Carne y arena (virtualmente presente, físicamente invisible)

Arte, Digital e interactivo
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Carne y Arena
Foto: Cortesía Cultura UNAM

Nunca pensé rezar para salvar mi vida. Desde que accedo al auditorio Salón Juárez del Centro Cultural Universitario Tlatelolco sé que mi vida cambiará; aún sin entrar, mis pies tiemblan y no dejo de fumar. Pienso en los más de medio millón de personas que fueron deportados en 2016 en la frontera en busca de algo… ¿otra vida? Otro sueño, pero ¿cuál?

Es el primer cuestionamiento que hago sin ingresar a Carne y arena (virtualmente presente, físicamente invisible), pienso en mis primos que cruzaron a Estados Unidos para huir de Los Zetas, en Veracruz. Me da miedo saber qué vendrá.

Son las dos de la tarde y el calor no lo siento en la sangre; me hiele la cabeza. Tiemblo. El miedo invade mis manos y mi pecho. ¿Es dolor? Estoy en la sala blanca, fría. Me obligan a quitarme mi chamarra, despojarme de mis zapatos y aguardar. Cuento más de 40 pares de zapatos, veo de todo tipo: huaraches, botas. Suspiro cuando me topo con un par de tenis de niño, pienso: “este pequeño no tiene ni tres años”. Morrales de yute con garrafas de agua.

Cuatro años pasaron para que Alejandro González Iñárritu y Emmanuel “el Chivo” Lubezki concluyeran esta instalación que ha visitado la Fondazione Prada (Milán) y el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles (LACMA), pero mi cerebro no reconoce que es realidad virtual. Lo estoy viviendo, nadie me lo cuenta. Mi boca se seca. Descalza, es hora de acceder,  la alarma ha sonado.

Me colocan una mochila que sólo me recuerda a mi infancia cuando cargaba mis libros y esperanzas en ella. Ahora puede que estén truncadas. Es el hambre lo que me hará avanzar. Tengo el visor Oculus puesto; es momento de salvarme, pero de qué. De esta verdad que viven los refugiados  del mundo, los invisibles. Los sin nombre del mundo.

En el acto dos, estoy situada en el Desierto de Naco (Arizona), sin darme cuenta comienzo a orar; pido por mi familia y a lo lejos escucho a un niño llorar. Escucho a un hombre decir que le sangra la boca; otro dice que su cuerpo ya no puede, que no lo dejen morir. El desierto se lo devoró en el andar. Mis oídos se agudizan, parece que traigo unas bocinas inmersas en mis tímpanos. Es el instinto el que me está hablando: debes caminar. Avanza. Pero no puedo, el mismo niño comienza a pedir agua. “Agua, quiero agua. Tengo sed”. No puedo dejarlo solo. Somos nueve y nueve debemos cruzar la muralla.

Comienzo a escuchar helicópteros. “Corran”, lo intento, pero caigo al lado de una cactácea menor. Obvio no me cubre. Me encojo; ladra un perro entrenado a menos de un metro de mí. Mis acompañantes hablan en su idioma, no descifro qué dicen. Un vigilante armado nos grita: “Get down, get down”. Es un policía fronterizo que pide que nos agachemos. ¿Quién es el pollero?, pregunta. Grita. Un balazo.

Me percato de que nadie me ve. Estoy ahí pero nadie me observa. Rezo. ¿Quién vendrá por mí? Recuerdo la cédula introductoria de la instalación con la siguiente frase de Iñárritu. “Se diluye el límite bidimensional”.

Escucho un zumbido. Estoy sola, respiro arena. La patrulla se llevó a los demás. ¿Y, ahora? Sólo me queda caminar sola. El sueño de los demás quedó incompleto. Pero y ¿el mío? Acaba el segundo acto. Tiemblo. Salgo de la escena y me enfrento con otra sala. Nadie me recibe. Encuentro 8 pantallas con nueve rostros distintos. Son las personas que caminaron conmigo: Lina, Selena, Yony, entre otros. “Yo creí que iba de vacaciones”, “vi morir a un anciano en la carretera”, “tu foto o tu vida”, finaliza Yony. Aguardo la salida, es momento de continuar.

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Por Nalleli I. Zárate

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