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Lugares para precopear en la Roma

Nuestros bares favoritos para la prefiesta

Félix

Recomendado

En este pequeño local junto a los Bisquets de Álvaro Obregón está la miniburger más famosa de la ciudad, con papas hechas en casa. Aquí “todo el mundo” se reúne. Desde la cola del baño hasta la sobrepoblada banqueta, encontrarás a la escena “cool” de la Roma. Si llegas temprano, podrás ser de los afortunados con mesa, o con banquillo en la barra. Y si no, siempre cabes parado en la banqueta. De cualquier forma, es un rincón ameno para acompañar la plática con tragos. En pocos lugares sirven tan buenos Hendricks preparados con pepino como aquí, pero además cuentan con una interesante variedad de cocteles. Y de mezcales. Ah, los peligrosos mezcales. Los sirven generosamente, y los barmans acostumbran darte un trago extra si has demostrado el aguante y la templanza de un buen bebedor.  

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Balmori Roofbar

Cuenta la historia que, en los años veinte, había un pillo de la Roma famoso por sus bromas, fiestero, ligador, multimillonario y compadre de Porfirio Díaz (extraño, ya que el expresidente murió en 1915 exiliado en París). Se llamaba Carlos Balmori y aprovechaba su fama de magnate para hacer travesuras que mostraban hasta dónde podía llegar la avaricia de la socialité mexicana. Después de hacer sus bromas (conocidas como “balmoreadas”), el hombre se quitaba el sombrero y el bigote falso y mostraba su verdadera identidad: una viejecita de más de 60 años llamada Concepción Jurado. El nuevo rooftop de la Roma retoma su nombre y rinde homenaje a este personaje. Balmori es un mix de las fórmulas de los bares más exitosos de la colonia: la terraza y diseño de Romita Comedor, la vegetación decorativa de Biergarten, la historia de un personaje del siglo pasado como Cassius, el concepto de bar de cocteles que nos tiene fascinados y el peltre de cada día. Por las tardes, hay un menú de tres tiempos por 150 pesos, rayos de sol cortesía de la casa. Hay cocteles interesantes, como el de xoconostle, con guayaba y mezcal, y, el mejor –que no está en la carta–, el pramble (gin, jugo de limón y licor de frambuesa). En general, decentes pero olvidables, al igual que su comida, que va desde edamames hasta hamburguesas rellenas de queso. El volumen de la música electrónica crea el resto del ambiente, pues es justo el nivel que te convence de tirar todas las preocupaciones por la borda, pedir

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Salón Covadonga

Durante décadas fue una apacible cantina cuyos clientes se dedicaron a envejecer al tiempo que bebían y jugaban dominó. Pero algo pasó a principios de los dosmiles. Una cada vez más nutrida banda de escritores, cineastas, artistas plásticos, diseñadores, arquitectos, periodistas, bellas modelos extranjeras y personajes afines, fueron arrinconando a los parroquianos originales, y por esa costumbre informal de beber antes del fin de semana, se instauraron los “jueves de Covadonga”. Por unos años, los jueves a la medianoche se volvió prácticamente imposible moverse entre el tumulto de covadongueños que brincaba de una mesa a otra, saludando a los colegas del gremio. Un ambiente en extremo animado y sociable, por demás inusual si consideramos que la decoración tiene el mal gusto de un consultorio médico, las luces que iluminan el sitio son tubos de neón tipo oficina y que no se escucha música alguna, sino únicamente el ronroneo de las conversaciones y el plim plim de los cubiertos. Entre esa multitud se mueve un pelotón de meseros increíblemente diestros y de memoria prodigiosa. En algún momento, a la usanza de muchas cantinas, la fiesta se interrumpe cuando alguno de los clientes grita a todo pulmón el nombre de otro comensal. Pongamos por caso: “¡Juan Pérez!” A lo que los cientos de presentes, a coro, responden: “¡Uleeeero! ¡Uleeeero!” (bueno, la palabra no empieza precisamente con U), y luego vuelven tan campantes a sus conversaciones. Pero de un par de años a la fecha eso y

