Clausura del amor (Foto: La Marmota Azul. Cortesía de la producción)
Foto: La Marmota Azul. Cortesía de la producciónArcelia Ramírez y Antón Araiza

Traductores teatrales

Traduttore ¿traditore? Contradecimos este famoso dicho con el trabajo de dos importantes traductores teatrales

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Dice la Real Academia Española que el verbo traducir viene del latín traducere, que en castellano significa "hacer pasar de un lugar a otro". Eso hacen los traductores teatrales, sólo que para pasar al español una obra extranjera, además de un dominio pleno de esa lengua, es fundamental entender las reglas básicas de la dramaturgia, con el fin de que lo que se escuche sobre el escenario sea entendible y lógico. Empero, no siempre el nombre del traductor figura en el cartel, algo que poco a poco han defendido teatreros como Otto Minera, Alberto Lomnitz, Boris Schoemman y Ana Graham, quienes saben que, en el teatro, el traductor también es autor. Humberto Pérez Mortera y Gabriela Román representan a una nueva generación que, desde hace aproximadamente 10 años, renueva una profesión que es ejercida lo mismo por dramaturgos, directores, productores e incluso actores, entre los que destacan Salvador Novo y Juan José Gurrola, y escritores como Tomás Segovia, Carlos Fuentes y Juan Villoro.

La solidez de los montajes de Hugo Arrevillaga no puede entenderse sin el trabajo de este dramaturgo, quien abandonó la ingeniería para dedicarse a la escritura teatral y al estudio de las lenguas. Se inició en el oficio en 2006 cuando, junto con Arrevillaga, tradujo Cenizas de piedras del quebequense Daniel Danis.

En menos de una década de trabajo, es ya un referente de la traducción teatral por traer al español a autores contemporáneos, como Évelyne de la Chenelière (Desorden público), Luc Tartar (Abrasados), Pascal Rambert (Clausura del amor), Catherine Anne Toupin (Aquí y ahora), Greg McArthur (Tóxico) y, por supuesto, Wajdi Mouawad (Litoral, Incendios, Bosques, Pacamambo, Sedientos). Ha revitalizado a clásicos como Boris Vian (Constructores de imperios) y Eugene O'Neill (Una luna para los malnacidos) para los montajes de Mario Espinosa.

Para él, una obra se debe traducir cada 20 años "porque el lenguaje cambia; lo que era 'padre' después fue 'chido' y ahora es 'cool'", comenta.

Es organizador del Encuentro Internacional de Traductores Teatrales, que se celebra anualmente en el Teatro La Capilla. Se considera selectivo para elegir autores, principalmente canadienses y francófonos. Confiesa su predilección por los  textos "con un sentido del humor negro y patético, porque así somos: tratamos de ser lo más elegantes e inteligentes, pero somos patéticos. Hacemos lo mejor que podemos ante el mundo y hay que encontrar la felicidad en eso", asegura.

Dramaturga, alumna de los talleres de traducción de Boris Schoemann y Humberto Pérez Mortera en el Teatro La Capilla, su acercamiento con este oficio parte de su amor por los idiomas (principalmente por el francés) y por el teatro para jóvenes.

"Uno tiene que ser práctico cuando traduce teatro: no hay notas al pie de página, así que hay cosas que no puedes explicar sino que debes resolver y darle las pistas a los directores y actores", explica.

En su búsqueda por amalgamar estas pasiones, se encontró con Hipopotamiga, de la dramaturga quebequense Louise Bombardier, cuyo montaje fue dirigido por Alonso Íñiguez en 2014 y que se reestrenará en junio. Ese mismo año, Gabriela se enfrentó al universo de un autor contemporáneo que es considerado un clásico del teatro francófono: Bernard Marie Koltès. La traducción del monólogo La noche justo antes de los bosques fue dirigida por Zaide Silvia Gutiérrez.

Sobre el que cada vez la figura del traductor sea del conocimiento del público, Gabriela considera que "dentro del proceso creativo, estoy más apegada al dramaturgo que al director o a los actores y hay que insistir en que el nombre del traductor vaya al lado del dramaturgo: es una cuestión de educación y conciencia del proceso del que somos parte. Al fin y al cabo, lo que se escucha son las palabras del traductor".

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