Descubre las loncherías, las mejores tortas ahogadas y chiles en nogada en la Ciudad de México.

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Comida mexicana en la CDMX
El taco primordial, tema del que se desprenden todas las variaciones habidas y por haber, es el taco de sal: tortilla calientita del comal, bien enrollada con sal al gusto, y a la boca. El mejor que he comido en un buen tiempo es de Maizajo, la tortillería del chef Santiago Muñoz.
Su idea es investigar las múltiples variedades de maíz criollo mexicano cultivado sin agroquímicos, afinar procesos de nixtamalización para cada una, difundir los resultados y crear un modelo de negocio exitoso que se pueda replicar en futuras sucursales. La docena de tortillas que me llevé —recién hechas a mano con masa 100% de nixtamal, sin harina— estaban elaboradas con maíz blanco queretano de las milpas de María Elena Lugo, madre del chef de Nicos, pero otro día te pueden tocar de maíz rojo o azul de Milpa Alta y de otras localidades. También venden masa por kilo y unas salsas buenísimas de habanero, chipotles dulces y jalapeño con verduras en escabeche, elaboradas de manera artesanal por la mamá de Santiago. Además, pronto habrá talleres de nixtamalización y visitas a las milpas, para que todos conozcamos más sobre nuestros maíces.
¿Qué es?
Un restaurante que hace homenaje a la gastronomía de cantina del noreste del país. Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas se hacen presentes en vinos, destilados y, por supuesto, en la carnita asada.
¿Por qué nos encanta?
Aunque la carta es breve, todo se imagina delicioso desde que lees la descripción. Imagínate un arroz meloso con chicharrón norteño, una ensalada con machaca o una carne asada como solo los regios saben hacerla. Otro aspecto que amamos es que toda la carta de bebidas, incluidos vermuts, vinos y destilados mexicanos son de proyectos mexicanos.
¿Qué pedir?
Además de lo que ya mencionamos, hay platos que hacen gala del gran producto de las aguas de Ensenada, como los mejillones o el aguachile. Pero la que verás en cada una de las mesas, además de la suave carne asada con una costra de ceniza de maíz, es la ensalada Fierro, que consta de lechugas frescas, aderezo de chiles fermentados, bastante machaca y queso parmesano. Para el calor, no tiene falla.
Antes de partir, el que ya es el postre emblemático son las fresas con crema, servidas separadas, para que untes las fresas con una súper aireada crema de coco que llega en una linda copa.
Time Out Tip: Aunque la carne es la especialidad, pero no dejes de probar su pollo rostizado con chiles fermentados.
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Cobarde es un restaurante que comenzó en Puerto Escondido, se hizo famoso y galardonado Oaxaca como Bib Gourmand de la Guia Michelin, y ahora comienza una nueva etapa en la CDMX, pero siempre con el mismo estilo irreverente y atrevido. Aquí el fuego alcanza hasta 500 grados y cada plato sale cargado de carácter.
La experiencia arranca con su curaduría de mezcal, que prioriza el respeto a los productores oaxaqueños. El menú del Chef Pako Cortés es fine dining con espíritu pop: una mezcla explosiva de sabores mexicanos con influencias asiáticas, del Medio Oriente y de Europa del Este.
Para comenzar, entra con el tartar especiado con 16 especias y pan naan… un bocado intenso que se disfruta mejor envuelto en lechuga y limón. Después, la trucha salmonada envuelta en hoja santa con chintextle oaxaqueño. La suavidad del pescado se encuentra con el picor y el frescor herbal en un balance sorprendente.
El pulpo con tuétano al habanero sobre coliflor rostizada. La textura del mar se potencia con el toque untuoso y picante del tuétano. Y para terminar, una de las inspiraciones de los viajes del chef: el cremoso de aguacate con ciruelas y gel de limón… ácido y dulce al mismo tiempo, es el cierre perfecto para la experiencia.
La vibra: la propuesta gastronómica de Cobarde en CDMX combina mezcal, fuego y sabores memorables desde el otro lado del mundo en un espacio minimalista, ya que el protagonismo está en los platos.
El plato: el cuello de pato relleno al estilo carnitas es jugoso,...
En esta gran oleada de taquerías hipsters, hay que aventurarse a probar cada propuesta, como hicimos en esta ocasión con Tacos Nene, una taquería con una estética que recuerda a una juguería mexicana antigua. Además de hidratarte, aquí puedes curártela con una sabrosa licuachela. Esta vez conocimos su nueva sucursal a un lado de Plaza Delta.