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Broka Bistrot

Hace alrededor de 17 años, Café La Gloria abrió sus puertas en la Condesa, sin sospechar que las casas art decó del barrio pronto se convertirían en antros, tiendas y restaurantes. Toda proporción guardada, ahora que la Roma experimenta un momento de efervescencia similar, uno de sus restaurantes más representativos es Broka, donde el chef Marco Margain da rienda suelta a sus atrevimientos culinarios desde hace tres años. Lo que inició en un local de apenas 36 metros cuadrados, pronto se amplió hacia el enorme patio de una casa porfiriana, donde el hoy tan en boga mobiliario de autor invita a disfrutar de un ambiente desenfadado. Aquí comienzan las sorpresas: es muy fácil no encontrar el lugar, pues además de un pizarrón ubicado en la banqueta, el lugar no tiene un letrero,  ya que Margain prefiere que los comensales lleguen por la recomendación de un amigo. Afortunadamente, una vez que Foursquare haga lo suyo, un mesero te invitará a pasar al patio a través de la cocina, recurso que sirve para despejar cualquier incógnita sobre la higiene de este espacio. Después llega la segunda y afortunada sorpresa: el menú de tres tiempos (entrada, plato fuerte y postre) cambia todos los días, buscando con ello incorporar los alimentos más frescos, según la época del año. A la hora de la comida hay un menú sorpresa: un día te toca cochinita pibil y otro faláfel, por ejemplo. Con lo que sobra, preparan tapas por las noches para degustar algún mezcal o una copa de vino, y así evitan desp

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Linares

Belmondo, Félix y Salinger (algunos de los bares más populares de la Roma-Condesa) tienen un nuevo hermanito inspirado en el norte del país: Linares. El recién nacido nos dio una grata sorpresa: es relajado y sin pretensiones. La mezcla de rock gringo y reggae a volumen platicable ayuda al mood post oficina o precopeo. Un local bastante reducido con lámparas de mimbre y mesas largas de madera aportan el toque íntimo: todos somos parte de la misma fiesta. La carta es pequeña, pero tiene los munchies y los tragos necesarios para pasarla bien. Hay cervezas de fábrica y artesanales, como Tempus, Minerva y BocaNegra; mezcal Bruxo, y otros licores como vodka, whisky y brandy. Los cocteles son de corte clásico como caipirinhas, sangrías y margaritas. Si bien no son innovadores, están hechos con ingredientes frescos y medidas precisas. El carajillo shake, mezcla ligeramente espumosa de mezcal y espresso, lleva las cantidades justas de ingredientes para lograr un equilibrio entre ambos sabores. Lo más norteño está en la comida: hay carne deshebrada por aquí y por allá. Las chimichangas llevan una porción de esta, condimentada con laurel y envuelta en harina frita. Definitivamente, fueron mis consentidas. Los ignacios (nachos regios) vienen espolvoreados con queso ranchero, crema, frijoles, pico de gallo y carne. También tienen chips de jalapeño, empalmes de picadillo, chicharrón de arrachera y un par de opciones vegetarianas. Es buena idea pedir variedad y compartir. Un mesero bue

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Puebla 109

Cada año hay un restaurante del que todo el mundo habla. En 2012 fueron Belmondo y Maximo Bistrot, en 2013, Quintonil, y aunque Puebla 109 abrió oficialmente en noviembre del año pasado, se perfila para estar entre los sobresalientes de 2014. Todo empezó hace dos años, cuando Ricardo Franco decidió rescatar, junto con Marcela Lugo y Antonio Dib, una casa de principios del siglo XX y poner un lugar ahí. Puebla 109 es diferente a otros lugares por una variedad de razones. Su primer piso (y el único abierto para todos) es un bar con un diseño un tanto nostálgico: materiales avejentados, mobiliario sesentero y, sobre dos paredes desgarradas con ladrillo expuesto, un mural de Marcos Castro (¿sobre el asesinato de la mamá de Bambi?) que, en mi opinión, se siente un poco fuera de lugar con el resto de la decoración. La luz es bastante tenue incluso de día, y el ambiente de abajo es tan relajado que puedes jugar dominó o ajedrez ahí (las mesas tienen tablero de ajedrez como en los parques; el pulido es perfecto para jugar dominó e incluso las patas tienen espacio para poner tu vaso). La verdad es que si alguien quisiera jugar dominó iría al Covadonga, que está a sólo una cuadra, y dudo que alguien jugara ajedrez en esas mesas a menos de que sea por pose. El menú del bar/ restaurante es creación de Eduardo García, el dueño y chef de Maximo Bistrot, mientras que los cocteles fueron creados por David Mora, mixólogo del Romita. La calidad de ambos es excelente: los dos son considerado

