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Los mejores bares nuevos de 2014

Cómo, ¿no has ido? Cumple tu último propósito del año: visitar los lugares que refrescaron la vida nocturna del DF

Gin Gin

Recomendado

“El gin tonic ha salvado más vidas y mentes de hombres ingleses que todos los doctores del imperio”, dijo alguna vez Winston Churchill quien —además de ser un gran líder político— era un loquillo al que le encantaba bromear, razón por la que decía cosas como la anterior. Todos sabemos que el gin tonic no sólo ha salvado las vidas y las mentes de ingleses, sino de gente de todo el mundo, incluyéndonos a los mexicanos. Es cierto que nosotros tenemos el tequila y el mezcal, pero ambos están destinados a la fiesta absoluta o al tratamiento contra el mal de amores. El gin es para otros momentos. Es uno de los destilados favoritos por su frescura, su suavidad y las benévolas bayitas de enebro de las que está hecho y que, desde épocas ancestrales, se consideran medicinales (punto extra para Churchill). Así que podemos concluir que el Gin Gin es una suerte de botica disfrazada de bar, cuya carta presume una gran variedad de pócimas curativas en forma de gin tonics que, si bien respetan al clásico (hecho con gin, agua tónica y una rodajita de limón), nos regalan nuevas maneras de disfrutar este viejo gran trago. Tres imperdibles son el vellocino de oro (gin, aceitunas, romero, aceite y rodajas de limón griego y agua tónica), el acapulco golden (gin, infusión de mate y coco y agua tónica) y el acidito mexican pimms (gin infusionado con rooibos y frutos rojos, cinzano, extracto de jengibre, jarabe natural, jugo de limón, mix de frutas y ginger ale casero, decorado con un trébol comes

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Roma

Parker & Lenox

La vida no hubiera sido igual sin los speakeasies. Fue dentro de esos bares clandestinos de la Prohibición que se crearon algunos de los grandes cambios sociales del siglo pasado. El jazz inundaba el aire y la música propiciaba uno de los primeros pasos para la integración racial; las mujeres comenzaban a beber en público frente a los hombres y la mayoría olvidaban los corsets y el pelo largo para adoptar la moda “varonil” de las flappers; la creación de cocteles arrancaba con mayor intensidad para esconder el sabor del gin casero con jugos de frutas y miel. La Primera Guerra Mundial por fin había terminado y la generación postbélica sólo quería divertirse en el boom económico que se respiraba. Una nueva generación había nacido. Por suerte para los millennials del DF, podemos regresar a los bares de los veinte sin tener que esperar un carruaje en París a la medianoche. Los speakeasies –o al menos los bares inspirados en ellos— aquí siguen emergiendo para sumergirnos en jazz y hedonismo. Uno de ellos es el recién abierto Parker. Para llegar, primero hay que entrar a un restaurante de una cocina americana llamado Lenox, en la Juárez. Después, hay que cruzarlo hasta llegar a unas puertecillas, abrirlas, y caminar por un pasillo oscuro. Entonces se despliega una bodega amplia y elegante a la que bien podría haber ido el Gatsby contemporáneo, con una larguísima barra, sillones de terciopelo, mesitas de madera y un escenario con cortinas rojas. Lo mejor: a pesar del concepto, no

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Juárez

Citizen Kane

Recomendado

Sobre Citizen Kane me preocupaban dos cosas: su ubicación y su nombre. Lo primero, porque Avenida de la Paz —refugio clásico de los noctámbulos sureños— suele tener una vida nocturna activa, pero irregular en calidad. La posibilidad de que este bar/antro fuera malo, era un volado temible. Mi segunda preocupación reforzaba la primera. Citizen Kane es una de las joyas más brillantes de la historia del cine y si el lugar, tan atrevido para ostentar ese nombre, no resultaba bueno, ardería Troya en mi interior. Por suerte, no fue así. Citizen y Kane (el primero un bar y el segundo un antro dentro de ese bar), resultaron una sorpresa positiva, sobre todo para la gente fresa del sur de más de 25 años. Citizen, con una decoración súper gringa de los años 20, tiene ese toque decandente-glam de la época de la Prohibición que nos tiene encantados a todos últimamente. Sus paredes de ladrillo con simulaciones de anuncios viejos pintados en ellas y su luz baja, recuerdan el imaginario de la noche de Chicago y Nueva York. Es perfecto para la cena y el precopeo. La especialidad de la casa es, naturalmente, americana. El skirt steak, jugoso y suave, es excelente, pero en general basta con unas alitas para acompañar cocteles frescos como el jebediah (pepino, albahaca, extracto de uva y mezcal) y el jimmy gin (gin tonic con miel de agave y romero). La música electro permite la charla, pero va empujando a todos al baile y es ahí cuando la dualidad del sitio entra al juego. Si los ánimos fies

