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Crónica de 24 horas en la Ciudad de México

¿Te gusta vivir de noche? Te invitamos a dejarte seducir por la ciudad cuando la mayoría de las personas duermen

Foto: Iván Macías

Hay un lugar donde se reúnen los insomnes, los entusiastas de la fiesta y los apetitos con jet lag: la noche.

No es ningún secreto, las grandes metrópolis nunca duermen. Aunque es más preciso decir que son ciertos sitios específicos: lugares que permanecen encendidos cuando el resto de las luces se apagan, como las escasas estrellas que a veces vemos en el cielo de la CMX. Esos puntos forman una constelación secreta para aquellos que salen a las calles cuando la mayoría va rumbo a sus casas, aplastados por el sueño.

Según la Encuesta de ciudades que realizamos en Time Out, en la que participaron ciudades como Londres, Nueva York, París, Barcelona, Chicago y Sao Paulo, la Ciudad de México es una de las urbes que vive las 24 horas y que ofrece más atractivos para divertirse en la madrugada.

¿Qué hacer bajo las noches de la que alguna vez fue la región más transparente?

Las madrugadas se rigen por el signo de la improvisación, tienen su propia lógica. Por ejemplo: si al preguntar “¿qué vamos a hacer hoy?” alguien responde “algo tranqui”, es el mejor indicador de que esto se va a descontrolar.

La noche puede comenzar en cualquier sitio. Al salir de la última función en la Cineteca Nacional, cruzar Churubusco para probar una cerveza artesanal en Centenario 107 es casi un acto reflejo. Uno de tus amigos te va a preguntar si quieres compartir una pizza, a lo que otro, mordido por la nostalgia de unos tacos callejeros dirá: “no, mejor vamos por unos Chupas; sin albur”. Y aunque se movieron algunos metros de su locación original, los Súper Tacos Chupacabras aún son de los predilectos al hacer escala de una fiesta a otra. Sigues prefiriendo Los Cocuyos- nunca hay que probarlos de día, porque pierden su encanto-, comer parados sobre Bolívar, junto al Dos Naciones, el famoso “museo de tragos y arrabal”. El alarde aritmético de uno de los taquearon al hacer las cuentas y dar el cambio te sigue sorprendiendo, sobre todo porque a esas horas ya nadie puede llevar la cuenta de absolutamente nada.


Foto: Alejandra Carbajal

Suben a San Ángel para recoger a la nueva novia de M. Está en La Camelia, la cantina a la que solían venir hace años, cuando las clases de la universidad terminaban tarde. Les gustaba porque suele haber poca gente: se puede platicar sin necesidad de estar gritando. Y la cerveza sigue estando barata. La novia sugiere ir al cantaba de al lado, pero aún es muy temprano para perder el estilo y la voz. Mandan mensajes estratégicos y barajan las posibilidades. Fiesta en el depa de un fotógrafo que nadie conoce en la Condesa, una amiga está celebrando su cumpleaños en el Barba Azul, hay algo en la Nápoles (pinta bien, pero el anfitrión es persona non grata), unos amigos de unos amigos van a caer al Jacalito“y yo ahí ya no voy porque no te puedes ni mover ahí adentro, además te cae sudor y cerveza ajena, y la última vez me robaron el celular al minuto de haber entrado, pero podríamos ir al Alzheimer, de ahí sales sin saber ni cómo te llamas”. No, ya está, vamos a la Casa Gilardi, dices. Sí, la de Barragán, cerca de la San Miguel Chapultepec. Al llegar, la hostess pregunta sus nombres. Alguien ya se encargó de ponerlos en la lista. Es el aniversario de una firma de arquitectos. Ya no alcanzan la cena pero sigue la barra libre. P toma fotografías en el pasillo de los tragaluces, contra los bloques azul y rojo que están sobre la alberca y hasta una selfie en el baño (“normalmente cobran $500 para hacer fotografías aquí adentro, menciona, y en el acto se le dibuja una sonrisa cómplice); G se encuentra a unos viejos amigos; S y H están acabando con la barra; ya empezaron a tomar directo de la botella de mezcal. El reloj corre cada vez más rápido y las palabras se arrastran cada vez más lento.

foto: Alejandra Carbajal

Es momento de hacer la retirada. La clave está en alternar alimentos y tragos. Si comes mucho en la primera parada, te va a dar el mal del puerco y te vas a querer ir a dormir; si tomas mucho de un jalón te vas a enfiestar pero nadie va a entender lo que dices y mañana vas a desear no haber nacido. ¿Qué queda cerca? Están las Sotelo, esas hamburguesas al carbón, a los pies del Edificio Ermita, son casi mejores que las de Colima, en la Roma. También está el Borrego Viudo, sobre Revolución, pero prefieren quedarse varias cuadras antes, en uno de los chinos, para bajarla con unos noodles con cerdo y verduras. G vive cerca, ya pidió su Uber. Van quedando cada vez menos. Las opciones también se reducen. Van a Mono, en la Juárez, a pretender que aún les queda suficiente juventud como para bailar deshidratados, como si los esqueletos se les estuvieran desarmando, y tener conversaciones sordas.

En una escapada al baño, se te ocurre ver la hora y te alarmas un poco, pero al regresar S ya hizo nuevos amigos y nos invitan al AM Local, casi al comienzo de Nuevo León, en la Condesa. “Hay cover, pero vale la pena”. Se supone que está pinchando discos un dj cuyo nombre no alcanzaste a retener. Los gintonics se deslizan vertiginosamente por tu garganta. A estas alturas la gente baila una música interior, que no está sincronizada con la que están escuchando. Las luces de colores en el techo bajo les hacen creer que aún es de noche, pero al salir, la luz les lastima las pupilas, el frío matutino te espabila. Alguien ha tenido la gran idea de vender café. Es malo, pero sirve para calentarte las manos.

Son cerca de las ocho de la mañana, caminan empujados por la inercia hasta Alfonso Reyes. En la esquina ya comenzó a formarse la fila para las tortas de chilaquiles, acaso las más famosas de la ciudad. Mientras avanza, lentamente, repasan los pormenores de la noche: las partes que ya no recuerdan, vuelven a reírse. Los ojos rojos, el mareo, el olor a chilaquiles, el frío, el jugo de naranja, los perfumes de las personas que salen a trabajar recién bañadas, el cansancio, el dolor de cabeza. Todo se mezcla. Tal vez finalmente sea hora de dormir.

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