La vendedora de frutas, de Olga Costa (1951) Museo de Arte Moderno
Foto: Cortesía
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Las siete obras imperdibles del Museo de Arte Moderno

Piezas emblemáticas que han marcado historia y hablan de la fuerza creativa de México. Desde Kahlo a Remedios Varo.

Ángel Arroyo
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Entre las copas del Bosque de Chapultepec se esconde uno de los recintos con las mejores obras mexicanas de la historia: El Museo de Arte Moderno. En sus salas encuentras piezas de los grandes maestros como Rufino Tamayo, Remedios Varo y Frida Khalo. De las más de tres mil piezas que resguarda, hay siete que se han vuelto emblemas: obras que no solo marcan la historia del museo, sino que también hablan de la fuerza creativa de un país entero.

Te contamos cuáles son y por qué siguen cautivando

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Obras emblemáticas del Museo de Arte Moderno

Las dos Fridas, de Frida Kahlo (1939)

Pocas pinturas condensan tanta emoción como este doble autorretrato. Frida Kahlo se representa partida en dos: la Frida vestida de tehuana, orgullosa de su herencia mexicana, y la Frida europea, herida y expuesta tras su separación de Diego Rivera. Un corazón abierto une ambas mitades, como si el amor y el dolor fueran una misma vena.

Es hoy una de las piezas más buscadas por quienes visitan el MAM. Un testimonio de vulnerabilidad, identidad y resistencia femenina que sigue latiendo con fuerza.

Mujer saliendo del psicoanalista (Podría ser Juliana), de Remedios Varo (1960)

La pintura de Remedios Varo parece un sueño: una mujer de mirada serena abandona un consultorio de paredes imposibles, con símbolos que evocan la mente y el inconsciente. La artista, exiliada española que encontró en México su hogar y libertad creativa, mezcla aquí su fascinación por el psicoanálisis, la alquimia y la búsqueda interior.

Donada al MAM por Walter Gruen y Ana Alexandra Varsoviano, esta obra es una joya del surrealismo mexicano. Cada trazo invita a cruzar el umbral entre lo racional y lo místico, entre la terapia y la revelación.

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Autorretrato, de Rosa Rolanda (1952)

Rosa Rolanda, bailarina y pintora estadounidense que vivió gran parte de su vida en México, plasmó en este autorretrato su propia tempestad emocional. Con las manos sobre la cabeza y la mirada suspendida en el aire, transmite una angustia silenciosa —quizá el eco de su ruptura con el artista Miguel Covarrubias—.

Su pintura combina lo teatral con lo íntimo: un cuerpo en pausa, una mente que danza. En el MAM, esta obra brilla como un recordatorio de que el arte moderno no solo fue innovación formal, sino también confesión del alma.

Paisaje con piña, de María Izquierdo (1950)

Entre las figuras más entrañables del arte mexicano, María Izquierdo ocupa un lugar especial. Paisaje con piña pertenece a una etapa tardía de su vida, cuando una hemiplejia la obligó a aprender a pintar con la mano izquierda.

Lejos de detenerla, la enfermedad se volvió impulso. En esta obra, la fruta tropical —símbolo de abundancia y vitalidad— se convierte en metáfora de su espíritu indomable. Cada trazo imperfecto, cada color luminoso, es un acto de resiliencia y una celebración de la vida a través del arte.

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La vendedora de frutas, de Olga Costa (1951)

Una mujer rodeada de frutas multicolores domina el lienzo. Sus manos sostienen la cosecha del país: piñas, sandías, mameyes, guayabas, una sinfonía de color y textura. Olga Costa pintó esta escena con un doble propósito: exaltar la riqueza natural de México y reivindicar la presencia de la mujer como símbolo de fertilidad, trabajo y deseo.

Comisionada por el INBAL y exhibida en París en 1952, La vendedora de frutas es una de las obras más celebradas del MAM (y nuestra favorita personal). En su aparente sencillez se esconde una lectura subversiva: la mujer como fuente de vida y como sujeto de poder. Es además un deleite quedarte minutos nombrando cada una de las frutas que conoces.

Parábola óptica, de Manuel Álvarez Bravo (1931)

En el universo fotográfico de Manuel Álvarez Bravo, lo cotidiano se vuelve poético. Parábola óptica muestra el reflejo de una marquesina urbana en la que la palabra “moderna” aparece repetida como un eco.

El fotógrafo mexicano convierte esa simple palabra en una metáfora visual: el juego entre lo viejo y lo nuevo, entre la mirada y el objeto. Con humor y sutileza, Álvarez Bravo nos recuerda que la modernidad también puede encontrarse en un escaparate, en una sombra o en la mirada de quien observa.

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Homenaje a la raza india, de Rufino Tamayo (1952)

Este mural desmontable es el único de su tipo en la colección del MAM. En él, Rufino Tamayo sintetiza su visión del México profundo: figuras monumentales, tonos rojizos y violetas, y una energía que parece surgir desde la tierra misma.

Lejos del realismo social de sus contemporáneos, Tamayo apostó por una modernidad simbólica. En lugar de consignas, propuso silencio; en vez de héroes, presencias humanas que evocan la fuerza ancestral del país. Una obra monumental que marca el cierre perfecto del recorrido. Nos gustaría, eso sí, que tuviera un espacio más amplio de exhibición.

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