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San Ángel
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Melody Nelson

Recomendado

“Ah! Melody, tu m’en auras fait faire des conneries…” En pocas palabras: “Melody, las pendejadas que me hiciste hacer”, o algo así cantaba el sexy Serge Gainsbourg en uno de los siete tracks que conforman Histoire de Melody Nelson; disco lanzado en 1971 donde cada canción estaba dedicada a una tal Melody que, decía Serge, tenía el pelo rojo natural. En fin, todo eso a cuento de que el nombre del piano bar que acaba de abrir en el Mercado Roma está —aparentemente— inspirado en esta joya musical. El lugar, quesque oculto en las entrañas del mercado (se ve de inmediato por los cadeneros), me recordó en diseño y arquitectura a algunos speakeasies de Chicago, lo cual es una referencia muy buena. Es un sitio pequeño, de look contemporáneo con guiños a los años 20, en donde da gusto estar. Hay una terraza-recepción, en la que uno puede estar muy cómodo bebiendo, charlando y fumando como chimenea previo a los conciertos. Aunque la entrada no es fácil porque hay que estar en la lista, ir con un amigo que esté en la lista o reservar en la página y ver si hubo cupo (el lugar es mínimo y tiene las mismas reglas del M. N. Roy, pues pertenece a las mismas personas), vale la pena intentarlo para escuchar algo de buena música. La cartelera, que cambia cada semana, no suele tener falla, ya que, me aseguró alguien del staff, “los que tocan el piano son los músicos de la maestra Alondra de la Parra”. Otra cosa que me recordó la movida nocturna de Chicago, fueron los precios de los cocteles.

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Roma

Cassius

El ingeniero Cassius Clay Lamm fue uno de los primeros habitantes de la Roma. Además de construir algunas de sus edificaciones más emblemáticas –como la actual Casa Lamm–, fue corresponsable de su trazo original. Pero el de este bar es otro Cassius: un señor oriundo del barrio que pasó su vida viajando y que, a sus setenta y tantos, regresó a poner un negocio para compartir esas experiencias. Con ese concepto y personalidad apareció este bar al pie de Casa Roma. Aunque no hay letrero en la calle y la puerta –de madera y vidrio– permanece cerrada, uno puede asomarse y de inmediato sentirse bienvenido, como si el viejo Cassius te dijera: “¡Pásale! Estás en tu casa”. La especialidad de la barra es el vino espumoso y los cocteles hechos a partir de esta bebida. Destaca el mexican curious (con sangrita casera, guayaba y jengibre) y el doctor s (con jugo de moras y naranja, amargo de angostura y hierbabuena). Con otros alcoholes, hay que probar el holy moly (mezcal con infusión de habanero, pepino, sal de gusano, hierbabuena y soda), el dirt and blood (ginebra, jugo de toronja, tamarindo y un toque de clavo) o el gin tonic que tú mismo te preparas con la tabla de ingredientes que llega con la bebida (pepino, romero, naranja, albahaca y limon). La fruta con la que los preparan es fresca, y los bartenders son hábiles, platicadores y simpáticos. Sentarse frente a ellos es buena idea. Para comer, hay entrepanes llamados bardots (porque Cassius estaba enamorado de Brigitte, el muy pil

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Roma

Black Pig

Dos años después de abrir las puertas de La Celestina, en Coyoacán, algunos de los socios del exitoso bar se unieron para crear la nueva promesa del barrio: Black Pig. Por el día, un restaurante texano; por la noche, un bar de atmósfera alternativa. La propuesta gastronómica se basa, como su nombre lo indica, en el cerdo: pulled pork –cocido a fuego lento durante 8 horas–, brisket, salchichas y costillas bbq. El resultado son carnes jugosas, buenas salsas y guarniciones (entre las cuales recomendamos el cole slaw y el chilli). Para maridar, lo mejor es una cerveza artesanal, como Buscapleitos o Yubarta. Los drinks se exponencian en las mesas conforme las luces bajan y los bartenders crean opciones personalizadas. “¿Qué trago te gusta? ¿Cómo lo quieres?”, acto seguido, tienes una interesante mezcla en tus manos, como un maracuyá sour (pisco con maracuyá) o un zarzarock (gin, guayaba y zarzamora). Su fuerte son los cocteles con base de gin. En el caso del zarzarock, lo amargo, lo ácido y lo dulce de sus ingredientes combinan a la perfección y lo convierten en un refrescante elíxir. Alrededor de las 7pm el volumen de la música sube y se inclina hacia el indie-rock. La idea es tener djs invitados cada semana. El público es joven (de 20 a 30 años) bohemio y relajado, aunque parezcan características redundantes en esta zona. Al caer la noche, principalmente de jueves a sábado, la música de los tres bares adjuntos (La Celestina, el Mezcalero y el Black Pig) se confunde y la fie

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Coyoacán
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Minibar

