a pasar el pan, a dividir la cuenta sin dividir el último bocado. Inspirado en el bodegón porteño —ese lugar donde la comida reconforta y nadie te levanta de la mesa—, Viamonte traduce esa forma de estar al estilo mexa. Hay una selección de música ecléctica, donde entra Elia y Elizabeth o Michael Kiwanuka. No hay tango forzoso ni playera de Maradona enmarcada. Hay cocina honesta y vino bien pensado. El ambiente es agradable, con ese toque hipster que no estorba.
La carta se adapta a los ingredientes de temporada y se complementa con una selección fija pero cambiante de carnes frías elaboradas en casa. Probé la gelatina de moscato —brillante, aromática, delicada— que acompaña un sedoso parfait de foie que entra suave pero deja huella. Seguimos con un tentempié de ostiones frescos (de buen tamaño) y una ensalada de radicchio amarga en el punto correcto, fresca y con carácter —como esa amiga que siempre dice la verdad aunque nadie se la haya pedido—.
Los gnocchis con salsa de provolone y poro fueron puro abrazo cremoso; de esos platos que te hacen bajar la voz en la mesa porque necesitas concentrarte en comerlos. Cerramos con la chocotorta, ese ícono argentino que aquí llega bien ejecutado, goloso y sin exceso de dulzor. Nos quedamos con ganas de seguir, pero falta de espacio y eso siempre es buena señal.
Volveremos por la milanesa de ternera con chimichurri caliente, amplia y crujiente, pensada para compartir sin culpa; por el choripán que promete convertirse en favorito instantáneo; y por una tarde de Fernanditos bien fríos que se alargue hasta que el chisme se agote. El vino está bien curado, el servicio es cálido sin ser invasivo y el rincón invita a pedir “la última”, aunque sepamos —con total honestidad— que no será la última.
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