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Bares para salir en martes en el DF

Lugares para soltar el estrés de la semana

Barba Azul

Recomendado

Qué maravilla los cabarets. Qué maravilla el Barba Azul. Puedes ir en martes y sentir que es sábado. Puedes ir en sábado y sentir que la noche será eterna, que eres un personaje de película de ficheras. La noche del DF no ha perdido su personalidad original, esa que es sórdida, sucia y encantadora. Pedir canciones cuesta treinta pesos. Te las dedican o las cantas. Un amigo envalentonado cantó "Yo no sé mañana" y recibió aplausos. Luego, miradas cuando bailó con soltura con una chica enfundada en ajustado vestido negro. Segundos antes, ella esperaba sentada y solitaria al gallardo caballero que la invitara a pasar con él a la pista a cambio de 20 pesos por pieza, con todo y orquesta en vivo. Vaya que bailaron bien. En un inmueble ruinoso en una esquina de la Obrera, el Barba Azul es un heroico sobreviviente de la era del cabaret a la que el tiempo le ha causado estragos: madera roída, escaleras crujientes, pisos que por más que se limpien siempre se verán sucios… pero también paredes en las se presienten historias increíbles y rastros de glorias pasadas que nutren de magia su decadencia actual. Pagas 180 pesos por una cubeta de seis chelas, sal, limón y ya no necesitas más para que la noche deje la normalidad y te invada esa conocida sensación de que algo está a punto de pasar. Este sitio es la mejor locación para que no te des cuenta cuando la irrealidad te alcance.

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Obrera

Cassius

El ingeniero Cassius Clay Lamm fue uno de los primeros habitantes de la Roma. Además de construir algunas de sus edificaciones más emblemáticas –como la actual Casa Lamm–, fue corresponsable de su trazo original. Pero el de este bar es otro Cassius: un señor oriundo del barrio que pasó su vida viajando y que, a sus setenta y tantos, regresó a poner un negocio para compartir esas experiencias. Con ese concepto y personalidad apareció este bar al pie de Casa Roma. Aunque no hay letrero en la calle y la puerta –de madera y vidrio– permanece cerrada, uno puede asomarse y de inmediato sentirse bienvenido, como si el viejo Cassius te dijera: “¡Pásale! Estás en tu casa”. La especialidad de la barra es el vino espumoso y los cocteles hechos a partir de esta bebida. Destaca el mexican curious (con sangrita casera, guayaba y jengibre) y el doctor s (con jugo de moras y naranja, amargo de angostura y hierbabuena). Con otros alcoholes, hay que probar el holy moly (mezcal con infusión de habanero, pepino, sal de gusano, hierbabuena y soda), el dirt and blood (ginebra, jugo de toronja, tamarindo y un toque de clavo) o el gin tonic que tú mismo te preparas con la tabla de ingredientes que llega con la bebida (pepino, romero, naranja, albahaca y limón). La fruta con la que los preparan es fresca, y los bartenders son hábiles, platicadores y simpáticos. Sentarse frente a ellos es buena idea. Para comer, hay entrepanes llamados bardots (porque Cassius estaba enamorado de Brigitte, el muy pil

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Roma

Felina

Recomendado

El Felina es uno de esos bares que he visto crecer. Me acuerdo de él, por allá de 2009, y recuerdo que sentí orgullo de mí misma por haber encontrado un rincón de la Condesa que carecía de pretensiones y precios absurdos. Desde entonces, la selección melódica de ese localito -como boogaloo y soul- ha sido impecable. Tras una remodelación a principios de 2015 (en la que cambiaron la entrada a Baja California e hicieron los baños y la barra más cómodos), Felina regresa. Su menú de coctelería, que ya era una referencia en la ciudad, se ha sofisticado bajo el cargo de su nueva bartender, Jane. Además de los clásicos, hay que probar el double roses gimlet, un trago refrescante con ginebra, limón amarillo, Lillet Blanc, agua de rosas y una rama de romero; y el hanky panky 24, fuerte por el fernet que se acompaña con ginebra, vermut rojo y Mandarine Napoleon. Para qué engañarse: esos tragos a media luz, son invitación al romance (aunque sea al de una sola noche). La clientela ya no es la que busca fiestón loco, sino el disfrute de un buen trago al terminar el día. Los años han pasado sobre Felina y sobre quienes nos hemos ido y vuelto a él. Casi todo ha cambiado desde que abrió (yo creo que para bien). Afortunadamente, la música sigue igual.