Dentro de la carta, cuentan con gringas, alambres, tortas, cazuelas, sopas, volcanes, chilaquiles, huaraches, gorditas, flautas, aguas frescas, chelas y, por supuesto, tacos al carbón como los Nene (con tortilla de harina, queso y guacamole). Todos se sirven con una tortilla hecha a mano y tienes la opción de que, de guarnición, te los sirvan con papas a la francesa o nopalitos. Se sabe que en un buen taco la salsa es fundamental, y aquí hay tres de la casa: una de guacamole (la más recomendada), una de morita y otra de árbol.
Nosotros le dimos un mordisco a varias cositas, pero nuestro taco favorito fue el de pastor, con tortilla de tamaño mediano. Lo acompañamos con unas cebollitas y un poquito de guacamole.
La vibra: un lugar con una estética preciosa, súper amplio, bien iluminado, con calidad de ingredientes y gran servicio.
El plato: las papas a la francesa, que son más ligeras de lo usual, recuerdan a esas que te dan los domingos en el tianguis junto con tus tacos de cecina, pa' que amarre.
El trago: tienen de todo tipo, hasta coctelería, pero te recomiendo la megachela, una caguama servida en tarro o licuadora, con cubierta de...
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El corazón puesto en un menú que honra la memoria no se puede esconder. De Savvia primero hay que mencionar el espacio, cuyo diseño integra arquitectura, familia y geografía de forma impecable y limpia sin dejar de ser cálido gracias a las fotografías de generaciones pasadas. A cargo del diseño está el despacho WORC, el elemento principal es una mesa en forma de media luna que invita a reunirse en comunidad o conocer nuevas personas.
Lo siguiente es hablar de la cocina de la chef Kiara Mosqueda, quien en un menú corto nos devuelve a los guisos de las abuelas con un toque original, para muestra los envueltos de calabaza en salsa espesa de piña tatemada. Con sus notas picantes y ahumadas, la salsa me recordó al olor del la piña del agave al cocinarla en el proceso del mezcal.
Seguimos con las gorditas de nata con albóndigas, se sumergen en un caldillo de jitomate que no esconde su hechura lenta. De los fuertes, nos decidimos por las chuletas con puré de papa y una mermelada que va cambiando de fruta de temporada, en nuestro caso fue de guayaba. Cerramos con el postre de gaznates, en el que te puedes imaginar el placer de bañarlos en chocolate líquido.
A la cocina se suma un interesante menú de bebidas que rescata la tradición al utilizar tejuino, cacao o rompope, y adaptarlos al ahora. De martes a viernes hay un menú del día de tres tiempos ($200 pesos aprox.), ya que cualquier día es una ocasión especial para disfrutar de este hermoso espacio.
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Pareciera que han estado entre nosotros durante siglos, pero la historia de los huaraches está muy bien documentada y no han cumplido ni los cien años.
Resulta que son invención de la señora Carmen Gómez Medina, quien tomó un tlacoyo y lo llevó al límite, agrandándolo de tamaño y friéndolo en aceite o manteca. Como Pokémon, el tlacoyo evolucionado recibió el nombre de lo que más se le parecía: un huarache. Esto ocurrió cerca del mercado de Jamaica, donde sus hijos siguen sirviendo huaraches en decenas de variedades, y donde también hay más oferta de huaraches para que puedas escoger sin miedo.
La casa del huarache primigenio no se queda atrás en las propuestas de huaraches. Desde 1935 en la calle de Torno, donde todavía quedan talleres con torno, este local sirve huaraches originales rellenos de frijoles espectaculares, como si fueran maneados.
Hay muchas opciones y para ir a la segura es algún huarache que lleve queso Oaxaca, que llega derretido y para comerlo hay que estirarlo y estirarlo. El huarache campestre, lleva champiñones y de las dos salsas que te ofrecen, no decepciona para nada.
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Este pedacito de Oaxaca fue traído por la chef Marahí López, que desde el Istmo de Tehuantepec nos ha dado uno de los restaurantes más fieles a la comida oaxaqueña.
Algo que me gustó de Comixcal es lo amigable de su carta; no solo te dice qué ingredientes lleva cada plato, también de qué región de Oaxaca proviene. Ensucié la colorida mesa con las garnachitas istmeñas; cinco tortillitas fritas, coronadas con carne de res deshebrada, cebolla y queso oreado —¡Dios, salivé solo de recordarlo!—; crujientes y perfectas para abrir el apetito.
Después llegaron las costillas ahumadas con ramas de limón agrio del Valle Nacional de Tuxtepec, con dos cazuelitas; una de arroz y otra con frijoles aromatizados con hoja de aguacate y picositos. La combinación de lo ácido y crujiente de la carne se mezcló a la perfección con lo dulce y picante de los frijoles.