Es sábado por la noche y el local está tan lleno que hay gente desparramándose hacia la calle. ¿Algo similar al Félix? Los vemos de cerca y no, estos clientes son fresas, seguramente atraídos por el pop tipo Alfa 91.3 (Swedish House Mafia, Ghosts of Venice, Enrique Iglesias). El lugar, eso sí, es muy bonito: mobiliario sesentero, lámparas esféricas, piso de azulejo retro. De milagro hay una mesa disponible y nos la ofrecen con gran amabilidad. Nos explican que aquí todas las porciones son mini para probar mucho. Arrancamos con una hamburguesa de ternera y una de cordero. Son perfectas, con la carne casi cruda. Seguimos con una campiña, con huevito de codorniz y frijoles. ¡Maravillosa! También pedimos un ceviche verde, una tostada de marlin y otra de atún, y tacos de tatemado de pollo y camarón rosarito. Qué rico es todo, no podemos parar. Nos pasamos la comida con cocteles: un mango reyes (mezcal, licor de chile ancho y néctar de mango) demasiado empalagoso, y un chilibiscus mezcal (mezcal, Cointreau, jugo de mandarina, limón amarillo y jamaica), mucho más balanceado. Estamos tan felices que se nos olvida la horrorosa música de antro (al menos está a un volumen muy decente). En la siguiente ronda elijo un no te rajes (ginebra, jugo de limón, ginger ale, kiwi y chile verde), posiblemente el mejor trago de la casa. Mi novio ordena un whisky sour con la espuma del huevo perfecta. Luego le entramos al hot dog, a los toritos de camarón y al chorizo a la sidra. Este último nos

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Roma

Linares

Belmondo, Félix y Salinger (algunos de los bares más populares de la Roma-Condesa) tienen un nuevo hermanito inspirado en el norte del país: Linares. El recién nacido nos dio una grata sorpresa: es relajado y sin pretensiones. La mezcla de rock gringo y reggae a volumen platicable ayuda al mood post oficina o precopeo. Un local bastante reducido con lámparas de mimbre y mesas largas de madera aportan el toque íntimo: todos somos parte de la misma fiesta. La carta es pequeña, pero tiene los munchies y los tragos necesarios para pasarla bien. Hay cervezas de fábrica y artesanales, como Tempus, Minerva y BocaNegra; mezcal Bruxo, y otros licores como vodka, whisky y brandy. Los cocteles son de corte clásico como caipirinhas, sangrías y margaritas. Si bien no son innovadores, están hechos con ingredientes frescos y medidas precisas. El carajillo shake, mezcla ligeramente espumosa de mezcal y espresso, lleva las cantidades justas de ingredientes para lograr un equilibrio entre ambos sabores. Lo más norteño está en la comida: hay carne deshebrada por aquí y por allá. Las chimichangas llevan una porción de esta, condimentada con laurel y envuelta en harina frita. Definitivamente, fueron mis consentidas. Los ignacios (nachos regios) vienen espolvoreados con queso ranchero, crema, frijoles, pico de gallo y carne. También tienen chips de jalapeño, empalmes de picadillo, chicharrón de arrachera y un par de opciones vegetarianas. Es buena idea pedir variedad y compartir. Un mesero bue

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Roma

El Laberinto

Cuando me dijeron que los de El Imperial habían abierto un nuevo lugar, rompí mis pantalones nuevos. Se me hizo lógico encontrarme a esos rockeros solo comprendidos por sus groupies y morros que fueron a ver tocar a sus amigos escondiendo ánforas de alcohol en sus calzones. Estaba casi equivocado. Sí me encontré a esos rockeros, pero en su etapa de adultos contemporáneos: comiendo rico y escuchando jazz. Al pasar la puerta vi algunas caras conocidas. Estaba Charles Maldonado, de Los Dorados (uno de los mejores músicos que conozco), tocando el contrabajo con un trío de jazz, sobre un escenario bien montado y con un sonido impecable. La decoración del lugar es lo contrario a sus comensales: sobria. Paredes crema, mesas y sillas de madera, una barra rústica, un candelabro que recuerda al Imperial y una de esas paredes con colchón… ¡ah, eso de la locura! A pesar de su novedad, El Laberinto es una cantina tradicional. Sirven mariscos, caldo de camarón, chamorro y la clásica “oreja de elefante”. El guacamole con chapulines parece hecho con la astucia del Chapulín Colorado, excelente; una de las salsas sabe como si la hubieran hecho en el molcajete de la misma Valentina, pues pica parecido pero con un toque casero. Dicen que si la salsa es buena, el resto de la comida lo será. Así sucedió, desde las tortas hasta el salmón. Las bebidas de la casa son el mojito y el clamato con mezcal. No se necesita nada más complicado. El Laberinto es un gran lugar: bueno, bonito y barato, el f

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