La guerra fría

Teatro, Experimental
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Time Out dice

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Juan Villoro retrata el Berlín de los 80 en el Museo Tamayo, utiliza una pieza de arte de Abraham Cruzvillegas y un disco de música de Lou Reed

Para el escritor Juan Villoro, Berlín es un mapa para perderse. Por ello, los protagonistas de su más reciente obra de teatro parecen estar perdidos no solamente en la capital alemana, en la que viven como okupas (paracaidistas), sino también en sus oficios, en sus relaciones de pareja, en sus lealtades, en sus fantasmas; en sí mismos, en su historia, en “la historia”. Gato y Carolina —el rockero y la performancera— viven el sueño punk de la Alemania de los 80 con toda la acidez de la época y de su circunstancia.

Nada de lo que vemos en escena le es ajeno al periodista, narrador y dramaturgo mexicano: él mismo vivió en la Alemania Occidental en el periodo que se sitúa el texto, 1982 y 1984. Desde entonces, su coqueteo con la cultura y la lengua alemana se ha volcado en sendos ensayos dedicados a la literatura y a la vida alemana, así como en las traducciones de textos de autores como Heiner Müller. Más aún, en sus crónicas sobre sus experiencias en el Berlín de entonces, se encuentran las huellas que Gato, Carolina y su amigo Bernardo avivan sobre la escena este 2019, rodeados por una pieza de arte contemporáneo, la Autodestrucción 8 (2015) del mexicano Abraham Cruzvillegas, y cobijados por el sonido áspero del disco emblemático de Lou Reed Berlín.

Mariana Giménez, experimentada actriz cada vez más instalada en la dirección, es quien junta las piezas artísticas del mapa villoresco y lo hace desde el caos, la estridencia y la elegancia: Logra un montaje que por momentos es sobreestimulante a la vista y al oído por la cantidad de universos que propone, pero se impone el espíritu intelectual y personalísimo del dramaturgo, pieza de la que la directora ya no es culpable. Giménez se aleja de todo realismo para enfatizar el simbolismo que ofrece el texto con todo y su selección musical deliciosamente ejecutada por Jacobo Lieberman, quien también actúa, por el siempre grato y eficaz músico escénico Alejandro Preisser y por los propios actores.  

En la sala 4 del Museo Tamayo, Giménez dirige a Mauricio Isaac y a Mariana Gajá, cuyos personajes evocan a Lou Reed y Laurie Anderson. Aunque sus recursos les permiten dar a Gato y Carolina dosis exactas de desencanto y desencuentro, hay algo que, irónicamente, se siente frío en esta dupla. Por eso, cuando él toca la guitarra y ella canta al más delicioso estilo de Patti Smith todas las piezas del mapa y del museo entran en comunión y nos regalan un viaje al interior de una Alemania claroscura, nubosa, espectral.

Las dos horas de recorrido por esta exposición nos dejan emociones encontradas frente a una certeza: el Berlín de los 80 es el mundo de hoy en día, con todo y sus muros, divisiones y desigualdades. Y de eso no hay Villoro que nos salve, aunque sus ironías literarias lo intenten.

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Por Enrique Saavedra

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