Nada siempre, todo nunca

Teatro, Experimental
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 (Foto: Cortesía de la producción)
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Una certeza: estamos fracasando. Con esta idea, el Colectivo Macramé invita a compartir nuestras vulnerabilidades mientras el tiempo se detiene. Nada siempre, todo nunca es un intento para detenerse y encontrarnos con desconocidos, para confiarles qué necesitamos y cuáles son nuestros deseos.

Estructurada a partir de un conjunto de acciones y tareas, la pieza insiste en la participación del espectador para construir la experiencia teatral. Las siete actrices en escena funcionan como enlaces entre la dramaturgia y el público, entre el texto y lo azaroso de cada función. Consiste básicamente en un proceso colectivo que se arma y reformula a través de una serie de instrucciones: cambiar la hora del reloj, pensar y escribir lo que deseamos, gritar o platicar con alguien.

La puesta tiene como tema central el tiempo en la vida contemporánea, su desgaste y la rapidez con la que ya estamos tan familiarizados: la poca oportunidad para disfrutar a plenitud, la falta de goce como un componente de lo cotidiano y la escasez de espacios para estar juntos.

Desde una perspectiva visual en Nada siempre, todo nunca hay varias imágenes que impactan en la mirada: un baile que nace eminentemente de la rabia y la rebeldía femenina; una mujer-casa que se desplaza encorvada, una mujer-tierra que ofrece su espalda como un lugar donde las plantas son más verdes.

A pesar de su preocupación por el espectador, esta obra es un conjunto de consignas que desatan en el otro la obediencia sin formar una experiencia comunitaria. ¿Qué hace el teatro para desvanecer los privilegios de la escena y provocar un encuentro igualitario?

Por Silverio Orduña

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