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Cantinas clásicas del Centro

Lugares centenarios para chocar vasos y botanear a gusto

Foto: Alejandra Carbajal

Si lo tuyo es salir de reven al Centro y ya conoces los mejores bares de la Ciudad de México estas cantinas deben estar en tu lista de favoritas. 

Cantinas clásicas del Centro

Tío Pepe

Recomendado

Enorme y guapa barra, mesas rojas, espejos opacos. Es una cantina vieja y eso se ve y se disfruta. La decoración es un viaje en el tiempo hasta el Porfiriato y aunque el menú se reduce a tacos de guisado vale la pena, mucho.

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Centro

Salón París

Recomendado

Es una de las cantinas de mayor tradición no sólo en la Santa María la Ribera, sino de la ciudad. Sus paredes están repletas de fotos de José Alfredo Jiménez, quien trabajó aquí durante un periodo. Los meseros son de esos señores que llevan años trabajando en este lugar, por lo que conocen y consiente a la clientela habitual y a los primerizos, ellos se encargarán de que tu vaso nunca quede vacío. La comida merece mención aparte: ¡es deliciosa! Ya sea que ordenes un caldo de camarón, unas carnitas o antojitos, todo tiene muy buen sazón. Su carta es realmente económica, por ejemplo, un corte de arrachera (merecedora de aplausos) está en $90 y los tragos van desde $45.

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Centro

El Penacho de Moctezuma

Es una de esas cantinas que permanecen en el inconsciente colectivo de las generaciones mayores de la ciudad. Visitar El Penacho una tarde de sábado equivale a viajar en el tiempo mediante los acordes del bolero a la banda y de José Alfredo al pop de los noventa. Ver a gente entrada en los cincuenta entretenida por un animador puede resultar raro para quien no esté familiarizado con el ambiente cantinero, pero si eso fuera un problema, queda compensado con la comida. La carta hace salivar a cualquiera con el filete mignon, los pulpos a la gallega y el lomo de huauchinango a las brasas. Los precios son altos, pero las raciones generosas. Para tener una idea sólo hay que ver el tamaño de la milanesa oreja de elefante o la cazuela de arrachera con camarones gigantes, para dos personas. En cuanto a las bebidas, como en las buenas cantinas, es más fácil decir lo que no hay que el enciclopédico listado de alcohol. Los amantes del diseño dejen las expectativas en casa. Las extrañas figuras griegas de sus cúpulas y el enorme penacho de espejos del escenario son la escenografía para cualquier celebración alegre. El servicio, excelente. Los meseros son legionarios de la atención que no esperan a que levantes la mano. Además, los clientes consentidos –sí, existe una categoría así– tienen descuentos, reservaciones garantizadas y comida gratis en su cumpleaños.

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Guerrero
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La India

Apenas cruzas las puertas giratorias, el lugar se revela como un collage de compadres. En algún pasado reciente, el aspecto deteriorado de la zona le daba un aire de mala muerte, pero el remozamiento de las banquetas y la nueva línea de Metrobús la hace parecer como una estampa del siglo pasado envuelta en modernidad. Comiendo un caldo de jaiba, se escucha a algún trovador cantar “La que se fue” y otros temas musicales para dolidos. El escenario difícilmente podría ser más kitsch, empezando por la imagen que le da el nombre: un afiche de una india mexicana que más bien parece mezcla de una apache con una pin-up de los cincuenta, que posa sensual entre un sahumerio y una pirámide. El mobiliario es cutre, con una rocola de colores neón y gabinetes de vinilo que, eso sí, tienen espacio en sus patas para colocar bebidas. La comida no está lejos de esta descripción. Es austera pero segura. A los bien sazonados caldos hay que agregarles una lengua de res a la veracruzana y una mojarra frita. La coctelería es cumplidora, aunque los visitantes tengan aspecto de sólo pedir cubas. Entre las mezclas más interesantes está el orgasmo, que te permite el atrevimiento de poder pedirle uno a un desconocido. Los meseros son como halcones en los rincones del salón, esperando que tu plato de habas con chile quede vacío para volverte a servir.

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Centro

La Faena

Recomendado

Es un museo taurino pero no tiene nada que ver con la matanza de toros. “Faena” del latín “facienda” que significa “cosas que hay que hacer” nos deja en claro que una cosa que hay que hacer es visitar esta cantina-museo taurino que junto con El Bar Mancera -a sólo una puerta de distancia- son consideradas dos de las cantinas más antiguas y tradicionales del Centro Histórico de la Ciudad de México. Eso sí, mientras el Bar Mancera conserva el espíritu de hombre elegante de los años veinte con monóculo y whisky en mano, La Faena, sin afán ni pretensión de modernizarse, da paso al descascaramiento de los pósters taurinos, las vitrinas de trajes de luces que decoran el lugar y; permite que convivan tranquilamente teléfonos de madera empolvada de inicios del siglo XX con sillas y mesas de plástico, la caja registradora que triplica la edad de los asistentes más jóvenes, óleos de temas taurinos y un altar a la virgen de Guadalupe que está enmarcada por una serie de foquitos que se pudo haber escapado de algún árbol navideño para alumbrar la vitrina guadalupana.  Ambos lugares comparten ubicación en lo que fue el Palacio del Marqués de Selva Nevada y que a finales del siglo XIX se adaptó todo el interior para dejar en el pasado a los marqueses y transformarse en el Hotel Mancera. La Faena se fundó en 1954 y fue el lugar de reunión de los integrantes de la asociación mexicana de novilleros, razón por la que ahora ostenta el título de cantina-museo taurino. La carta de comida y bebidas

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Centro

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