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La Nuclear

Con murales que bien podrían ilustrar un libro de la tradición pulquera, este establecimiento representa una síntesis entre tradición y propuesta. A diferencia de los clásicos establecimientos, aquí se ofrecen cervezas, mezcales y otras bebidas que suavizan la inmersión en el ambiente pulquero a parroquianos no avezados. Sus noches de karaoke durante los fines de semana lo hacen parecer más un bar, mientras que su variedad de cremas de sotol lo acercan a una mezcalería. Los visitantes son recibidos con una jícara de palomitas y un pizarrón que describe los curados del día. Los sabores consentidos son mango, tuna, durazno y guayaba, pero los viernes se pueden encontrar un verdadero tónico revitalizante: una mezcla de pulque, amaranto, nuez, miel y almendra llamado huelia, que significa fuerza, en náhuatl. Según Carlos González, encargado del lugar, pronto habrá también tepache y colonche, otras dos bebidas fermentadas de piña y tuna, respectivamente.

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Artemisia

Recomendado

Hay muchos mitos sobre la absenta, bebida célebre en la escena intelectual parisina de inicios del siglo XX. Todos pueden desmentirse o comprobarse en Artemisia, un bar exclusivamente dedicado al licor de ajenjo, hinojo y anís. La casa porfiriana recién restaurada ofrece la experiencia de una noche completa que comienza en su restaurante. Ofrecen platos sencillos de clara influencia francesa, de excentricidades gastronómicas en los que se privilegia la calidad de la materia prima. La carne, los vegetales y las especias saben a lo que deben saber. Después de compartir un paté y un vino, es posible recibir invitación para pasar al bar, aunque eso dependerá del cupo. El acceso se restringe y se controla por medio de reservaciones para mantener una atmósfera adecuada. Para disfrutar el ritual que exige beber absenta se requieren espacios pequeños y sin tumultos. Puede sonar contradictorio, pero para asegurar la entrada hay que haber estado antes en este lugar. Es un secreto que se irá compartiendo con lentitud y no hay prisa para que eso cambie. De hecho, justo así está bien.

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Romita Comedor

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Se dice que para subir al cielo se necesita una escalera grande. También necesitas una para llegar al Romita, arriba de la Galería Garash. Su terraza, con una de las mejores vista de la Roma, no es lo único especial. Sus cocteles incluyen ingredientes como albahaca morada, jengibre, pimienta negra y aguacate macerado en horchata. Entre su variedad de mariscos, uno de los platillos más pedidos son los tacos de langostino en costra de avena.

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El Palenquito

La noticia de un bar desconocido en la Roma genera recelo: bien podría ser un lugar de chelas de a litro o un espacio seudokitsch con tragos de dudosa procedencia, pero cuando te enteras de que sus dueños son los mismos de La Clandestina y La Lavandería –dos sitios consentidos de la zona– la confianza es inmediata. Uno sabe, de entrada, que habrá buenos mezcales en un ambiente libre de presunción.  Así es El Palenquito, cuya carta tiene una descripción minuciosa de cada mezcal: el tipo de agave, el proceso de elaboración, la graduación alcohólica y la fecha en que fue producido. Todos son de la misma fábrica de Santiago Matatlán, Oaxaca, creados por el maestro mezcalero Guillermo Hernández.  Aunque eso limita las opciones, son suficientes para satisfacer todos los gustos: desde un reposado con apenas 38° de volumen alcohólico –para aquellos que gustan del destilado rebajado–, hasta un espadín extremadamente maduro, con 54.6° y un sabor fuerte y complejo. Hay que probar los de maguey sierrudo y arroqueño, no tan comunes y altamente deliciosos. También el de tequilana, que sorprende porque, a pesar de venir de la misma planta, no tiene nada que ver con el tequila industrializado. Para acompañarlos, las chalupitas de lentejas, de tinga o de hongos con maple están deliciosas. Lo que les falla es el queso oaxaca, que no es el mejor y lo sirven frío.  Que se llame El Palenquito no es ocurrencia ni capricho. Desde Oaxaca trajeron las partes de lo que fue un palenque, una fábrica

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