Como tip: Pregunta por sus cervezas oaxaqueñas Tierra Blanca. Yo me bajé lo enchilado con la Tierra Ahumada; una stout con notas de café.
A cargo del chef Ricardo Muñoz Zurita, conocido también como el antropólogo de la cocina mexicana por su trabajo de investigación y rescate a las tradiciones culinarias, este proyecto gastronómico no podría estar en mejores manos. Se trata de una variante de la serie Azul, que inició con el ya clásico Azul y Oro, en Ciudad Universitaria.
Alojado en una casona que perteneció a Francisco Sergio Iturbe, mecenas del arte mexicano del siglo XX, Azul Histórico ocupa su patio central, a la sombra de un techo de laureles. En sus paredes se encuentran dos piezas de grandes artistas mexicanos, “Las comadres”, del escultor Mardonio Magaña, y “El holocausto”, mural del pintor Manuel Rodríguez Lozano.
El Azul no es un restaurante de mantel largo. Es más, no hay manteles. Las mesas de madera desnuda portan sólo grabados de los nombres de las calles aledañas a la zona. Sobre ellas se sirve cocina mexicana de autor. Entre los platillos más populares están los buñuelos rellenos de pato bañados en mole, los panuchos de cochinita pibil, el chichilo negro de chile chilhuacle servido con venado y el pastel de chocolate acompañado por helado de queso gorgonzola.
Además del menú tradicional, cada mes se presenta un festival gastronómico distinto, dedicado a un ingrediente o cocina regional.
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¿Es necesaria una taquería más en la ciudad? La verdad es que no sabemos decirle que no a un buen taco, así es como me topé en la calle de Río Lerma, muy cerca del Ángel de la Independencia, un local pequeño, acogedor y muy colorido llamado Pastora Casa de Trompos. Como su nombre lo dice, se especializa en tres tipos de trompos: de morita, de pastor y árabe; la gama salsera también llegó con innovación: morita con canela, chile mulato tatemado, habanero con cítricos y serrano con cilantro. El plus, frescas tortillas hechas a mano.
De entre las aguas de sabor que manejan me fui por la altamente recomendable de horchata ($29) y una acidita de frutos rojos ($29), pero si quieres calmar el calor hay chelas artesanales.
Probé las tres especialidades ($19) y aunque la carne de pastor se sentía un poco seca y el de morita traía un sencillo picor, el árabe en tortilla de harina ganó con su salsa tzatziki (de pepino y yogurt). Todo armoniosamente acompañado del jugo de carne ($50).
La versatilidad de Pastora se complementa con el resto de la oferta comilona, con volcanes, tortas y alambres, pero irme por el taco de rib-eye ($35) fue la mejor decisión, con jugosa y suave carne de excelente sazón.
El ticket para irse bien bien comido es menor a $200, así que vale la pena explorarlo si godineaz por el área o buscas una comida amigable con el bolsillo. Tal vez, además de necesitar una taquería más en la ciudad, nos hacía falta una casa de trompos. Teresa López
La expresión “huele a pan” toma un sentido completamente diferente cuando pasas por esta panadería, especialmente entre 1 y 3pm, pues es la hora de la comida de los oficinistas en la zona de Barranca del Muerto. La calle no sólo huele a pan, sino que huele a toda la gama de aromas que un horno puede expedir; como especias, levadura y alguna salsa. Esto se debe a la bipolaridad de la Hogaza, porque de ser una panadería en Plateros (a la vuelta), expandió sus horizontes para ofrecer más delicias que combinen perfectamente con un pan fresco y recién horneado en este restaurante. Ahora puedes disfrutar de ambas modalidades.
Todos los panes como cuernitos, baguettes, pasteles y tartas de la panadería, también los puedes adquirir aquí.
Este restaurante tiene una terraza con un par de mesas y en el área interior unas cuantas más para que comas y bebas café chiapaneco recién hecho. El menú es como el de una fonda y los precios lo sustentan. Para desayunar hay chilaquiles con pollo o huevo, a 40 pesos. Tienen todas las posibilidades de revoltura con huevos: con chorizo, salchicha, tocino y hasta espinacas. Si tienes el estómago delicado pide un plato de frutas surtidas con queso cottage. En realidad, yo probaría los molletes porque el pan es excelente y en el menú los anuncian con “con pico de gallo y un toque de especias”.
Para comer la cosa se pone aún mejor, hay ciabattas con jamón de pavo, serrano y de pechuga; probé la de salami artesanal con queso manchego y quedé mucho más...
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