Noche de Reyes

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Noche de Reyes (Foto: Cortesía de la producción)
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No es la primera obra de William Shakespeare en la que un personaje femenino adopta la identidad de un hombre, pero sí es la comedia en la que éste recurso está llevado a sus máximas consecuencias, las cuales abarcan enredos románticos y sexuales que desatan las bajas pasiones de los miembros de un suntuoso palacio. La identidad, el disfraz, la embriaguez y la locura son los elementos que conducen a todos durante una noche: la doceava después de la Navidad, la noche del oro, el incienso y la mirra.

Óscar Uriel, Rodrigo Trujillo y Jacobo Nazar producen la adaptación realizada por el también director Alonso Íñiguez, quien decide asumir las profundidades del texto shakesperiano desde una forma distinta a la convencional. Al ser la música y el humor los ejes rectores de la situación, eligió explotarlos hasta el punto de trasladar a Shakespeare al lenguaje del cabaret: “Alguna vez leí que en las obras de Shakespeare, el género se los da el director”, explica Íñiguez, director de montajes como Bright ideas y El buen sazón.

Desde la extravagancia y la excentricidad, todos sufren los intrincados designios del amor. Acompañando a la noble Viola –quien se disfraza del trabajador Cesáreo–, al duque Orsino –enamorado de Olivia y amado por Viola–, a la bella Olivia –quien rechaza a  Orsino por estar enamorada de Cesáreo– y al fiel Malvolio –a quien hacen creer que es amado por Olivia–, está un trío de cortesanos que al mismo tiempo son músicos que impregnan la escena de fiesta y melancolía: Pablo Chemor, Jacobo Lieberman y José Ponce.

Con la música original de Chemor y la escenografía, iluminación y vestuario de Mauricio Ascencio, éste Shakespeare cabareteado está asumido en los roles principales por Carlos Aragón, Salvador Petrola, Sofía Sisniega, Majo Pérez y Adriana Montes de Oca. Ellos están dispuestos a que –como indica el primer verso de la comedia– la música, que es el alimento del amor, toque y les sea dada en exceso hasta que sacien su apetito y el apetito mengüe y muera. 

Por Enrique Saavedra

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