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Condesa
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San Luis Club

Con un gran letrero luminoso presumen de ser “su lugar romántico de México”. Esta es la entrada a un salón de baile con 73 años de tradición. Su aire retro de inmediato transporta a una época de machos y ficheras. Una mujer ataviada con un vestido negro aterciopelado recibe a quienes ingresan a este submundo ficheril. La decoración es igual a la de cualquier cabaret estancado en los años cincuenta: luz tenue, tonos rojizos, espejos en las paredes y chicas de falda corta sentadas en las piernas de los comensales u ofreciendo un baile por 30 pesos. Además de grupos de señores que pagan por la compañía de alguna chica, también van congregaciones de hipsters y expertos en salsa que acuden para bailar con música de orquesta en vivo. Por aquello de la ficha, no hay que extrañarse de que pidan consumo mínimo (puede ser de hasta 400 pesos), o que un refresco chico o una cerveza cuesten 55 pesos. Todo esto son pequeñeces por la experiencia de ser parte de un lugar donde el tiempo parece haberse detenido.

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Roma

Balmori Roofbar

Cuenta la historia que, en los años veinte, había un pillo de la Roma famoso por sus bromas, fiestero, ligador, multimillonario y compadre de Porfirio Díaz (extraño, ya que el expresidente murió en 1915 exiliado en París). Se llamaba Carlos Balmori y aprovechaba su fama de magnate para hacer travesuras que mostraban hasta dónde podía llegar la avaricia de la socialité mexicana. Después de hacer sus bromas (conocidas como “balmoreadas”), el hombre se quitaba el sombrero y el bigote falso y mostraba su verdadera identidad: una viejecita de más de 60 años llamada Concepción Jurado. El nuevo rooftop de la Roma retoma su nombre y rinde homenaje a este personaje. Balmori es un mix de las fórmulas de los bares más exitosos de la colonia: la terraza y diseño de Romita Comedor, la vegetación decorativa de Biergarten, la historia de un personaje del siglo pasado como Cassius, el concepto de bar de cocteles que nos tiene fascinados y el peltre de cada día. Por las tardes, hay un menú de tres tiempos por 150 pesos, rayos de sol cortesía de la casa. Hay cocteles interesantes, como el de xoconostle, con guayaba y mezcal, y, el mejor –que no está en la carta–, el pramble (gin, jugo de limón y licor de frambuesa). En general, decentes pero olvidables, al igual que su comida, que va desde edamames hasta hamburguesas rellenas de queso. El volumen de la música electrónica crea el resto del ambiente, pues es justo el nivel que te convence de tirar todas las preocupaciones por la borda, pedir

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Roma

Jules Basement

Recomendado

Cruza un restaurante hacia la cocina, abre la puerta de un refrigerador y baja las escaleras de un sótano para descubrir el bar del que todos están hablando...en secreto. Oculto e íntimo lo describen bien, pero no pienses en algún bar clandestino e ilegal del Centro, como El Hoyo, la taquería de día/bar de noche; o la vecindad donde se venden libros pero que también ofrece alcohol y drogas conocido como Las Escaleras, o el llamado Café Internet. Esto es otra cosa, otro nivel: es un secreto VIP. Este misterioso establecimiento, de nombre Jules, se dio a conocer únicamente de boca en boca entre un selecto y conocedor círculo social de la capital. Desde su inauguración en enero de 2012, Jules se jacta de ser el primer speakeasy en México. Los speakeasy eran bares escondidos que vendían bebidas alcohólicas durante la época de la prohibición de Estados Unidos entre 1920 y 1933. Con el paso de los años, lo que alguna vez fueron una suerte de guaridas secretas para beber, posteriormente se convirtieron en refinados y exclusivos espacios de reunión. Estos bares de prestigio en las grandes ciudades, como el Club 21 en Nueva York, llegaron a tener clientela tal como los presidentes de Estados Unidos, o estrellas como Frank Sinatra. Con tales pretensiones, Jules pone la vara muy en alto en torno al ideal por el cual fue creado. A pesar de escuchar buenos comentarios al respecto, antes de visitarlo personalmente, era difícil imaginar que podría llenar el saco en el que se había metido

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Polanco
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Parker & Lenox

La vida no hubiera sido igual sin los speakeasies. Fue dentro de esos bares clandestinos de la Prohibición que se crearon algunos de los grandes cambios sociales del siglo pasado. El jazz inundaba el aire y la música propiciaba uno de los primeros pasos para la integración racial; las mujeres comenzaban a beber en público frente a los hombres y la mayoría olvidaban los corsets y el pelo largo para adoptar la moda “varonil” de las flappers; la creación de cocteles arrancaba con mayor intensidad para esconder el sabor del gin casero con jugos de frutas y miel. La Primera Guerra Mundial por fin había terminado y la generación postbélica sólo quería divertirse en el boom económico que se respiraba. Una nueva generación había nacido. Por suerte para los millennials del DF, podemos regresar a los bares de los veinte sin tener que esperar un carruaje en París a la medianoche. Los speakeasies –o al menos los bares inspirados en ellos— aquí siguen emergiendo para sumergirnos en jazz y hedonismo. Uno de ellos es el recién abierto Parker. Para llegar, primero hay que entrar a un restaurante de una cocina americana llamado Lenox, en la Juárez. Después, hay que cruzarlo hasta llegar a unas puertecillas, abrirlas, y caminar por un pasillo oscuro. Entonces se despliega una bodega amplia y elegante a la que bien podría haber ido el Gatsby contemporáneo, con una larguísima barra, sillones de terciopelo, mesitas de madera y un escenario con cortinas rojas. Lo mejor: a pesar del concepto, no

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Juárez

Linares

Belmondo, Félix y Salinger (algunos de los bares más populares de la Roma-Condesa) tienen un nuevo hermanito inspirado en el norte del país: Linares. El recién nacido nos dio una grata sorpresa: es relajado y sin pretensiones. La mezcla de rock gringo y reggae a volumen platicable ayuda al mood post oficina o precopeo. Un local bastante reducido con lámparas de mimbre y mesas largas de madera aportan el toque íntimo: todos somos parte de la misma fiesta. La carta es pequeña, pero tiene los munchies y los tragos necesarios para pasarla bien. Hay cervezas de fábrica y artesanales, como Tempus, Minerva y BocaNegra; mezcal Bruxo, y otros licores como vodka, whisky y brandy. Los cocteles son de corte clásico como caipirinhas, sangrías y margaritas. Si bien no son innovadores, están hechos con ingredientes frescos y medidas precisas. El carajillo shake, mezcla ligeramente espumosa de mezcal y espresso, lleva las cantidades justas de ingredientes para lograr un equilibrio entre ambos sabores. Lo más norteño está en la comida: hay carne deshebrada por aquí y por allá. Las chimichangas llevan una porción de esta, condimentada con laurel y envuelta en harina frita. Definitivamente, fueron mis consentidas. Los ignacios (nachos regios) vienen espolvoreados con queso ranchero, crema, frijoles, pico de gallo y carne. También tienen chips de jalapeño, empalmes de picadillo, chicharrón de arrachera y un par de opciones vegetarianas. Es buena idea pedir variedad y compartir. Un mesero bue

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Roma

Cantina Riviera del Sur

“Hermosa flor de pitaya, blanca flor de saramuyo, en cualquier parte que vaya, mi corazón es tuyo. ¡Bomba!” Los manjares de la península yucateca son la especialidad de la nueva cantina del Pata Negra, por lo que tuve que comenzar dedicándole un tradicional verso a esta comida. El lugar es muy amplio y vistoso desde afuera, con grandes ventanales en la entrada. Una vez que los cruzas, se esboza una locación perfecta para filmar una película de ficheras. Parece un espacio viejo pero intacto: madera obscura, mesas de dominó, una barra que sería el sueño de las leyendas de la cantina como José José, y paredes adornadas por murales tropicales, paisajes de palmeras que se contonean con ritmos latinos como salsa. Probé los clásicos del menú. A pesar de su calidad, podrían mejorar. La sopa de lima estaba un poco salada y le hacía falta pollo; la cochinita, un poco seca. No estaban mal, pero les faltó un toque extra, algo que los hiciera especiales. El salón es tan grande que, a pesar de que el servicio es muy bueno, los meseros no se dan cuenta cuando llegas y tardan en atenderte. Yo, por ejemplo, tuve que pararme y levantar la mano para que me hicieran caso un par de veces. Aun así, la Riviera del Sur no deja de ser una buena opción para sentirse perdido en los setenta y comer y beber con poco dinero.

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Roma
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Salón Covadonga

Durante décadas fue una apacible cantina cuyos clientes se dedicaron a envejecer al tiempo que bebían y jugaban dominó. Pero algo pasó a principios de los dosmiles. Una cada vez más nutrida banda de escritores, cineastas, artistas plásticos, diseñadores, arquitectos, periodistas, bellas modelos extranjeras y personajes afines, fueron arrinconando a los parroquianos originales, y por esa costumbre informal de beber antes del fin de semana, se instauraron los “jueves de Covadonga”. Por unos años, los jueves a la medianoche se volvió prácticamente imposible moverse entre el tumulto de covadongueños que brincaba de una mesa a otra, saludando a los colegas del gremio. Un ambiente en extremo animado y sociable, por demás inusual si consideramos que la decoración tiene el mal gusto de un consultorio médico, las luces que iluminan el sitio son tubos de neón tipo oficina y que no se escucha música alguna, sino únicamente el ronroneo de las conversaciones y el plim plim de los cubiertos. Entre esa multitud se mueve un pelotón de meseros increíblemente diestros y de memoria prodigiosa. En algún momento, a la usanza de muchas cantinas, la fiesta se interrumpe cuando alguno de los clientes grita a todo pulmón el nombre de otro comensal. Pongamos por caso: “¡Juan Pérez!” A lo que los cientos de presentes, a coro, responden: “¡Uleeeero! ¡Uleeeero!” (bueno, la palabra no empieza precisamente con U), y luego vuelven tan campantes a sus conversaciones. Pero de un par de años a la fecha eso y

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Roma
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